“Serpiente de cascabel”, por IRVINE WELSH

serpiente entra x boca sale x ojo

Hacía ya un rato que el aire acondicionado del Dodge Durango color plata se había ido a tomar por culo por averías del filtro y del refrigerador. En lugar de llenarse de agradable aire fresco, de forma inexplicable el vehículo empezó a llenarse de una tórrida polvareda desértica que les surcó caras y manos, ya llenas de sudor, mezclándose con las capas de mugre acumuladas anteriormente bajo el influjo de la ebriedad durante aquel fin de semana de delirio danzante. Les resecó todavía más las gargantas, muy deshidratadas por las drogas y el desierto, y les irritó los globos oculares, incapaces ya de lagrimear. No tuvieron más remedio que apagarlo.

La caminata desde el festival Burning Man había sido larga y el trayecto en coche por aquellas carreteras secundarias desérticas resultó traicionero. Estaban perdidos en aquella tormenta de polvo. A Eugene empezaba a dolerle el espinazo; su voluminoso cuerpo de linebacker se hallaba incómodo en el asiento. La polvareda que se le había acumulado en las manos, húmedas y viscosas, empezaba a convertirse en barro sobre el volante. Cada vez hacía más calor. Hinchó el pecho en un esfuerzo por llenarse los pulmones de aire caliente y viciado.

¡El maldito Dodge de Scott! ¡65.325 kilómetros en el cuentakilómetros y no funciona ni el puto aire acondicionado!

Mientras la tormenta arreciaba y el cielo se iba oscureciendo por momentos, Eugene se sentía acosado por su propia estupidez, como si ésta fuera un perro rabioso. El atajo no se había materializado, y hasta donde le llegaba la vista, no se veían por los alrededores compañeros de viaje de ninguna clase. Examinó su pálido reflejo en el espejo: llevaba su mugriento cabello recogido en una coleta y por su enorme frente chorreaban riachuelos de sudor. Cogió la vieja toalla blanca que tenía a un lado y se lo enjugó, alegrándose de que las gafas de sol no le dejasen verse los ojos. Fatigado hasta más allá del cansancio, siguió conduciendo mientras en su visión periférica aparecían demonios danzando lentamente. Un rayo iluminó el cielo fosforescente que tenía frente a él. No estaba en condiciones de conducir. De hecho, no estaba en condiciones de hacer nada, reflexionó con cierta sensación de arrepentimiento. Las drogas y la privación de sueño le habían sumido en un estado ligeramente psicótico que ahora incluso empezaba a aburrirle. Rezó para que se despejara pronto la oscuridad, tanto en el indómito entorno exterior como en su atribulado fuero interno.

Una idea recurrente le tenía negro: que Scott y Madeline tendrían que estar despiertos y turnándose con él al volante. Pero sabía que estaban embarcados en una trayectoria distinta a la suya, así que le había tocado la china a él. Mientras seguía conduciendo, desde sus entrañas empezó a subir una bilis rencorosa. El trueno retumbó en sus oídos en consonancia con una línea de bajo tinnitus que temió que ya no le abandonaría jamás.

Joder, qué asco.

Y Madeline. Dormida a su lado en el asiento del pasajero; se le iban los ojos hacia aquellas piernas, largas y desnudas, cuya morenez acentuaban unos churretones de mugre sorprendentemente excitantes, dándole un aspecto guarro, pero guarro de verdad, y haciéndole pensar en una de esas luchadoras de barro golfas ya seca; se imaginó aquellas piernas, incluidos los vaqueros recortados, corriendo hacia él por un campo recién arado…, aquella larga cabellera, rizada y castaña, cayéndole en cascada sobre los hombros, saturados de polvareda desértica…, sucia…, cochina… corriendo hacia él…

Hace calor.

Joder, qué calor hace.

Eugene se miró la entrepierna. El abultamiento de sus pantalones de camuflaje cortos resultaba ya muy evidente. La tormenta había reducido la visibilidad y lo cierto es que no necesitaba distracciones añadidas. Ahora bien, la parte racional de su cerebro estaba en vías de desconexión y no paraba de volver la vista hacia la grata curva formada por los pechos de Madeline, insinuada a través de una camiseta marrón sin mangas.

Esta maldita zorra calientapollas lleva días vacilándome, y quién sabe si a Scott también. Te lanza miradas prolongadas y tentadoras, y en cuanto te aproximas más de la cuenta, ¡zas!, se convierte en la mujer de hielo.

Tras el festival habían optado por internarse en el desierto en coche para hacer un viaje con el yagé de contrabando que les había vendido un chamán peruano. Fue Madeline quien vio la carpa del Templo de la Luz Mística e insistió en que fueran a la ceremonia de curación chamánica que presentaba un tal Luis César Domínguez, sedicente místico peruano. A Eugene, que llevaba unas buenas dosis de éxtasis que le estaban quemando un agujero en el bolsillo y al que le fastidió perderse a un grupo de tecno alemán al que le habría apetecido ver, no le impresionaron tanto como a Madeline y Scott la proyección de diapositivas y la conferencia.

Cuando terminó esta última, Madeline le metió un folleto en la mano: «¡Aquí dice que el señor Domínguez pasó años formándose con los chamanes kallahuayas del nordeste del lago Titicaca, con los amautas de las islas andinas y con los ancianos Q’ero de la región de Cuzco, considerados los últimos descendientes de los incas!»

Eugene sacudió la cabeza, mientras a su alrededor la gente iba saliendo de la carpa. «De toda esa mierda yo no tengo ni idea», confesó. «¿Kallahuayas? ¿Ancianos Q’ero? No entiendo ni papa», dijo, encogiéndose de hombros.

A Madeline aquello no la impresionó. Hasta ese momento, Eugene tenía la sensación de que a ella le seducía bastante su fachada abiertamente cartas-sobre-la-mesa, estoy-orgullosode-ser-un-tontolculo. Resolvió adoptar una actitud más circunspecta en relación con su ignorancia a partir de entonces. Recordó el viejo adagio: más vale guardar silencio y dejar que la gente piense que eres imbécil que abrir la boca y confirmar dicha impresión.

A Scott le encantó aportar su granito de arena. Eugene casi había olvidado que siempre andaba leyendo y predicando toda aquella bazofia de la New Age. Le conocía desde hacía suficiente tiempo como para no hacerle caso cuando empezaba con esa mierda. «Significa que es el Bill Gates del mal rollo», empezó Scott, calentando motores. «Significa que es uno de los principales maestros que comparten conocimiento ancestral oculto para despertar las capacidades curativas latentes de todos aquellos que están preparados.» Tenía la mirada desorbitada, y se le ponían los ojos grandes y espeluznantes. En aquella ocasión Eugene escuchó atentamente, pues se había dado cuenta de lo mucho que aquella bazofia impresionaba a Madeline. «Todo se basa en una antigua profecía andina que forma parte de la leyenda incaica del Pachacuti: la era en la que el mundo está del revés y surge una conciencia nueva.»

«Me apostaría algo a que el nota ese puede conseguirnos canela fina», admitió Eugene.

Y fue entonces cuando le entraron a Luis César Domínguez y el chamán les acompañó hasta su tienda de campaña y les vendió discretamente el yagé. Madeline y Scott quedaron encandilados al instante. Para Eugene, bajo aquellas prendas étnicas, Domínguez tenía de místico lo que un político ávido de votos o un agente inmobiliario.

Pero tenían el yagé.

El marco era perfecto; hacía una noche fresca y de cielo despejado; prepararon una hoguera sobre la arcilla roja y desplegaron la tienda de campaña de tamaño familiar y fácil instalación que habían compartido durante el festival. Scott y Madeline estaban emocionadísimos, mirando con expectación sus tazas, como si ya estuvieran colocados. Casi a su pesar, Eugene no pudo resistir la tentación de aguarles la fiesta. «Ese Domínguez no es más que un traficante con pretensiones. Tiene acceso a la mierda esa; la cosecha, la prepara y la convierte en elixir. Y va por ahí con ese espectáculo cutre de diapos a modo de presentación. ¡Joder, tío! Es lo que tendría que haber hecho yo la vez que me pillaron por trapichear con coca en un cagadero de Haight: ofrecerle al juez una presentación en PowerPoint y una disertación sobre energías y cómo conseguir lo que uno quiere», dijo riéndose, exhibiendo las fundas y coronas de sus enormes dientes, reparados a precio de costo tras un accidente que se produjo años atrás, durante un entrenamiento de fútbol americano. «Suponiendo, claro está, que esta mierda sea yagé», remató, forzando otra sonrisa al ver que Madeline le miraba con mala cara.

Cada taza contenía un brebaje de color cobrizo. Scott fue el primero en probar un poco; Eugene y Madeline siguieron su ejemplo. Tenía un sabor amargo y salado. Tomaron una segunda taza siguiendo las recomendaciones del chamán Domínguez, que les dijo que debería proporcionarles un viaje de tres o cuatro horas de duración. Después, en caso de que así lo desearan, podían tomar más.

El primero en acusar el impacto de la náusea fue Scott. Logró ponerse en pie tambaleándose y se acercó a una hilera de grandes rocas, donde empezó a potar. Eugene estaba a punto de gritarle «maricona» cuando le abrumó una sobrecogedora sensación de asco que pareció arrancar en los metatarsos. Muy pronto él, y después Madeline, fueron tambaleándose hasta el montón de rocas arrojando pequeñas cantidades de un líquido intensamente cáustico entre espasmos convulsivos y desgarradores.

El chamán les había advertido de aquella sensación de náusea, pero desde luego no era agradable. El sabor del líquido era muchísimo más asqueroso al subir que al bajar; tan espantoso era que durante unos segundos todos ellos fueron presa de convulsiones febriles.

Acto seguido empezaron a apoderarse de ellos los efectos. A Scott y Madeline, risueños y eufóricos, comenzó a subirles. Sin embargo, a Eugene le decepcionó. Esperaba un viaje tremendo que en la práctica resultó bastante leve. Tomó otra taza y luego otra más. No se encontraba mal, pero saltaba a la vista que para Scott y Madeline se trataba del viaje más alucinante de toda su vida. En un intento de ver lo que veían ellos Eugene paseó la mirada en torno a la aridez del desierto. Se sentía como un golfillo andrajoso con la nariz pegada a la ventana de una opulenta mansión en cuyo interior transcurría una fiesta desbocada y decadente. Pese a aumentar la dosis del elixir hasta las seis tazas y notar que se le aceleraba el pulso, las enormes puertas de la mansión siguieron cerradas a cal y canto. ¿Por qué se había quedado fuera? No hacía tanto tiempo, Eugene había realizado tremendos y alucinógenos viajes de ácido con Scott, e incluso con Madeline. Sabía que los dos eran unos comeajos veteranos. Pero ellos tenían su juego de llaves. ¿Dónde estaba el suyo?

