“Otra belleza. Apostilla sobre la guerra”, epílogo a la reescritura de LA ILÍADA por ALESSANDRO BARICCO

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No son éstos unos años cualesquiera para leer la Ilíada. O para «reescribirla», como he tenido ocasión de hacer. Son años de guerra. Y por mucho que «guerra» siga pareciéndome un término erróneo para definir lo que está sucediendo en el mundo (un término socorrido, diría yo), lo cierto es que son años en que algo así como una orgullosa barbarie, relacionada con la experiencia de la guerra durante milenios, ha vuelto a convertirse en una experiencia cotidiana. Batallas, asesinatos, crímenes, torturas, decapitaciones, traiciones. Heroísmos, armas, planes estratégicos, voluntarios, ultimata, proclamas. Desde alguna profunda sima que creíamos haber sellado, ha vuelto a aflorar todo el atroz y luminoso instrumental que desde tiempos inmemoriales ha sido bagaje de una humanidad combatiente. En un contexto de este tipo —vertiginosamente espinoso y escandaloso— incluso los detalles asumen un significado particular. Leer en público la Ilíada es un detalle, pero no es un detalle cualquiera. Para ser franco, tengo que decir que la Ilíada es una historia de guerra, lo es sin prudencia ni medias tintas: y que fue compuesta para cantar a una humanidad combatiente, y para hacerlo de un modo tan memorable que durara eternamente, y para llegar hasta el último hijo de los hijos, cantando sin término la solemne belleza y la irremediable emoción que antaño fuera la guerra, y que siempre será. En el colegio tal vez lo explican de otra manera. Pero la esencia es ésa: la Ilíada es un monumento a la guerra.

De modo que la pregunta surge de una manera natural: ¿qué sentido tiene, en un momento como éste, dedicar tanto espacio, y atención, y tiempo, a un monumento a la guerra? ¿Cómo es posible que, con tantas historias como hay, uno se sienta atraído precisamente por ésa, casi como si fuera una luz que sugiere una huida de las tinieblas de estos días?

Creo que sólo se podría dar una respuesta verdadera si fuésemos capaces de comprender hasta el fondo nuestra relación con todas las historias de guerra, y no con ésta en particular: comprender nuestro instinto de no dejar de relatarlas nunca. Pero es una cuestión muy compleja, que es obvio que no puede ser resuelta aquí, ni por mí. Lo que puedo hacer es, centrándome en la Ilíada, apuntar dos cosas que he acabado pensando, tras un año de trabajo en contacto directo con ese texto: son resumen de todo lo que, en aquella historia, se me ha aparecido con la fuerza y la nitidez que sólo poseen las verdaderas enseñanzas.

La primera. Una de las cosas más sorprendentes de la Ilíada es la fuerza, yo diría que la compasión, con que nos son referidas las razones de los vencidos. Es una historia escrita por los vencedores y, a pesar de todo, en nuestra memoria permanecen también, cuando no sobre todo, las figuras humanas de los troyanos. Príamo, Héctor, Andrómaca, incluso hasta pequeños personajes como Pándaro o Sarpedón. Esta capacidad, sobrenatural, de ser voz de la humanidad entera y no sólo de sí mismos, la hallé trabajando sobre el texto y descubriendo cómo los griegos, en la Ilíada, nos habían legado, entre las líneas de un monumento a la guerra, la memoria de un obstinado amor a la paz. A simple vista uno no se da cuenta, cegado por los resplandores de las armas y de los héroes. Pero en la penumbra de la reflexión surge una Ilíada que uno no se esperaba. Me explico: el lado femenino de la Ilíada. Son muy a menudo las mujeres las que proclaman, sin mediaciones, el deseo de paz. Relegadas a los márgenes del combate, encarnan la hipótesis obstinada y casi clandestina de una civilización alternativa, libre del deber de la guerra. Están convencidas de que se podría vivir de una manera distinta, y lo dicen. De la manera más clara lo dicen en el libro VI, pequeña obra maestra de geometría sentimental. En un tiempo suspendido, vacío, robado a la batalla, Héctor entra en la ciudad y se encuentra con tres mujeres: y es como un viaje a la otra cara del mundo. Bien mirado, las tres pronuncian una misma súplica, paz, pero cada una de ellas con una tonalidad sentimental propia. La madre lo invita a rezar. Helena lo invita a su lado, para reposar (y tal vez también para algo más). Andrómaca, por último, le pide que sea padre y marido antes que héroe y combatiente. Sobre todo en este último diálogo la síntesis es de una claridad casi ilustrativa: dos mundos posibles están el uno frente al otro, y cada uno tiene sus razones. Más correosas, ciegas, las de Héctor; modernas, mucho más humanas, las de Andrómaca. ¿No es admirable que una civilización machista y guerrera como la de los griegos escogiera legarnos, para siempre, la voz de las mujeres y su deseo de paz?

