“Días sin fumar”, por VICENTE VERDÚ

conejo fumador

8 de junio

Hoy cumplo un mes y no puede decirse que el calvario se haya desvanecido. Tras este tiempo y la reflexión acumulados, el deseo está harto de cháchara y reclama su ración ya; su derecho a ser atendido y reinstalado en su antigua residencia sin demora.
La vida del no fumador donde confiaba encontrar flamantes recompensas es ya una experiencia desabrida. Una melancolía de jubilado preside la mayor parte de mi tiempo abstemio. Pienso en fumar de nuevo no sólo por el tabaco sino por recobrar mi historia. Lo perdido representaba inconvenientes, no discuto, pero la decisión de no fumar conlleva la decisión de convertirse en otro. ¿Quiero ser otro? ¿Estoy dispuesto a serlo? ¿Tengo además ganas y salud para convertirme en otro? El caso es que eso me figuraba cuando opté por no fumar, pero ahora sé en qué consiste la metamorfosis. En este plazo he mejorado de la tos, y, a cambio, me acomodo en las zonas donde se sientan señoras piadosas, hombres de aliento melifluo y jóvenes norteamericanos.
Me ha ocurrido al no fumar lo que sucede tras vivir una temporada en otro país. Ya estoy harto del extranjero. En el mundo de los no fumadores no tengo nada y los ex fumadores con quienes me tropiezo son seres sin rumbo, individuos expatriados. “Hay que volver a casa”, es la consigna implícita en este ámbito excéntrico.
Pretendía explorar otro mundo, pero ahora compruebo que emprender una investigación sin tabaco multiplica las dificultades y acaba royendo las ilusiones. Por fundadas que fueran.

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