Mientras andaba sentado y se preguntaba qué hacer a continuación, Eugene oyó cómo Scott le recitaba algo a una Madeline boquiabierta, sentados el uno junto al otro con la mirada perdida en el cielo: «“Cuando el águila vuelva a volar junto al cóndor, reinará en las Américas una paz duradera que se extenderá por todo el mundo y unirá a la humanidad.” Son las palabras de los chamanes andinos que creen que vivimos en el Pachacuti, una época en la que hemos de sondear nuestro interior y conocernos más a fondo para sanar las heridas emocionales del pasado y utilizar el poder de esa curación para ayudar a su vez a curarse a otros.»

«¡Qué pasote!», exclamó Madeline con voz entrecortada. Señaló con el dedo hacia lo alto. «Fíjate qué cielo…»

Mientras ellos tomaban rumbo a otro plano astral, lo único que hizo Eugene fue cagar montones de mierda, depositada, junto con las potas, tras las rocas más próximas que había en aquel terreno pedregoso. Durante un rato escuchó la perorata de Scott sobre la actividad de purgación interior de la droga antes de tumbarse en el interior de la tienda para disfrutar de lo que habría de ser el letargo más dulce de su vida. Entretanto, Scott y Madeline alucinaron, festejaron y conversaron hasta el amanecer. Algo en el interior de Eugene se había resistido al viaje y eso le preocupaba. Recordó, no obstante, que durante la conferencia Domínguez había dicho que a menudo la droga le llevaba a uno a donde necesitaba ir. Eugene tenía que reconocer que su cuerpo, teniendo en cuenta toda la farlopa y la priva que se había metido últimamente, estaba pidiendo una limpieza a gritos. Desde que cortó con Lana, se había convertido en inquilino de varios bares de la zona de North Beach, mientras la psicosis iba estrechando el cerco y las paredes de aquellos templos de liberación encogían hasta convertirlos en celdas de presidiario. Los demás bebedores y sus obsesiones eran sus carceleros. Le atiborraban la cabeza con sus estúpidos consejos. Necesitaba salir de la ciudad un poco, y Burning Man parecía el pretexto perfecto.

Fue idea de Scott. Madeline se apuntó con la prepotencia habitual en ella, pensó Eugene, aunque él acogió dicha posibilidad con entusiasmo. La estaba barajando como posible sustituta de Lana.

Eugene y Scott, amiguetes de la universidad, habían conocido a Madeline el último Halloween. Estaban tomando unas copas en Vesuvio’s Bar cuando ella entró, acompañada por tres amigas, todas vestidas con disfraces de Storm, la de los X-Men: bodys de cuerpo entero negros muy ajustados, botas altas y pelucas rubio platino. Al principio todas le parecieron idénticas. Eugene tardó algún tiempo en reconocer en una de ellas a Candy, estudiante universitaria y antigua compañera de trabajo de una taberna de North Beach en la que él había trabajado tiempo atrás como barman.

Charlaron todos afablemente y tomaron unas copas más antes de acudir a reunirse con la multitud de juerguistas congregada en Castro. Eugene acabó hablando mucho con Madeline, pero al final se perdieron la pista entre la concurrencia. A medida que fue transcurriendo la noche, el ambiente de carnaval callejero degeneró en un clima de amargura. Un hombre fue apuñalado de muerte cuando una pequeña turba de jóvenes mexicanos, indignados ante lo que consideraban la apropiación ilegítima de la ancestral ceremonia del Día de los Muertos por parte de la comunidad gay de la ciudad, sembró el caos entre la multitud. Abundaron los empujones, los forcejeos y los gritos, y Eugene, que de todas formas estaba en pleno bajón chungo de coca, se dio por satisfecho con poder dar la noche por concluida y volver a casa.

No tenía por qué haberse preocupado. Después de aquella ocasión, no hizo sino toparse continuamente con Madeline. Al día siguiente la vio en Washington Square Park practicando taichi en solitario. Estaba sentado y leyendo el periódico. Ella le saludó con la mano y le costó un rato darse cuenta de que era una de las chicas Storm que habían estado en el bar la noche anterior. Al cabo de un rato ella se acercó y fueron a tomar un café, y a analizar con preocupación los sucesos de la noche. Un par de días después volvió a verla en la librería City Lights. Fueron a tomar una copa que no tardó en dar paso a unas cuantas más y de ahí a buscar algunos bares del barrio conocidos por ambos; acabaron en un local de la calle Grant. Pese a que Madeline llevaba poco tiempo en la ciudad (según ella, había venido desde Cleveland a finales del verano anterior), los dos eran clientes habituales de algunos de los mismos garitos y estaban asombrados de no haberse conocido antes. Tenían previsto ir a cenar un poco de sushi, pero de algún modo acabaron en un antro de Broadway, encajonado entre clubs de striptease y sex-shops plagados de neones. Eugene quedó impresionado por lo suelta que Madeline se movía por aquel lugar a pesar de ser la única mujer presente que no andaba descaradamente a la caza de clientes. Hablaron de sexo entonces, pero en abstracto, pues él seguía demasiado deprimido por el tema de Lana para hacerle proposiciones.

Empezaron a quedar para salir los tres de forma asidua: Madeline, Eugene y Scott. Ya entonces a él le pareció muy extraña la costumbre que tenía ella de mimarles como si fueran maricones, comprándoles regalitos, tarjetas de cumpleaños y tal. Cuando Scott le comentó a Eugene lo de la excursión Burning Man, Madeline terció con un «¡Contad conmigo!» tan ferviente que hacer otra cosa habría sido un completo desaire.

Y mientras que a Eugene le había embelesado esa posibilidad, Scott parecía alicaído. Le gustaba llevar las riendas de lo que él denominaba «tiempo de colegueo». Rollos de colegio mayor, suponía Eugene.

Con todo, la incipiente relación con Madeline le desconcertaba. Eugene tenía veintiséis años y nunca había hecho amistad con una tía a la que no se hubiera cepillado. A veces se preguntaba si sería tortillera, pero de repente, como quien no quería la cosa, Madeline sacaba a colación a algún tío con el que había follado una vez. Lo sabía todo de ella y a la vez no sabía nada. En aquellos bares de North Beach, a veces Madeline le miraba con una descomunal ternura que a él le transmitía de forma inequívoca que albergaba por él una fervorosa pasión. Ella aún no había cumplido los veinte, y Eugene se preguntaba cuánta experiencia con los tíos tenía en realidad. En una ocasión, borrachos, se habían besado, aunque sin especial pasión; Eugene se había contenido, pues todavía tenía a Lana en la cabeza. Pero, al desvanecerse el fantasma de su antigua novia, los sentimientos de Eugene hacia Madeline se intensificaron de forma exponencial. A veces sentía que ella le deseaba, quizá de forma tan desesperada que si se dejaba llevar, se enamoraría perdidamente de él, sin reservas, y se entregaría a él por completo. Sería suya. Estaría en su poder. Para que hiciera con ella lo que quisiera, para hacerle daño. Y él quiso decirle: No soy de ésos. ¡No sé qué coño te habrán contado de Lana y de mí, pero no soy de ésos!

Pero lo cierto era que sólo le miraba así a ratos. En otros momentos le echaba unas miradas de aversión capaces de helar la sangre.

Así pues, Eugene no sabía a qué carta quedarse con Madeline. Jamás había conocido a una chica como ella. El motivo era que, a pesar de su conducta libertina y sus esporádicos aires bohemios, su complexión fuerte y atlética y sus manifiestas inclinaciones deportivas no dejaban indecisas a las chicas, a las que desde un primer momento tendía a atraer claramente o a repeler por completo. Pero Madeline representaba para él algo distinto, un enigma constante.

Después de aquella vez, Eugene sólo había intentado llegar más lejos en una ocasión, estando bebido. Intentó besarla de nuevo, esta vez con más intensidad, en una fiesta. En una cocina cochambrosa que iba encogiéndose a medida que tomaban más cerveza y más cocaína hasta que sus rostros se toparon en un campo de intensidad que les aisló del resto de la fiesta. Parecía el momento idóneo. Pero Madeline le apartó de un empujón implacable con la palma vuelta hacia arriba y le dijo: «Que te quede claro, Eugene: tú y yo no follaremos nunca.»

Se despertó a la mañana siguiente, abatido y con una resaca demoledora. Sonó el teléfono. Era Madeline. Antes de que tuviera tiempo de disculparse, ella se le adelantó: «Siento muchísimo lo de anoche, Gene. Iba un poco pedo. Supongo que dije un montón de cosas que no sentía.»

«Vale, pero…»

«Oye, tengo que dormirla. Te llamo luego, cariño.» Y colgó.

Y aquel escueto mensaje bastó para borrar la desesperación de la mente de Eugene e infundirle nuevas esperanzas.

Sin embargo, la mayor parte de las veces que habían estado a solas, es decir sin que Scott estuviera presente, habían hablado de Lana. Era Madeline la que invariablemente la sacaba a colación, como si supiera que aquello trituraba la libido de Eugene por lo que a ella tocaba. Ella le escuchaba atentamente, con mirada ansiosa y desorbitada, estudiando todas y cada una de sus reacciones. Y Eugene tenía que reconocer que a Madeline se le daba muy bien escuchar. Pese a que empezó a sospechar que lo hacía sólo para instruirse a sí misma, se trataba de un rasgo muy bien acogido. Porque los demás, Scott incluido, sólo parecían hablar de sí mismos. Esperaban que olvidase que había renunciado a una prometedora carrera de jugador de fútbol para andar de parranda con Lana y que luego ella le había dejado plantado. Podían meterse sus consejos de mierda en el culo.

Menos mal que alguien le escuchaba.

Pero ahora él quería más. Mientras conducía por aquella polvorienta carretera desértica en plena tormenta, con el viento del exterior azotando la carrocería del Dodge Durango color plata insistentemente y asfixiándose lentamente con el aire caliente y viciado del interior, no se vislumbraba ninguna salida que indicase el camino a la civilización, ni siquiera en forma de gasolinera, a modo de puesto de avanzada vapuleado por los elementos. Lo único que Eugene tenía en la cabeza era: quiero más de Madeline.

Y mientras él luchaba contra el sopor inducido por su propio bajón, ella dormitaba profundamente, ajena a la tormenta que arreciaba en el exterior. Y podía confirmar, por los estrepitosos ronquidos procedentes de la parte de atrás, que Scott también estaba sumido en un estado de letargo.

Tuvo una visión febril de Madeline corriendo hacia él con el cuerpo embarrado. Ella intentaría esquivarle como un quarterback, pero él cogería impulso en su papel de defensa del lado fuerte, y al estilo de Willie McGinest la derribaría como un león a una débil gacela, y ambos se hundirían en el sucio lodo…

Fue como si su mano decidiera por él frotándole el extremo de la polla y enviándole sacudidas eléctricas al vientre y la entrepierna. Mientras el ritmo de su respiración se hacía más irregular, Eugene notó cómo el cuerpo se le tensaba y los ojos se le desorbitaban bajo las Ray-Ban. Tras aferrar el volante con un brazo mientras el otro se ocupaba de lo suyo, en su sesera achicharrada fueron estallando y chisporroteando imágenes fabulosamente obscenas de Madeline, intensificando así la realidad, pacífica e inocente, de su presencia, dormida a su lado.