El lado femenino de la Ilíada se aprehende de sus voces: pero una vez aprehendido, luego se encuentra de nuevo, por todas partes. Difuminado, imperceptible, pero increíblemente tenaz. Yo lo encuentro fortísimo en los innumerables momentos de la Ilíada en los que los héroes en lugar de luchar, hablan. Son asambleas que nunca se terminan, debates infinitos, y uno deja de odiarlos sólo cuando empieza a comprender en el fondo de qué se trata: son su manera de posponer lo más posible la batalla. Son Sheherezade, salvándose mediante el relato. La palabra es el arma con que congelan la guerra. Incluso cuando están discutiendo cómo hay que hacer la guerra, mientras tanto no la están haciendo; y ésta es, también, una manera de salvarse. Todos ellos son condenados a muerte, y están haciendo que su último cigarrillo dure una eternidad. Y se lo fuman con las palabras. Luego, cuando de verdad entran en combate, se transforman en héroes ciegos, olvidados de cualquier escapatoria, fanáticamente entregados a su deber. Pero antes…, antes ha sido un tiempo largo, femenino, de lentitudes sabias, y miradas hacia atrás, de niñez.

Del modo más elevado y deslumbrante, esta especie de reticencia del héroe se condensa, como debe ser, en Aquiles. Él es quien tarda más tiempo, en la Ilíada, en entrar en combate. Él es quien, como una mujer, asiste desde lejos a la guerra, tocando una cítara y permaneciendo junto a los que ama. Precisamente él, la encarnación más feroz y fanática de la guerra, literalmente sobrehumana. La geometría de la Ilíada es, en este sentido, de una precisión vertiginosa. Donde más fuerte es el triunfo de la cultura guerrera, más tenaz y prolongada es la inclinación, femenina, a la paz. Al final es en Aquiles donde lo inconfesable de todos los héroes emerge hasta la superficie, con la claridad sin mediaciones de un hablar explícito y definitivo. Lo que dice delante de la embajada enviada por Agamenón, en el libro IX, es tal vez el más violento e indiscutible grito de paz que nuestros padres nos han legado:

Para mí nada hay que equivalga a la vida, ni cuanto dicen que poseía antes Ilio, la bien habitada ciudadela, en tiempos de paz, antes de llegar los hijos de los aqueos, ni cuanto encierra en su interior el pétreo umbral del arquero Febo Apolo en la rocosa Pito. Se pueden ganar con pillaje bueyes y cebado ganado, se pueden adquirir trípodes y bayas cabezas de caballos; mas la vida humana ni está sujeta a pillaje para que vuelva ni se puede recuperar cuando traspasa el cerco de los dientes.

Son palabras de Andrómaca, pero en la Ilíada las pronuncia Aquiles, que es el sumo sacerdote de la religión de la guerra: y es por eso por lo que resuenan con una autoridad sin par. En esa voz —que, sepultada bajo un monumento a la guerra, dice adiós a la guerra, prefiriendo la vida— la Ilíada deja entrever una civilización de la que los griegos no fueron capaces y que, a pesar de todo, habían intuido, y conocían, y hasta custodiaban en un rincón secreto y protegido de su sentir. Llevar a cabo esa intuición es tal vez lo que la Ilíada nos propone como herencia, como tarea, como deber.