En la lejanía, el horizonte, aproximado por la calima, danzaba de forma intermitente entre remolinos de polvareda roja y negra. La carretera apenas se veía. Madeline estaba colocada mirando hacia él, con las rodillas recogidas contra el pecho. Ojalá se hubiera vuelto hacia el otro lado, pensó Eugene, así él habría podido mirarle el culo y meneársela sin riesgo de que abriera los ojos y le viera en el acto. No obstante, las posibilidades de que le pillara eran escasas, calculó con la frialdad de un insecto, porque estaría demasiado desorientada, tras el sueño reparador para recuperarse del bajón del yagé, para darse cuenta de inmediato de lo que estuviera haciendo él, y en cualquier caso lo hacía a través de los calzoncillos… pero el bultomaldita sea esa puta zorraesa calientapollas hasta dormida…, pero ahora nos estamos poniendo de lo más guarros en el barro este, sí, nena, de lo más guar

De pronto Eugene oyó un chasquido seguido por un largo chirrido; su mano libre salió disparada desde la entrepierna al volante; fue como si se lo arrancasen de un tirón cuando el vehículo dio un bandazo a la izquierda y después, tratando de compensarlo, otro violento bandazo a la derecha. Al ser proyectada sobre su regazo, Madeline despertó de golpe. De no habérsele esfumado en el acto la erección, quizá ella la habría notado. Eugene parecía un hombre que había caído sobre su propia escopeta, provocando una demoledora descarga de temor contra su pecho.

El tiempo se dilató como en cámara lenta. Eugene se sintió primero irritado y después frustrado; todo se alejaba de él en barrena, fuera de su control. De pronto el coche dio una vuelta de campana, como si estuvieran en una atracción de feria, seguida por un impacto todopoderoso que les estremeció todos los huesos del cuerpo, hasta que se detuvieron entre la sensación de paz más hermosa que Eugene había conocido jamás.

No duró mucho. Oyó el chillido de desesperación, pero el ruido que se abría paso desde el interior de su propia cabeza era demasiado discordante para que pudiera concentrarse en la angustia de Madeline. Mantuvo los ojos cerrados mientras Madeline enmudecía, salvo por una respiración intensa, profunda y rítmica. Luego, desde la parte de atrás, oyó la voz de Scott, fatigada, con un tono de inquietud lindante con el aburrimiento: «Tío, qué cojones…, me has destrozado el puto coche, colega…» Y vaciló antes de añadir: «¿Tíos, estáis bien?…»

«Estoy sangrando…, ¡estoy sangrando!», gritó Madeline.

Eugene abrió los ojos. Madeline seguía incrustada en el asiento de delante. La miró de arriba abajo y después echó una ojeada a su propio cuerpo. Debajo del bíceps tenía un corte profundo del que manaba sangre oscura. «Tranquila, tía», dijo volviéndose hacia ella, «la sangre es mía. Me he abierto el puto brazo. Mira.» Y lo levantó para enseñárselo.

Madeline se sintió aliviada, pero entonces la invadió una sensación de culpa y de preocupación al ver la herida e hizo una mueca. «¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?»

«La puta tormenta de arena», dijo Eugene, sacudiendo la cabeza, «no se veía una mierda. ¿Estás bien, Scott?»

«Sí…, supongo», le oyó decir a sus espaldas, «pero el puto coche, colega», protestó.

Eugene le echó un vistazo a Scott. Aparentemente estaba bien, un poco desconcertado todo lo más. Al parecer, el Dodge había acabado ladeado. No tenía muy mala pinta. El parabrisas y las ventanas ni siquiera se habían hecho añicos. No obstante, una súbita y sorda oleada de temor sacudió de lleno a Eugene en el pecho y se inquietó ante la posibilidad, dramática pero real, de que una explosión provocada por una fuga en el depósito de gasolina los incinerase en vida. Intentó abrir la puerta de su lado, que cedió dos centímetros antes de atascarse en la tierra. Presa del pánico, se volvió hacia Madeline: «Más vale que salgamos de aquí. ¡Prueba con la tuya!»

Consciente de la tensión y de la sensación de urgencia que emanaba Eugene, Madeline no vaciló; cogió el picaporte y abrió la puerta a empujones. Eugene se fijó en ella mientras salía a gatas del coche, como un extraño pájaro, torpe y desgarbado, saliendo de un huevo agrietado. Era como si la hubieran despojado de todo sex-appeal. Quizá se tratara sólo de la volatilización de su propia libido, meditó mientras salía apresuradamente detrás de ella. Le siguió Scott, que cayó desde la parte trasera del vehículo sobre la arena y la pizarra, mirando a sus espaldas con nerviosismo mientras se incorporaba.

Soplaba con fuerza un viento ardiente que les azotaba los ojos con polvo y arena. Eugene se envolvió la toalla alrededor del brazo. Comprobaron el estado del coche como mejor pudieron. Seguro por fin de que no había ninguna fuga de gasolina y de que la posición del vehículo, aunque estuviera inclinado, era estable, Scott se metió debajo del coche. «El eje se ha ido a tomar por culo. Está partido limpiamente en dos», les informó con gesto malhumorado.

Volvieron a subir al Dodge, cerrando las puertas de golpe para dejar fuera la arena en suspensión.

Durante un rato, sentados en aquel incómodo ángulo y lanzándose miradas furtivas y abatidas, reinó el silencio. De pronto a Madeline se le iluminaron los ojos, y presa de una repentina inspiración propuso echar un vistazo a los teléfonos móviles. Scott, avergonzado, admitió que había perdido el suyo. Al de Eugene se le había agotado la batería y no podía cargarlo. Madeline probó con el suyo, pero no consiguió obtener señal. «¿Qué clase de compañía es esa con la que estás?», le preguntó Scott en tono de reproche.

«T-Mobile», respondió ella, a la defensiva. «¿Y qué me dices del que perdiste tú? ¿Qué clase de compañía es ésa?»

Más silencio. Entonces Scott le pasó desde la parte de atrás el pequeño botiquín de primeros auxilios y Madeline ayudó a Eugene a limpiarse y vendarse la herida. Por suerte, era menos profunda de lo que parecía.

Eugene intentó determinar dónde estaban. Ya había desistido antes con el mapa: las secuelas del bajón y la fatiga habían convertido las líneas, los símbolos y los colores en un enorme e indescifrable dolor de cabeza. Eugene tenía un hermano menor autista, Danny, que hacía unos dibujos incomprensibles. En aquel momento las obras de Danny tenían más sentido que el índice geográfico que no tenía más remedio que consultar de nuevo. En lugar de tomar la interestatal 80 para atravesar la Sierra Nevada, habían viajado en dirección norte, saliendo de Black Rock City hasta llegar a la 395; después comenzaron a meterse por algunas de las carreteras secundarias para llegar al desierto de Nevada y tomar el yagé. Calculó que ahora estarían a unos trescientos y pico kilómetros al nordeste de Las Vegas. «Como el eje está jodido, supongo que tendremos que quedarnos aquí hasta que nos ayuden o se pase la tormenta y podamos telefonear o ponernos a buscar a alguien.»

Scott sacudió la cabeza a modo de negativa. «Joder, tío, yo quería ir a Las Vegas…»

Eugene miró a Madeline, que permaneció impertérrita, antes de mirar de nuevo a Scott. «Me temo que no va a ser posible, colega.»

«Y a mí tenían que venir a pintarme el apartamento», se quejó Madeline, apartándose del rostro unos mechones saturados de polvareda y sudor. «Tenía que dejarlo todo arreglado.»

Scott escudriñó a Eugene con aquellos enormes ojos marrones. Mientras sacudía la cabeza, preguntó en un tono de niño caprichoso: «¿Cómo coño conseguiste estrellarlo?»

Eugene respiró hondo y se esforzó por obligar a las palabras a llegar a su mandíbula, cada vez más tensa. «Creo que se llama fatiga, tío», respondió con sorna. «Si la memoria no me falla, la idea era compartir las tareas de conducción, ¿te acuerdas?» El sarcasmo de su tono fue en aumento. «Pero me temo que el bueno de Eugene tuvo que hacerlo todo él solito porque vosotros seguíais missing. ¡Es increíble que tengas el puto morro de quejarte! ¡Gilipollas!», saltó Eugene antes de bajar del coche dando un portazo. Scott miró a Madeline, quien esbozó una sonrisa tensa que se desvaneció cuando oyeron un ruido a sus espaldas. Era Eugene. Había abierto el maletero del Dodge y estaba sacando la tienda de campaña.

Mientras se afanaba con los mástiles de acero y fibra de cristal frente a los fuertes vientos, Eugene rogaba por que la tienda aguantara, y se sintió secretamente aliviado cuando Scott y Madeline aparecieron a su lado, pese a que, al acudir en su ayuda, le resultaría difícil perseverar en su mudo martirio. Trabajaron en silencio, montando el armazón y colocando el toldo impermeable antes de echar la lona por encima y tensar los vientos. Cogieron los sacos de dormir y sacaron algo de ropa del Dodge. En el momento en que terminaban de montar el campamento, la tormenta empezó a amainar.

«Me pregunto cuánto tiempo tendremos que quedarnos aquí», dijo Scott antes de apresurarse a añadir, aun sabiendo que el comportamiento de Eugene había puesto de manifiesto que era poco sensato insistir: «Lo siento, colega, pero tengo que decirlo: llevo un mosqueo tremendo por lo del puto coche. Lo compré para el grupo. Le dije a mi viejo que aquello iba a ser mi puñetera fuente de ingresos y me dio en mano los veinte grandes. Es que me corroe. Si no lo digo, reviento.»

Eugene echó una mirada escrutadora a su viejo amigo de la universidad. Veía a un tipo delgado, enjuto y nervudo con el pelo cortado al rape y manos de mujer. Scott no había trabajado en toda su vida. Peor aún, meditó Eugene con cierta amargura, seguramente no lo haría jamás. Se limitaba a gandulear por ahí, aparcando su culo en las banquetas de diversos bares de North Beach y hablándole al número de personas cada vez más reducido dispuestas a escucharle lo de los grupos de música que pensaba formar mientras aguardaba el momento de poder echar mano del fondo fiduciario. Dado que sabía que en aquel momento no había nada que sacar en limpio soltándole un sermón, Eugene se tragó su ira. Además, estaba cansado. «Lo siento, tío. Yo me hago cargo. Tommy, el del garaje de Potrero Hill, lo arreglará.»

«Así que ahora nos quedamos aquí esperando, ¿no?»

Eugene, sentado con las piernas cruzadas, miró en torno a los parámetros de la tienda de campaña color naranja. «Oye, tío, me pareció que era lo mejor», dijo con un bostezo mientras notaba cómo su cuerpo se relajaba de nuevo, igual que antes de tomar el yagé. «Estoy reventado. Tengo que dormir un poco. Alguien pasará por aquí. Estamos en América», declaró con una sonrisa. Y añadió: «Siempre habrá alguien con ganas de venderte algo a menos de una milla.»

Scott y Madeline intercambiaron miradas rápidas, y el consenso acerca de que aquélla era la mejor opción posible fue instantáneo. Se acostaron en sus respectivos sacos de dormir. Seguro que alguien pasaría por allí, pensó Eugene. Calma. Reposo. Relax. Reponer fuerzas. A él le sonaba estupendo.

*

Lo primero que Alejandro compró al llegar a los Estados Unidos fue aquella vieja furgoneta Chevrolet del ochenta y dos. Le costó doscientos dólares, la mayor parte de los cuales se los había prestado su hermana Carmelita. Era un cacharro oxidado y desvencijado, pero él tenía talento para la mecánica y devolvió el vehículo a la vida con mimo y esmero. Sabía que con una furgoneta siempre se puede ganar dinero extra.

Estaba aguantando bien el tirón; el motor funcionaba muy bien mientras recorrían al ralentí una de las carreteras secundarias que atravesaba el desierto; él y su hermano pequeño Noé, que iba en el asiento del pasajero absorto en un libro de crucigramas.

Cuando se acordaba de su huida del hogar, Alejandro era incapaz de pensar en Phoenix, aunque ya llevaban casi tres años viviendo allí. Aquella ciudad sólo era el hogar de Carmelita, el lugar al que ella los arrastró.

Tampoco es que tuviese en mayor estima a su localidad natal, una vieja aldea de pescadores situada al sur de Guaymas, en la Costa del Pacífico, que había sobrevivido (más aún, tratándose de una zona de Sonora tan pobre, incluso podría decirse que había prosperado) como centro de transportes. Estaba junto a la Autopista 15 y también era uno de los destinos de la ruta del tren costero. El núcleo urbano constaba de una serie de edificios mal conservados y de escasa altura construidos en la década de 1970. Se encontraba en la incongruente vecindad de una vieja aldea que había crecido en torno a un pequeño puerto que cada año albergaba un número menor de embarcaciones oxidadas.

Era gente sencilla, pensó Alejandro con frío rencor, necios que siguieron pescando durante años después de que ya no quedara nada que pescar. Algunos de los aldeanos apenas parecían haberse percatado de que se habían deslizado de la pobreza a la indigencia. Creían que los peces volverían. Cuando empezaron a pasar hambre, se trasladaron primero al norte, y después a los Estados Unidos.

Donde les había llevado Carmelita.

Aquella ciudad no tenía nada a su favor. Por la autopista se veían autobuses de lujo con aire acondicionado llenos de norteamericanos ricachones que pasaban de largo, camino de las estribaciones de la Sierra Madre occidental y de los Álamos históricos, con su preciosa arquitectura colonial española. Aquellos turistas jamás se acercaban a su villa natal.

Cuando dejó la escuela, Alejandro se deslomó desempeñando tareas de ínfima categoría en un garaje y el taller anexo, propiedad de un chilango adinerado, agresivo y con mucha labia que se apellidaba Ordaz y había prometido formarle como mecánico. Dieciocho meses después, Alejandro seguía llenando los estantes del taller, limpiando el garaje y lavando coches. Aún no había cogido una llave inglesa una sola vez.

Alejandro se encaró con Ordaz al respecto. Su desenvuelto jefe urbanita simplemente se le rió a la cara. Cuando Alejandro se enfadó, la expresión del rostro de su patrón adoptó un cariz siniestro; le dijo al muchacho que recogiese sus cosas y se marchase.

De modo que no había nada que les atase a aquel lugar, salvo la tumba de su madre, que se encontraba en el viejo cementerio situado al pie de las colinas que dominaban la ciudad, y la prisión local, a unos ciento cincuenta kilómetros de distancia, donde estaba preso el desgraciado de su padre.

Fue Carmelita la que los convocó después de conseguir un empleo a través de una amiga que trabajaba en Phoenix. Una familia rica le ofreció trabajo después de ver el currículum vitae profesionalmente redactado y la fotografía sonriente que les envió, recordó Alejandro con asco.

Carmelita les encontró sitio donde vivir y a Alejandro le consiguió algunos trabajillos de jardinero y horticultor; además, matriculó a Noé en un colegio local. Ahora se dedicaban todos a limpiar lo que ensuciara el güero.Cuidaban su jardín. Le regaban el césped. Atendían a sus niñatos mimados. Le servían la comida.

Y ella, puta asquerosa, hacía más todavía

Para sus patronos era como si Alejandro fuera invisible. Salvo cuando había algún problema; entonces notaba cómo se posaban de forma instantánea sobre él las miradas acusadoras. Una vez una mujer llegó al extremo de culparle del robo de un artefacto que luego se supo que había perdido ella misma. No le pidieron disculpas, pese a que habían llamado a la policía y que ésta le había sometido a un interrogatorio agresivo. Pero sobre todo hacían como que no estaba cuando regaba y cuidaba los jardines bajo aquel sol abrasador e implacable para evitar que el desierto se adueñara de nuevo de ellos.

¿Qué respetaba aquella gente, los gringos? Cuando salían en la televisión, siempre decían que el trabajo duro, pero no tenían inconveniente en que sus mujeres se pasaran todo el día tumbadas junto a la piscina. Enviaban a sus hijos al colegio y luego a más colegios y también de viaje y de vacaciones. Ellos mismos se pasaban todo el tiempo metidos en aviones, hoteles y coches. ¿Dónde quedaba el trabajo?

Lo único que respetaban era el dinero, concluyó Alejandro. Eso y las armas de fuego. Después del Chevrolet, su segunda adquisición decisiva fue un revólver Smith & Wesson calibre 38. Se sentía más poderoso con él en el bolsillo, más digno de respeto. Si bien de una forma muy sutil, aquello le transformó; el gesto, la forma de caminar…

Porque ahora sí parecían fijarse en él. Aunque sólo fuera porque ahora, en vez de respetarle, le temían, era consciente de que ya no era invisible a sus ojos.

Alejandro atravesó la tormenta en su vieja furgoneta Chevrolet, irritado con su hermano adolescente, que, sentado junto a él, no paraba de intentar resolver aquellos ridículos crucigramas.

Noé era débil, reflexionó Alejandro. Se estaba convirtiendo en un norteamericano. ¿Acabaría por convertirse en un asesino cobarde, como su padre? Quizá no. El chaval desprendía cierta bondad. Sin embargo, Alejandro recordaba que una vez su madre le dijo lo mismo de su padre, cuando le preguntó qué había visto en su papá. Era el hombre más encantador, le contó su madre. Pero Alejandro había comprobado cómo el alcohol envilecía y corrompía aquella decencia y aquel encanto. Lo experimentó en carne propia la vez que se emborrachó: cuando dio de puñetazos, golpeó con el taco de billar y trató de estrangular a aquel hombre que le insultó en el bar. Miró de nuevo a Noé. ¿Acaso no le había enseñado su padre el viejo refrán La puerca más flaca es la primera que rompe el chiquero?

Era como si lo viera en ese mismo instante: el imbécil de su padre, con aquella expresión afligida, aquella mirada triste y furtiva y el brillo de la calva tras la pantalla de cristal de la cárcel. A pesar de la insistencia de Carmelita, Alejandro sólo había ido a visitar a su padre una vez, para insultar y maldecir a aquel ser patético y desgraciado y para verle, encogido de miedo en su traje gris de presidiario, con sus lustrosos ojos de rata llenos de lágrimas.

Y después estaba Carmelita. Que pariera unos críos propios a los que mangonear y mimar. Él, Alejandro Rodríguez, ya había tenido suficiente.

Alejandro volvió a echar un vistazo a su enclenque hermanito, que le miraba de forma muy extraña desde que se llevaron el dinero de aquella zorra; el dinero que había obtenido prostituyéndose con el gringo ricachón.

Las tonterías que decía… La delirante noción de que ella y aquel norteamericano rico y casado estaban enamorados. Si así era, ¿cuándo iba a echar a su mujer y a sus hijos de la casa donde vivía ella? ¿Cuándo iban a caminar por la calle cogidos de la mano? ¿Cuándo darían paso sus tristes, furtivas y animalescas cópulas a algo menos indigno? ¿Cuándo iba a compartir ella su cama por las noches?

El empleo que le había conseguido a Alejandro arreglándole el jardín al ricachón…, lo agradecido que se suponía que tenía que estar por achicharrarse los sesos al sol todos losdías… Y por fin, aquel día de la semana pasada, cuando se suponía que el norteamericano estaba trabajando y Alejandro los pilló a ambos in fraganti en la habitación de su hermana. La sangre menstrual de sus bragas, que había visto tiradas en el suelo junto a la cama, no había refrenado la lujuria depravada de aquellos dos.

Llevándonos su recompensa de puta apestosa le hemos hecho un favor. ¡Ahora veremos cuánto la quiere en realidad ese cínico norteamericano!

*

Eugene pensaba en Madeline. Una sucesión de imágenes, a mitad de  camino entre el pensamiento y la ensoñación, comenzó a danzar en su cabeza. Llegaron a adquirir una nitidez tridimensional que jamás habría creído posible. Entonces oyó un ruido de roce, y lo vio a través de sus ojos cerrados: Madeline desnuda, con la mayor naturalidad, a punto de volver a meterse en el saco de dormir después de haber salido fuera a hacer pis. Era cierto, la veía, incluso a través de la membrana de los párpados. Pero Eugene necesitaba acercarse más aún a aquella opaca silueta, pues su desnudez, como la de todas las chicas, contendría sorpresas, secretos. Uno siempre cree imaginárselas a la perfección sin ropa –curvas, tonalidades de la piel, proporciones–, pero siempre encierran algún misterio. Los pezones, el color, los lunares, la textura y la extensión del vello púbico: siempre eran distintos de lo que uno había imaginado. Como Lana, con cuya imagen mental se había masturbado tantas veces en el Politécnico de Long Beach antes de desnudarla durante el último curso; le había convertido la cabeza en una base de datos de elaboradísimos relatos pornográficos protagonizados, o más bien coprotagonizados, por ella. La primera vez que la vio desnuda, en el dormitorio de casa de sus padres, le causó tal impresión que casi le dieron ganas de preguntarle: ¿Qué has hecho con tus tetas? Pero a Madeline siempre la había visto… de cierta forma. Quizá si ahora abriera los ojos… su mirada se encontraría con la de ella y entonces… no. No estaría allí, seguro: así no. Estaba metida en el saco de dormir. Mucho mejor prolongar aquella deliciosa realidad virtual en su espacio psíquico realzado por la química.

Pero.

Pero ahora ella estaba sobre él, en cuclillas, prácticamente rozándole. Eugene notó cómo entraba el aire en sus pulmones y le palpitaba el corazón. Entonces sucedió. Madeline deslizó la mano dentro del saco de dormir y le tocó la pierna. Luego empezó a acariciarle el muslo con movimientos lentos y circulares. Parecía tener los dedos muy fríos y la polla se le puso tiesa. Debería abrir los ojos. Era ella. Se lo iba a hacer de verdad. Abrámoslos.

No.

Quiso prolongar aquello un poco más, porque tenía la polla durísima y…

… le estaba pellizcando el glande con aquel dedo frío…

… y …

«¡AAAAGGGHHHH!»