¿Cómo llevar a cabo esa tarea? ¿Qué tenemos que hacer para inducir al mundo a seguir su propia inclinación hacia la paz? También sobre esto, me parece, la Ilíada tiene algo que enseñarnos. Y lo hace desde su rasgo más evidente y escandaloso: su rasgo guerrero y masculino. Es indudable que esa historia presenta la guerra como una salida casi natural de la convivencia civil. Pero no se limita a ello: hace algo bastante más importante y, si se quiere, intolerable: canta la belleza de la guerra, y lo hace con una fuerza y una pasión memorables. No hay casi ningún héroe cuyo esplendor, moral y físico, en el momento del combate, no se recuerde. No hay casi ninguna muerte que no sea un altar, ricamente decorado y adornado de poesía. La fascinación por las armas es constante, y la admiración por la belleza estética de los movimientos de los ejércitos es continua. Bellísimos son los animales en la guerra, y solemne es la naturaleza cuando está llamada a servir como marco para la masacre. Hasta los golpes y las heridas son cantados como obras soberbias de un artesanado paradójico, atroz, pero sabio. Se diría que todo, desde los hombres hasta la tierra, alcanza durante la experiencia de la guerra el momento de su más alta realización, estética y moral: casi la culminación gloriosa de una parábola que sólo en el momento de la atrocidad de la lucha mortal encuentra su propio cenit. En este homenaje a la belleza de la guerra, la Ilíada nos obliga a recordar algo molesto pero inexorablemente verdadero: durante milenios la guerra ha sido, para los hombres, la circunstancia en la que la intensidad —la belleza— de la vida se desencadenaba en toda su potencia y verdad. Era casi la única posibilidad para cambiar el propio destino, para encontrar la verdad de uno mismo, para elevarse a una alta concienciación ética. Frente a las anémicas emociones de la vida y a la mediocre estatura moral de la cotidianeidad, la guerra ponía en marcha el mundo y empujaba a los individuos más allá de los límites acostumbrados, hasta un lugar del alma que debía de parecerles a ellos, por fin, el punto de llegada de toda búsqueda y todo deseo. No estoy hablando de tiempos lejanos y bárbaros: no hace muchos años, intelectuales refinados como Wittgenstein y Gadda buscaron con obstinación la primera línea, el frente, en una guerra inhumana, con la convicción de que sólo allí se encontrarían a sí mismos. Está claro que no eran individuos débiles, o carentes de medios y cultura. Y, no obstante, como testifican sus diarios, vivían todavía en la convicción de que aquella experiencia límite —la praxis atroz de la lucha mortal— podría ofrecerles lo que la vida cotidiana no era capaz de ofrecerles. En esta convicción suya se reverbera el perfil de una civilización, nunca muerta, en la que la guerra permanecía como un eje candente de la experiencia humana, como motor de toda clase de acontecer. Todavía hoy, en un tiempo en el que para la mayoría de los humanos la hipótesis de entrar en combate es poco más que una hipótesis absurda, se continúa alimentando, con guerras libradas por poderes, mediante cuerpos de soldados profesionales, el viejo brasero del espíritu guerrero, revelando una sustancial incapacidad para hallar un sentido a la vida que pueda prescindir de ese momento de la verdad. El indisimulado orgullo masculino del que, tanto en Occidente como en el mundo islámico, se han visto acompañadas las últimas exhibiciones bélicas, permite reconocer un instinto que el shock producido por las guerras del siglo XX no ha apaciguado, evidentemente. La Ilíada relataba este sistema de pensamiento y esta manera de sentir, conjuntándolos en un signo sintético y perfecto: la belleza. La belleza de la guerra —de cada uno de sus signos particulares— nos enuncia su centralidad en la experiencia humana: transmite la idea de que no hay ninguna otra cosa, en la experiencia humana, para existir verdaderamente.

Lo que tal vez sugiere la Ilíada es que ningún pacifismo, hoy en día, debe olvidar o negar esa belleza: como si nunca hubiera existido. Decir y enseñar que la guerra es un infierno y nada más es una mentira nociva. Por muy atroz que pueda sonar, es necesario acordarse de que la guerra es un infierno, pero bello. Desde siempre los hombres se lanzan a ella como falenas atraídas por la luz mortal del fuego. No hay miedo u horror que hayan conseguido mantenerlos alejados de las llamas: porque en ellas siempre han encontrado la única redención posible ante la penumbra de la vida. Por ello, la tarea de un pacifismo verdadero tendría que ser hoy no tanto demonizar hasta el exceso la guerra, sino comprender que sólo cuando seamos capaces de otra belleza podremos prescindir de la que la guerra, desde siempre, nos ofrece. Construir otra belleza es tal vez el único camino hacia una auténtica paz. Demostrar que somos capaces de iluminar la penumbra de la existencia sin recurrir al fuego de la guerra. Dar un sentido, fuerte, a las cosas, sin tener que llevarlas hasta la luz, cegadora, de la muerte. Poder cambiar el destino de uno mismo sin tener que apoderarse del de otro; lograr que circulen el dinero y la riqueza sin tener que recurrir a la violencia; encontrar una dimensión ética, incluso muy elevada, sin tener que ir a buscarla en los confines de la muerte; encontrarse a uno mismo en la intensidad de lugares y momentos que no sean una trinchera; conocer la emoción, incluso la más vertiginosa, sin tener que recurrir al doping de la guerra o a la metadona de las pequeñas violencias cotidianas. En fin, otra belleza, si es que comprendéis lo que quiero decir.

Hoy la paz es poco más que una conveniencia política: no es, en modo alguno, un sistema de pensamiento y una manera de sentir verdaderamente difundidos. Se considera la guerra un mal que hay que evitar, es cierto, pero se está muy lejos de considerarla un mal absoluto: a la primera ocasión, revestida de hermosos ideales, entrar en guerra se convierte rápidamente en una opción factible. A veces, incluso suele elegirse con cierto orgullo. Siguen estrellándose las falenas con la luz del fuego. Una real, profética y valiente ambición por la paz yo la veo únicamente en el trabajo paciente y escondido de millones de artesanos que cada día trabajan para suscitar otra belleza, y la claridad de luces, límpidas, que no matan. Es una empresa utópica, que presupone una vertiginosa confianza en el hombre. Pero me pregunto si alguna vez nos hemos adentrado tanto, como hoy en día, por un sendero parecido. Y por eso creo que nadie, a estas alturas, logrará ya detener ese camino, o invertir el sentido. Lograremos, antes o después, sacar a Aquiles de aquella mortífera guerra. Y no será ni el miedo ni el horror lo que lo lleve de regreso a casa. Será cierta belleza, una belleza distinta, más cegadora que la suya, e infinitamente más apacible.

Epílogo de la reescritura de la narración homérica de La Ilíada, por Alessandro Baricco.

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