Un pinchazo tremendo.

Le había apuñalado.

Eugene se levantó chillando: «¡PERO QUÉ COJONES PASA AQUÍ!»

No era Madeline. Era una serpiente, una serpiente de cascabel, larga, verde y enroscada, deslizándose sobre su estómago y saliendo del saco de dormir para llegar al suelo de plástico de la tienda de campaña.

El grito de Eugene despertó a Scott y Madeline en el acto. «¡Joder! ¡Qué pasa!», exclamó Madeline entre dientes mientras Scott, parpadeando, recuperaba poco a poco la conciencia.

Eugene señaló con el dedo a la criatura reptante que atravesaba el suelo impermeable. «Una serpiente de cascabel…, ¡me ha picado en la polla una serpiente de cascabel!»

Scott tanteó hasta dar con la linterna que tenía junto a su espalda. Al encenderla y enfocarla con el haz luminoso, vieron a la serpiente alejándose de ellos. «Esas rayas oscuras en la cabeza…, para mí que es una cascabel Mojave», se aventuró a decir Scott.

Eugene empezó a salir del saco de dormir y con una expresión de determinación vengadora cogió una de sus botas marrones, que estaba provista de un pesado tacón: «Hija de puta…»

«¡No la mates!», chilló Scott.

«¿¡Qué!?»

«¿Es que nunca has oído hablar de la conservación medioambiental, tío?»

«¡¿Conservación?! ¡¿De qué coño me hablas?! ¡¿Esperas que “conserve” a una hija de puta que acaba de picarme en el puto rabo?!»

«Mira, tío, será mejor que te sientes…, estos bichos son supertóxicos.»

Al oír aquello, a Eugene le entró el tembleque, se dejó caer en el suelo y se arrebujó en el saco. La cascabel se escabulló bajo la puerta de la tienda y se internó en la libertad del desierto. Eugene se tocó la entrepierna. Aunque tuviera los genitales más fláccidos que nunca, notaba a través de ellos su pulso, palpitándole sobre las yemas de los dedos. «Santo Dios…, me ha mordido… mi puta cola…»

«No te acuestes», gritó Scott, «¡tienes que mantener el corazón a mayor altura que la herida!»

Eugene se incorporó rápidamente y se apoyó sobre los codos. Respiraba profunda y entrecortadamente.

«¿Dónde te ha picado?», volvió a preguntar Scott mientras Madeline miraba a Eugene fijamente.

«En las partes…», respondió, ahora con más pudor, «¡Joder, una serpiente de cascabel!»

«¡Por Dios, Eugene!», exclamó Scott con voz entrecortada, «¡esos bichos son peligrosos que te cagas!»

«Joder, Scott, eso ya lo sé, me acaba de picar una en el puto nabo.» Eugene se arrodilló, dejó que el saco se desprendiera de su cuerpo y se bajó los calzoncillos. A una pulgada aproximada del extremo del pene tenía dos pinchazos. «¿¡Qué voy a hacer!?», chilló, presa de un pánico súbito.

«Si estuviera aquí el chamán…», caviló Scott, mirando en torno a la tienda en busca de inspiración.

«¡Que le den por culo al chamán!», maldijo Eugene.

Madeline sacudió la cabeza: «Sólo lo dice porque esa gente tiene capacidades sanadoras, Gene.»

Eugene hizo una mueca y sentenció con voz lastimera: «Pues no está aquí.»

«No he podido ver exactamente qué clase de serpiente era», dijo Scott, frunciendo los labios, saliendo del saco de dormir e incorporándose, vestido sólo con unos calzoncillos verdes, mientras se acercaba a Eugene, «pero estoy seguro de que era una Mojave; esas hijas de puta son una de las especies de serpiente más venenosas que hay. Sus toxinas atacan el sistema nervioso, no sólo los tejidos…, ¡hay que sacarte el veneno como sea!»

«¿Cómo coño vamos…?», preguntó Eugene, sin aliento. Scott avanzó un poco más, con los ojos en todo momento sobre la polla de Eugene. «Hay que abrir el área en torno a la herida. Para extraer la sangre infectada se hacen dos incisiones en forma de cruz en cada orificio», le explicó, mientras estiraba el brazo para sacar de la mochila su enorme navaja suiza multiusos.

Madeline intentaba obtener señal en el teléfono móvil. Bajo la tormenta el aparato sólo era un trasto inútil e inerte, tecnología reducida a la impotencia y la nulidad por los caprichos de la naturaleza: la autocomplacencia de los hombres frente a la indiferencia de los dioses. «Se supone que estamos en América, joder», espetó, frustrada.

Eugene contempló con gesto convulso la hoja resplandeciente que sostenía Scott. «¡Eso son gilipolleces de boy-scout!» Ahora su tono de voz era chillón e histérico. «¡Seguro que hace años que esa mierda está desacreditada! ¡A mí no me raja el puto rabo ni Dios!»

«¡Sólo serán cuatro cortecitos de nada, Gene! ¡No tenemos tiempo para andar mariconeando!», se lamentó Scott.

Por primera vez, Eugene cayó en la cuenta de que existía la posibilidad real de morir, de que su vida concluyera allí, en aquel desierto pedregoso e inmisericorde, en unas circunstancias tan lamentables y desafortunadas. Pensó en la carrera deportiva que había mandado al garete para andar de juerga con Lana, siguiéndola por los clubs mientras ella «establecía contactos» para ganar posiciones de cara a su futuro. La muy zorra se enteraría de su defunción en el momento de aceptar un Oscar con una lágrima falsa y un hipido entrecortado en la garganta. Aquella imagen le infundió tal terror y exasperación que, estremeciéndose, Eugene se resignó y dijo con voz temblorosa: «Está bien…,está bien…, lo haré yo», y se armó de valor mientras Scott le entregaba la navaja. Entonces se vio la polla en la mano, los dos furiosos agujeritos rojos y la hoja metálica. Algo espantoso se le revolvió en el estómago y pensó que iba a desmayarse. «Tú…, hazlo tú», dijo en voz muy baja mientras le devolvía la navaja a Scott y se postraba, apoyado en los codos para mantener el torso levantado y la vista puesta en el techo anaranjado de la tienda.

Cuando Scott le cogió el pene, Eugene apretó los dientes, y se estremeció cuando su amigo realizó el primer corte. Aunque tenía que sujetárselo con firmeza para que no se le escurriera, la sensible piel del pene de Eugene cedió fácilmente ante el filo. A lo largo de la incisión brotaron unas gotitas de sangre; ésta sólo empezó a manar cuando Scott efectuó el segundo corte, completando la cruz. «¡Maddy, lánzame esa toalla!»

Madeline obedeció con rapidez y Eugene gritó cuando bajó la vista y vio cómo la toalla blanca absorbía glotonamente la sangre roja y oscura. «¡QUÉEE…! ¡JODER, TÍO, ME ESTÁS CASTRANDO!»

«¡Como no te estés quieto sí que lo haré!»

Scott hizo rápidamente la cruz en el segundo orificio e instó a Eugene a sujetarse la toalla contra el vientre mientras fluía la sangre. «Ya está», dijo antes de mirar a su amigo y agregar, «pero aún no hemos acabado. Para extraer el veneno alguien tendrá que chupar.»

Eugene miró a Madeline de forma instintiva, con gesto esperanzado y suplicante.

Ella miró boquiabierta la polla ensangrentada envuelta en la toalla. Era grande y gorda. Por algún motivo, siempre se la había imaginado más pequeña, pese a ser él un tío tan grande. Quizá estuviera inflamada por la mordedura. «Ni lo sueñes», saltó ella. «Ese amasijo sanguinolento… ¡ay, pero qué asco!»

Eugene se sentía fatal. Creyó sentir cómo el letal veneno de la víbora se iba abriendo paso por sus venas y arterias, serpenteando de forma lenta y amenazadora hacia su corazón. Miró a Madeline con furia vesánica. «Maldita zorra egoísta», le espetó en un tono situado entre la súplica y la amenaza.

Madeline se echó un poco hacia delante dentro del saco en el que seguía envuelta, a pesar de llevar todavía puesta su camiseta marrón sin mangas. Con la mano libre se apartó el cabello alborotado del rostro. «No voy a chuparte la polla. ¡Está chorreando sangre! Podrías tener herpes o el sida o quién sabe qué mierda. Ni hablar», sentenció, y su tono gélido y terminante devolvió a Eugene a la fiesta aquella.

«Seguramente me estoy muriendo, tía, joder…, es medicinal, coño, primeros auxilios, hostias», suplicó Eugene.

«Al carajo. Yo lo haré», dijo Scott.

Eugene miró a su amigo con repentino desasosiego. Scott tenía un aire, ahí en cuclillas y con aquellos calzoncillos verdes. Siempre había tenido un aire, desde la época de la universidad. Aquellos ojos de niña. Aquellas manos de mujer. Scott había hecho pocos amigos íntimos en UCLA y una vez que se licenciaron había seguido a Eugene hasta San Francisco con el pretexto de que era «un sitio guay». Se fue a vivir al ladito de él, en North Beach. Y nunca se interesó demasiado por las tías. El chaval era rarito y punto. «Ni te me acerques, colega…», dijo Eugene, levantando las manos, «quiero que lo haga ella.» Y señaló con el dedo a Madeline, que volvió a sacudir la cabeza.

«Por el amor de Dios, Eugene, podrías ponerte muy enfermo.» Scott dio otro paso al frente.

Eugene extendió las palmas de las manos. «¡Atrás! ¡No te me acerques, maricón de los huevos!»

«¿¡Quéee!?», protestó Scott, que no daba crédito a sus oídos. «¡Dejas que te la perfore con una navaja, pero no que te saque el puto veneno!» Señaló a Madeline. «¡Ella no te la piensa chupar, Eugene!», bramó.

«Ya lo puedes jurar…», corroboró

Madeline, contemplando con espanto el

pene ensangrentado de Eugene.

¿Esperaba que le chupara aquello, y que luego todos los listillos y niñatos de colegio mayor del barrio le hicieran muecas cada vez que entrara en un bar? Ni hablar.

«¡Puta zorra egoísta! ¡Que me estoy muriendo, joder!», chilló Eugene. «¡Me estás asesinando!»

Madeline miró a Scott, y luego a Eugene. «Escucha, gilipollas, Scott se ha ofrecido a chuparla para sacar el veneno. Te estás asesinando tú solo con tu puta mierda homófoba. ¿O es que crees que cuando volvamos a San Francisco irá por todos los bares de Castro presumiendo de haber sacado un poco de veneno de tu triste y fláccido pito con la boca?»

Eugene asimiló aquello y miró a Scott, que se encogió de hombros. Así pues, asintió con la cabeza, triste y fatigado, mientras su amigo se arrodillaba y volvía a tomar tímidamente su polla en la mano. Volvió a mirar a su viejo colega de la universidad. Eugene nunca había visto unos ojos tan amariconados como los que le miraban con tanta tristeza desde aquella cabeza. Dios mío, pensó, ahora todo encaja. Asintió y volvió a fijar la vista en el techo de la tienda de campaña. Mientras Madeline observaba fascinada, Scott succionaba el extremo inflamado y ensangrentado de la polla de Eugene.

*

La tormenta les había pillado desprevenidos. Parecía muy apropiado que la ira y el desprecio de los dioses les persiguiera durante aquella terrible huida de la venganza de Carmelita. Sólo pretendían escapar, pese a no tener ni idea de a dónde iban. Noé, el menor y más circunspecto de los dos hermanos, miró a Alejandro, cinco años mayor que él, mientras éste conducía adusto bajo el polvo.

Robar a los tuyos está muy mal, caviló Noé ansiosamente. Carmelita nunca se lo perdonaría. Dios nunca se lo perdonaría. Habían puesto fin a todos aquellos años de protección y amor de su hermana mayor. La culpa la tenía América. Les habían prometido una vida mejor allí, pero América había cambiado a Alejandro. Le había encallecido el corazón. Noé pensó en Carmelita, que les llevaba a Ciudad Obregón a oír misa todos los domingos y se aseguraba de que siempre estuvieran limpios y aseados, en su insistencia en que no faltaran al colegio y que no se limitasen a rezar por el alma de su padre, sino que fuesen a visitarle a la cárcel, y también de que pusieran flores en la tumba de su madre.

Se fijó en la mandíbula cuadrada de Alejandro, en los rasgos duros en los que estaban engastados aquellos ojos. Ojos de asesino, había dicho una vez Carmelita, después de que Alejandro le propinara una tremenda paliza a un joven en un bar a cuenta de una discusión insignificante. Los ojos de su padre.

Y no obstante era Carmelita la que siempre sacaba la cara por Alejandro. Fue él quien encontró a su madre, en la villa natal del sur de Sonora, doblada encima de los fogones, jadeando y con el dolor grabado en el rostro mientras fumaba un cigarrillo. Se había quemado una olla de arroz y otra de frijoles; toda la casa apestaba a comida socarrada. Y entonces Alejandro vio la sangre en el regazo de su madre y en el cuchillo grande que estaba sobre la mesa. Empezó a llorar y le preguntó qué había pasado, a pesar de que ya lo sabía; loco de rabia, registró rápidamente la casa en busca de su padre. Estaba seguro de que el cuchillo lo había empuñado la mano alcoholizada del viejo, con el aliento apestándole a tequila y al perfume barato de las putas.

Pero el viejo había huido.

Su madre rogó a Alejandro que no llamase a un médico ni a la policía, diciéndole que la herida parecía peor de lo que era en realidad, protegiendo así a su traicionero marido incluso en el instante en que la vida se le escapaba a borbotones sobre el regazo. A continuación se desplomó y cayó con un ruido sordo sobre el suelo embaldosado. Alejandro gritó y corrió en busca de ayuda. Era demasiado tarde; murió antes de que pudieran llevarla al hospital.

Como cabía esperar, pocas horas después la policía encontró a su padre, que confesó a grito pelado en el acto. Habían discutido y ella le había sacado de quicio; con la mente embotada por el alcohol y ciego de ira, le asestó una cuchillada. Al ver la sangre, se santiguó y erró sin rumbo durante algún tiempo; acabó por fin en el sórdido Boulevard Morelia, en la lúgubre Casa de Huéspedes que solía frecuentar, en brazos de su puta favorita, una corpulenta y rolliza mujer llamada Gina. Los agentes le encontraron, llorando y cantando un alabados, patético himno de alabanza dedicado al sufrimiento de la Virgen María, mientras ella le abrazaba contra el pecho como si fuera un bebé.

Entonces su hermana mayor, Carmelita, trató de hacerles de madre. Llevó a los chicos a Estados Unidos y trabajó muy duro para ofrecerles una vida mejor. Noé recordaba la última vez que vieron el viejo puerto, con el cielo nublado y veteado mientras a su alrededor graznaban los pájaros, antes de emprender la travesía en coche por las carreteras desérticas de aquel terreno lleno de calizas y plantas rodadoras hasta llegar a la autopista. Carmelita se pasó todo el viaje cantando y contándoles a sus emocionados hermanitos lo estupenda que iba a ser su nueva vida en América.

¡Y así se lo habían pagado!

En el alma penitente de Noé, su hermana, que hasta hacía tan poco le parecía una arpía autoritaria y regañona, iba adquiriendo poco a poco los rasgos de una madona. Volvió a mirar la boca tensa de Alejandro, cuyos gruesos dedos llenos de anillos de oro estaban sobre el volante del Chevrolet.

¡Ha sido él, el muy bruto! Ha sido él quien me ha hecho esto. Me ha dejado sin colegio, sin amigos. Me ha envenenado el alma. ¡Es igual que la escoria de nuestro padre!

Alejandro se volvió en ese instante y captó la mirada iracunda del canijo de su hermanito. «¿Qué pasa?», saltó.

«Nada», dijo Noé, manso cual gatito bajo la dura mirada de su hermano mayor.

«A mí no me mires así», le espetó, echándole a Noé otra mirada fría y asesina.

Le recorrió una sacudida de temor y se volvió hacia la ventanilla. Tenía una sensación de mayor frescura en la mejilla, lo que le recordó las ocasiones en que su padre había cogido prestado el coche viejo de su hermano y había llevado a la familia a la playa de Miramar, junto a Guaymas, en la costa mexicana del Pacífico. Se acordaba de los inconfundibles contornos de las imponentes y peladas montañas que rodeaban la bahía. Y de la vez que se cortó los pies chapoteando en el agua entre las conchas de las deliciosas ostras de la zona. De cómo Alejandro y él mendigaban calderilla cuando los pescadores de caña del mundo entero convergían sobre Guaymas para participar en torneos y perseguir a los peces en el mar de Cortés.

Ahora, mientras miraba apesadumbrado más allá de la polvareda que se iba asentando en un horizonte que empezaba a divisarse poco a poco, y en el que sólo destacaban algunos grandes peñascos, volvió a pensar en su ahora santísima hermana. ¿Qué le habían hecho? El dinero. Sus ahorros. Todo aquello por lo que tanto había trabajado. Habían arruinado sus posibilidades de una vida mejor.

Más adelante había algo. La polvareda empezaba a despejarse y a un lado de la carretera vieron un objeto de aspecto extraño que desprendía un brillo luminoso y anaranjado. Alejandro detuvo el coche y los dos hermanos bajaron de él sólo para llevarse el chasco de comprobar que, visto más de cerca, el ente que había atraído su atención era una banal tienda de campaña. Junto a ella había un 4×4 prácticamente volcado que se había salido de la carretera tras topar con una subida pronunciada de tierra, arena y pizarra acumulada en torno a unas rocas. Alejandro sacó el 38 del bolsillo interior y lo metió en el bolsillo exterior

de su chaqueta de cuero. Noé estuvo a punto de protestar pero finalmente decidió no hacerlo. Que él supiera, Alejandro nunca había disparado contra nadie, pero dado el furor lunático y la desesperación que le propulsaban a través de aquella extraña tierra, ambos presentían que estaba destinado a hacerlo, seguramente a no tardar. Noé sólo esperaba y rogaba para que no fuera contra él.

El sol poniente estaba de un resplandeciente color rojo, pues faltaba ya poco para que se pusiera. Gracias a la luz pudieron distinguir vagamente dentro de la tienda la presencia de unas siluetas borrosas. Noé tocó el brazo de Alejandro, más para infundirle ánimos que como un intento de coartarle del modo que fuera, pero en cualquier caso éste la apartó y abrió la puerta de la tienda con decisión.

Le asaltó en el acto ese olor que conocía tan bien: el aroma agrio y sustancioso de la sangre derramada mezclada con el calor. Alejandro apenas daba crédito a sus ojos cuando vio la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Un gringo arrodillado delante de otro haciéndole una felación mientras una preciosa muchacha miraba. Los norteamericanos eran un pueblo verdaderamente asqueroso, fue la rencorosa reflexión de Alejandro. El pene de aquel hombre estaba lleno de sangre. La chica tenía una toalla ensangrentada en el regazo. ¡Evidentemente, estaba en la época mala del mes, el muy animal se la había metido en su apestoso coño, y ahora el otro gringo se la estaba limpiando con la boca! Se preguntó, lleno de furor y amargura, si su hermana estaría participando en ese mismo instante en sórdidos juegos como aquél, observando con ansiedad, como la puta en que se había convertido, al amigo mariposón de su amante ricachón mientras limpiaba su asquerosa sangre menstrual de la polla de éste. Ahora el cerdo norteamericano comepollas se volvía y escupía la saliva sangrienta sobre el suelo.

¡Dentro de su propia tienda de campaña!

Horrorizados, los americanos se volvieron y vieron a los hermanos mexicanos.

«Dos mariposones y una coscolina», anunció Alejandro sin inmutarse, con el gesto crispado por la malicia.

«Esto no es…, me ha picado una serpiente de cascabel…», balbuceó Eugene antes de chillar, indignado. «¡Iros a tomar por culo de aquí!»

A Alejandro se le crispó el gesto aún más y entró en la tienda de un paso. «Oye, mariposón, ésa no es forma de hablarnos, ¿te das cuenta?», preguntó sacando la pistola y encañonando la polla de Eugene y la boca de Scott. «No sea que te vuele esa polla fláccida y también la dentadura de tu amigo tragasables», amenazó frunciendo el ceño.

Scott y Eugene se quedaron petrificados, observando el cañón de la pistola con expresión boquiabierta y ausente.

Madeline tragó saliva antes de encogerse y retroceder hasta notar la pared de la tienda a sus espaldas. «¿Qué… queréis?»

Alejandro la miró de arriba abajo. En su boca asomó una leve y mordaz sonrisa de desdén. Se volvió hacia los otros. «Terminen», les espetó.

Scott levantó la vista, con la polla de Eugene todavía goteándole sangre sobre la mano. «¿Qué?…, pero si no estábamos…»

«Escúchenme», ordenó Alejandro, sin dejar de apuntarles, «tú termina de chuparle la polla, y chúpasela bien. Chúpasela como se la chuparía una chamaquita», añadió sonriendo fríamente.

«Pero…», protestó Scott.

«¡TERMINEN!», rugió Alejandro mientras Noé afirmaba frenéticamente con la cabeza, implorándoles que accedieran a la exigencia de su hermano.

«¡Haz lo que dice, por el amor de Dios!», suplicó Madeline.

Mientras Scott, aterrado, comenzaba a obedecer, Alejandro miró a Eugene. «Y tú disfruta. Quiero que te corras en su cara, como si fuera tu zorra.»

De repente a Scott empezó a darle arcadas la polla de Eugene. Tenía un aspecto horrible y el sabor metálico de la sangre era tan intenso que le daba un sabor asqueroso; empezó a preguntarse si no sería el veneno de la serpiente al bajarle por la garganta e ir a parar a su estómago. Creía que había escupido la mayor parte de él, pero no podía tener la certeza de que así era.

Y luego estaba la inmunda sangre de Eugene. Pensó en la conducta de su viejo amiguete de la universidad, primero en UCLA y luego en San Francisco. Meterse aquella mierda en el organismo equivalía a acostarse con todas las golfas del campus, camareras borrachas y putas de mierda de Subset o Tenderloin en las que se había alojado la sucia cola de su amiguete. Y también significaba, por extensión, que había cohabitado con todas las pollas infectas que habían perforado aquellos coños infestados de microbios. Las posibilidades de no contraer algo parecían ínfimas. Casi podía oír en aquel instante las fanfarronadas de Eugene sobre las putas de las que había disfrutado durante su viaje a Las Vegas el mes pasado; era como si viese sus rostros ásperos y pintarrajeados, así como las sonrisitas autocomplacientes y arrogantes de todos los puteros que habían recorrido el planeta de burdel en burdel de Tijuana hasta Tailandia a cuenta de las dietas de sus empresas. En sus oídos resonaban el tintineo fantasmal de las máquinas tragaperras de Las Vegas y los estoicos cánticos de crupieres de gesto adusto, indicándole las escasísimas posibilidades que tenía de no contraer una infección letal mientras maniobraba con dificultad con la boca alrededor de aquella polla sudorosa y sangrienta.

Pero tenía que seguir adelante. Porque a esa distancia una bala en la cabeza ofrecía posibilidades aún más escasas. Más escasas que casi cualquier cosa.

La pistola. ¡Les estaban encañonando! Esos hombres eran unos psicópatas. Había que ver los ojos demenciales del hijo de puta que llevaba el revólver; era como mirar al infierno a la cara. Presa de un amargo pavor, Scott decidió que estaba condenado irremediablemente a morir antes de acceder a su fondo fiduciario, con el cráneo volado en pedazos por el disparo de un espalda mojada asesino. Su dinero. Su legado. Todo aquello por lo que había trabajado papá. El viejo: lo único que había esperado que hiciera su hijo en la vida era seguir vivo el tiempo suficiente para cobrar. Y ni siquiera había sido capaz de hacer eso, maldita sea. No habría grupo, ni éxito ni nada con lo que impresionar a su padre. Iba a perecer allí, en el desierto, y el último recuerdo que tendría de su breve existencia sería la maldita polla ensangrentada de Eugene en la boca. Al cobrar plena conciencia de lo espantosamente injusto que era todo empezó a sollozar. Entonces oyó quejarse a Eugene: «No puedo hacerlo. No puedo correrme. ¡Ni siquiera consigo empalmarme! No me gusta. No me gustan los chicos…»

Alejandro se rió estentóreamente y se golpeó el pecho con expresión incrédula. «¡No le gustan los chamacos! ¿Oyes eso, hermanito?» Se volvió hacia Noé. «¡Con un maricón chupándole el rabo y dice que no le gustan los chamacos!» Sacudió la cabeza con gesto de asco. «Se la metiste a la chiquita en el momento malo del mes. ¡Son unos animales!»

Eugene protestó: «Mira, tío, ya te he dicho que me picó una serpiente y…»

«¡Cierra la puta boca!», rugió Alejandro con ojos encendidos. «Estás como los frijoles, ¡al primer hervor se arrugan!»

Obedecieron con rapidez mientras Alejandro se volvía hacia Madeline y la cogía bruscamente del brazo.

«Alejandro, por favor…», suplicó Noé.

«Silencio, hermanito», ordenó aquél entre dientes, acercando a Madeline a donde estaban Scott y Eugene.

«Quítate la camiseta y el sostén», cuchicheó en un tono delicado pero amenazador.

«Que te lo has…», empezó a rebelarse Madeline antes de derrumbarse al mirar a Alejandro un instante y luego al 38 que tenía en la mano. Se quitó la camiseta de un solo movimiento, seco y veloz. Noé, que ahora ya tenía medio cuerpo dentro de la tienda, vio el San Cristóbal ceñido alrededor de su cuello, pegado al esternón y encima de los pechos, y se sintió impelido a santiguarse y rezar una oración silenciosa. Después, cuando Madeline se quitó el sostén, se quedó sin resuello.

Alejandro pensó en todas ellas; en las perezosas esposas e hijas de los ricos. En cómo, tumbadas en bikini junto a sus piscinas, sorbiendo sus bebidas, jamás de los jamases se fijaban en él mientras sudaba la gota gorda en sus jardines. Y él quería que se fijasen. Quería que se quitasen las camisetas, que liberasen aquellas enormes tetas de silicona. Ahora podía obligarles a hacerlo.

«¿Ves qué tetas, mariposón?» Alejandro se volvió hacia Eugene, que había vuelto la cabeza hacia un lado. En un primer momento la había agachado, pero eso le obligaba a mirar a Scott. «Fíjate, mariposón», le pinchó Alejandro, agitando la pistola, «mira qué tetas tan bonitas y duras. Te desea, mariposón, te desea tanto…, tanto…»

Jadeaba mientras hablaba, y Noé, horrorizado, reparó en que su hermano se había bajado los pantalones y se estaba masturbando con la mano libre.

Noé retocedió un paso y sacó el cuerpo de la tienda, temblando sin dejar de mantener abierta la puerta. Madeline cerró los ojos y Scott siguió chupando, tragándose con espanto aquella sangre oscura. Alejandro continuó meneándosela e inundando la tienda con sus comentarios. «Te desea tanto como el tragasables, mariposón, así que ¿con cuál te quedas? ¿Eh, mariposón? ¡Tú, puta!», le espetó a Madeline, «¡tócate las tetas! ¡Quiero ver cómo se te ponen duros los pezones!»

Madeline comenzó a acariciarse, primero tensa y atemorizada, y después tratando de desviar sus pensamientos hacia Scott en un esfuerzo por borrar de su cabeza todo lo demás. Trataba de decidir si estaba o no enamorada de él. Tenía unos ojos tiernos y oscuros, tan llenos de tristeza como de esperanza. Era un chico hermosísimo y habían compartido una experiencia estupenda con el yagé; había visto algo en él, su alma, y sabía que llevaba dentro algo más que un chico asustado y pendiente de un fondo fiduciario que quería aplacar a un padre distante y a una madre alcohólica.

Pensó en que debería haber telefoneado a sus propios padres. Les gustaba hablar con ella al menos una vez por semana. Sabía que se preocupaban por ella. ¿Qué pensarían si supieran que estaba allí en aquel momento? Madeline hizo balance del itinerario, en apariencia tan trivial, que la había conducido a aquel terrible lugar. Apenas hacía unos seis meses trabajaba en una droguería de la cadena Walgreen’s y vivía en casa de sus padres, en el distrito residencial de Cleveland donde se había criado. Odiaba aquel lugar, y detestaba su instituto todavía más. Pero, por encima de todo, aborrecía su apellido: Madeline Frostdyke.

O Lesbiana Frígida, como la habían bautizado los chavales más desagradables del colegio. En San Francisco podía ser Madeline Frost. A veces, cuando tenía el ánimo feminista subido, adoptaba el apellido de soltera de su madre, Kennaway.

Cuando comenzaron los insultos, Madeline reaccionó tratando de no llamar la atención, pero eso fue exactamente lo que acabó haciendo. Al permitir que su conservadora madre la vistiera, Madeline Frostdyke, con sus conjuntos tipo años cincuenta y sus enormes gafas, se convirtió en uno de los bichos raros más llamativos del colegio. Y así habría seguido, poniendo demasiado empeño en pasar desapercibida, cuando la pubertad le cayó encima con todo su peso, dotándola de unas curvas que su ropa informe y sosa no acababa de disimular y de impulsos que un hogar norteamericano decente y temeroso de Dios no podía refrenar. Sin embargo, a excepción de un par de encuentros apresuradamente fraguados (en gran medida para adquirir unos rudimentos de experiencia carnal), estaba decidida a que Cleveland, que tan cruel se había mostrado con Madeline Frostdyke, no recibiera lo mejor de Madeline Frost.

Jackie Kennaway, diligente estudiante de derecho de la Universidad Jesuita de San Francisco, se sorprendió al ver a una muchacha vivaz y despampanante presentarse en la puerta de su apartamento. Quedó aún más desconcertada al darse cuenta de que se trataba de su hasta entonces desgarbada prima Madeline.

Y así fue como la chica de Cleveland se instaló en la habitación libre que la tía de Madeline había mencionado distraídamente que estaba disponible en el apartamento de Jackie en San Francisco. En un principio, Madeline manifestó su deseo de seguir los pasos de su prima por la senda universitaria, en su caso para estudiar empresariales, pero muy pronto quedó claro que no iba a frecuentar a Jackie en la facultad. A Madeline le gustaba más la vida social de San Francisco que a un tonto un lápiz, e hizo amistad con algunos de los conocidos más extrovertidos de su estudiosa parienta.

Había conocido a Eugene a través de una de ellas, Candy. Aunque él no lo supiera, le había recordado de inmediato a Kevin Dailey, el novio de su horrible Némesis, Sara Nichols, que se había regodeado orquestando contra ella multitud de campañas de acoso escolar. Sara se apresuró a reclutar a Kevin para menospreciar de forma irreflexiva a Madeline. Ahora sabía que Sara fue la primera en darse cuenta de lo que acabaron por reconocer las demás divas del instituto: Madeline Frostdyke era monísima, y por tanto una rival en potencia, por lo que era fundamental mantener su nivel de autoestima bajo mínimos.

Sara se aseguró de que Kevin –enrollado, deportista y de guapura convencional– no se interesara jamás por Madeline. Pero esta versión de Kevin Dailey la deseaba de muy mala manera. Ahí residía todo el aliciente del asunto. No obstante, sólo era un juego, porque era con Scott, temperamental, de dulces y grandes ojos oscuros, con quien quería estar.

Y eso era lo que la había conducido hasta el desierto y a aquella pesadilla.

De forma que ahora lo único real que había en la tienda de campaña era la áspera voz del mexicano joven y gordinflón: «Chupa fuerte, mariconcito. Mira a la chamaquita, mariposón, mira qué espectáculo nos ofrece con sus hermosas y enormes tetas…, a lo mejor tendrías que chupárselas, ¿eh, mariposón? Igual que se la metiste en su cochino coño, ¿no?»

¿Cochino coño? ¿De qué cojones habla este hispano gilipollas, retorcido y tocino?, se preguntó Eugene con la vista fija en los pechos de Madeline. Eran un buen par de tetas, de eso no cabía duda. Voluminosas y firmes pero auténticas, una de ellas visiblemente más grande que la otra. ¡Qué aspecto tenía con los ojos cerrados! Intentaba concentrarse para no parecer impotente y humillada.

Y Eugene lo comprendía. Recordó su propia experiencia, triste y solitaria, en la industria del porno. Cuando era estudiante en UCLA y Lana y él atravesaban una fase decididamente «off» de su relación discontinua había intentado ganar algo de dinero extra. Su amigo Jerry lo había hecho, así que ¿por qué no iba a hacerlo él? Como iba al gimnasio estaba «rajado», y estaba bien dotado. Parecía una buena manera de ganar dinero: follarse tías buenas. Recordó que de niño había interpretado un pequeño papel en un par de escenas de Aprender a vivir, que, como tantas películas de Hollywood, se rodó en su instituto. Incluso llegó a acariciar la descabellada idea de que a lo mejor alguien se fijaba en él y entraba en Hollywood por la puerta grande antes que Lana.

Cuando acudió a aquella casa del Valley para el casting, había otros tres tíos compitiendo por ser los elegidos. No conocía a ninguno. Un hombre obeso en traje azul marino y sin corbata les recibió y les dio la bienvenida. Lo único que recordaba de los otros tíos era que uno de ellos llevaba una camiseta de los White Stripes. Aguardaron todos en una habitación provista de refrescos y revistas. A Eugene le dijeron que el último sería él. Mientras esperaba se puso cada vez más tenso. Los dos primeros tíos atravesaron la puerta muy ufanos; salieron en silencio, humillados y cabizbajos. Después de que se marchara el segundo, Eugene y el de la camiseta de los White Stripes se echaron el uno al otro una mirada de cierto desasosiego. Después entró White Stripes, dejando a Eugene solo. Se pasó siglos allí dentro. Cuando salió, White Stripes lucía una sonrisa de oreja a oreja y el gordo le iba dando palmaditas en la espalda. Las palabras con las que le despidió el pornógrafo fueron: «No te olvides: ¡trabaja esos abdominales!» Después hizo pasar a Eugene; antes de marcharse, White Stripes le dedicó un guiño eufórico.

En la otra habitación había una chica desnuda, con una larga y lisa cabellera azabache, mucho maquillaje, voluminosos pechos falsos y un moreno de tonos anaranjados; estaba reclinada en un sofá. La cámara la manejaba una piltrafa de tío con acento tejano y que apestaba a alcohol, que le estrechó la mano y se presentó como Ray. La chica no abrió la boca, pero le dedicó una sonrisa desagradable y predatoria cuando el gordo dijo: «Y esta preciosa señorita es Monique.»

Eugene se acercó a ella y la besó castamente, con esa confianza con que había visto que lo hacían los actores porno cuando les presentaban a sus nuevas compañeras de reparto. «Muy bien, hijo, ahora enséñanos lo que tienes», le apremió el gordo.

Con los motores a tope de lujuria, Eugene se desnudó con entusiasmo. La tal Monique tenía ganas de marcha. Pero el problema era que, inexplicablemente, su polla no recibía el mensaje que le mandaba su cerebro. Sabía que tenía que olvidarse de la cámara, de los demás testigos y concentrarse sólo en Monique. En su culo firme. En su coñito afeitado. En sus grandes labios rojos. En sus voluminosas tetas de silicona.

Pero no pasaba nada. Nada en absoluto. Las atenciones prostibularias y el entusiasmo de Monique cayeron en saco roto y su semblante se fue endureciendo poco a poco hasta cristalizar en una máscara de aburrimiento. Muy pronto Eugene tuvo que renunciar y salir de allí tan humillado como los dos primeros tíos. El gordinflón le dijo: «No te preocupes, hijo, son muy pocos los machotes capaces de cumplir delante de la cámara a voluntad. Por aquí aparecen tan campantes auténticos sementales que se creen lo más, y el noventa por cien sale con la moral por los suelos, como perros apaleados.»

Y ahora, a la hora de la verdad, la erección iba a fallarle una vez más. Pero esta vez podía costarle la vida. La cámara, la maldita cámara. Ahora la cámara era el cañón de una pistola y los ojos, oscuros como la boca de un lobo, del asesino que la sostenía. Eugene volvió a mirar a Madeline. Era tan preciosa, e iba a morir sin haberla catado. Con los ojos cerrados, exudaba una nobleza trágica pero heroica. Tenía unas tetas tan bonitas… Ay, si fuera ella la que le estuviera chupando la polla…, esos labios, trabajándole hábilmente, alojándole en el fondo de la garganta, pero sin dejar de estar allí delante de algún modo, virtuosa y serena…

Madeline… MadelineSí…, era ella. ERA ella. La polla se le puso dura. Joder, Madeline

De pronto, Eugene notó la explosión desencadenada en su cuerpo, presa de los espasmos. Se estaba corriendo como nunca antes. Entonces, en plena euforia, recordó de repente la regla dorada del porno: el público –y este público mortífero seguramente más que ningún otro– tiene que ver la «facial». Eugene retiró rápidamente el miembro, salpicando de semen el rostro y los labios ensangrentados de Scott, horrorizado a la vez que veía chiribitas de puro éxtasis. «Ay, Dios…», gimió, susurrándole después a Scott: «Lo siento, coleguita…, yo…»

Alejandro eyaculó casi al mismo tiempo, lanzando lefa sobre la pierna de Madeline. Después, de forma despreocupada y mecánica, se guardó la cola, se subió calzoncillos y pantalones, corrió la cremallera y se abrochó. Le entregó la pistola a Noé, que se encogió ante ella. Eugene y Scott se miraron el uno al otro. «Cógela», ordenó Alejandro; el muchacho se acercó lentamente al arma, tomándola en sus temblorosas manos. «Ahora apúntales.» El muchacho obedeció; apenas podía controlar el temblor de la pistola en sus manos. Scott apartó la vista; su labio inferior parecía imitar el ritmo de la pistola. «No dejes de encañonarles», le advirtió Alejandro, regodeándose y dando una palmada en la espalda a su aterrorizado hermano. «Siente su poder», le incitó, «y compórtate como un hombre. Si uno de ellos habla siquiera, le disparas.» Entonces posó la mirada en el teléfono móvil de Madeline, que yacía junto a su saco de dormir, en el suelo impermeable de la tienda. «Creo que me lo llevaré», dijo, recogiéndolo con una sonrisa.

Madeline había abierto los ojos y, con los brazos cruzados sobre el pecho, suplicó: «Déjelo, por favor. Lo necesitamos para pedir ayuda. Estamos atrapados en este sitio. ¡No diremos nada!»

Noé, a quien seguía temblándole la mano que sostenía la pistola, miró a Alejandro con ojos suplicantes, buscando su aprobación. Éste seguía sin hacerle el menor caso y, muy al contrario, fulminó con la mirada a Madeline, que enmudeció de forma instantánea. A continuación miró a Scott y Eugene con dureza. «Deberían decirle a esta zorra que cierre la puta boca si no quieren acabar todos muertos por su culpa», les amenazó sin dejar de sonreír. «Ahora quiero los demás teléfonos. Tú», dijo apuntando a Scott, «¿dónde están?»

«Yo…, yo el mío no lo tengo conmigo; el de Gene está ahí detrás», dijo Scott, señalando a Eugene.

Maricona imbécil, pensó Eugene.

Alejandro le miró con expresión casi lastimera. «¿No trajiste tu teléfono?»

«No», tartamudeó Scott de nuevo, «lo perdí. Mira en la bolsa si quieres…»

«Te creo. Me parece que tienes demasiado miedo como para atreverte a engañarnos. Lánzame el otro.»

Scott le lanzó el móvil de Eugene a Alejandro, que se agachó y lo recogió. Jugueteó con ambos teléfonos un poco. «Saben, yo que ustedes contactaría a la policía en cuanto hubiésemos salido de aquí», caviló.

«Por favor…», suplicó Noé, que seguía temblando sin dejar de apuntar, «¡vayámonos ya!»

Alejandro le impuso silencio levantando una mano.

Mientras Scott, lloriqueando e hiperventilando, se limpiaba un poco de esperma de la cara y empezaba a vomitar sangre, Eugene se apoyó contra la pared de la tienda, con el corazón palpitándole con fuerza. Al levantar la vista, lo único que vio fue la mirada de Alejandro, fría como el hielo, cerrándose sobre ellos. «Pero ya no habrá manera de contactar con la policía», canturreó alegremente el mexicano, «porque ahora toca disparar.»

Madeline se volvió hacia Eugene con gesto suplicante, con cara larga y pálida de abyecto terror. Y entonces él supo que la quería de verdad y que haría casi cualquier cosa por ella. Pero no llevarse un tiro. Quería que fuese ella la primera en recibirlo. Luego Scott. Porque había visto cómo ponía al loco aquel y no quería dejarla sola con él. Se metió la mano en el bolsillo y acarició la empuñadura de la navaja. El margen de oportunidad del que dispondría sería muy estrecho y eso suponiendo que tuviera muchísima suerte. De lo contrario podían darse por bien muertos y serían pasto de los buitres junto a alguna carretera desértica.

«Por favor…», le suplicó Madeline a Alejandro, arrodillándose súbitamente. «Yo no he hecho nada malo.»

Alejandro miró a aquella mujer y vio el crucifijo que le colgaba del cuello. Como el que llevaba su madre. Volvió a pensar una vez más en su padre, en aquel animal carente de toda piedad. «Eh…, tranquilízate.» Levantó el móvil y empezó a sacarles fotos con la cámara. «Si te portas bien, no habrá otros disparos que los de la cámara de este teléfono», anunció casi en un susurro, mientras extendía la mano y le acariciaba un lado de la cara. Eugene echó una mirada a un Noé petrificado, y estaba a punto de abalanzarse sobre Alejandro cuando éste se dio la vuelta de repente y volvió a mirarle con gesto asesino. «¡Vuelvan a adoptar su posición, mariposones, si no quieren recibir un balazo!»

Madeline les lanzó una mirada aterrorizada y suplicante; Eugene, abatido y lleno de amargura, le hizo una señal con la cabeza a Scott y tuvieron que volver a pasar por aquel ritual humillante. Cada fotografía que tomaba Alejandro parecía durar minutos, y sus comentarios, lascivos y burlones, eran una parodia retorcida de los que habría hecho un fotógrafo de moda. Eugene cerró los ojos y oyó decir al mayor de los dos mexicanos: «¡Y, ahora, como le cuenten esto a alguien, todos sus amigos y familiares recibirán estas fotos tan bonitas! Quedarán estupendas en el álbum familiar: ¡dos mariposones y la muchacha de las tetitas!»

Sólo comprendió que todo había terminado cuando el aire fresco y reposado sobre su polla reemplazó al húmedo calor de la boca de Scott. Sólo entonces oyó las pisadas de los hermanos marchándose y abrió los ojos. En la penumbra grisácea notó el eco de un ruido de arcadas que no se parecía a nada que hubiera oído nunca. Era como si un espíritu maligno celebrase a carcajadas una vejación particularmente inmunda que hubiera orquestado. Por un momento pensó que sería Scott o incluso Madeline, vomitando, pero las miradas ausentes de éstos y una insidiosa acidez que no tardó en hacerse notar le dijeron que su origen estaba en algún lugar de su propio ser. Eugene se volvió hacia la lona, y sus grandes brazos le mantuvieron erguido mientras arrojaba la bilis de sus entrañas y una risa nerviosa interrumpía cada una de aquellas demoledoras arcadas.

Fuera, oyó cómo arrancaba el motor del Chevrolet y se alejaba resoplando bajo la luz del desierto, cada vez más débil.

 

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