“Neruda”, por GERARDO DENIZ

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Meses más, meses menos, fue hacia principios de 1949. Tenía yo 14 años. Una noche, mi padre me preguntó si quería acompañarlo. Cosa desacostumbrada. De seguro me explicó, en diez palabras a lo sumo, quién era Pablo Neruda. Por primera vez oía yo dicho nombre.
Fuimos a casa de don Wenceslao Roces, en la avenida Veracruz. Si bien la visita no debió pasar de un cuarto de hora y no me provocó ni frío ni calor, conservo un par de recuerdos divertidos. Había por lo menos media docena de personas, que me causaron un curioso efecto de ansia y desconcierto, como si poco antes el perro les hubiese dicho un refrán. Tengo la impresión de que nadie se estaba quieto ni hablaba fuerte. Es claro, en cualquier caso, que no me hallaba en condiciones de apreciar el aura exhalada por la grandeza.

Sobre una especie de diván psicoanalítico pegado a la pared yacía un ajolote hipertrofiado, aunque sin simpatía ni branquias aparentes. Ignoro cómo iba vestido. Tenía en la mano un vaso de agua de Tehuacán. Bebía un poco y gargarizaba. Emanaban de él una inercia y un aburrimiento infinitos, en con- traste con la inquietud de alrededor —todos sin sentarse y haciéndose crujir nerviosamente los huesos de los dedos.
Se trataba de que mi padre leyera las pruebas de un libro considerable. Con poco riesgo de tomar el divino nombre en vano, podría yo asegurar que era el Canto general.

—Hí, heñó Almela. Un libro de heihienta páhina —decía Neruda con una voz cansina, saturada de vegetaciones nasofaríngeas. Tomaba otro sorbo y eructaba el gas.
Quiero imaginar siquiera que mi desventurado padre se aburriría un poco menos leyendo las pruebas de imprenta de Neruda que con las de aquellos tratados de medicina y química que le eran impuestos como dieta habitual. Por mi parte, si bien acostumbraba hojear con interés las pruebas que mi padre padecería por las noches y en el fin de semana, cuando empezaron a llegar las longanizas de versos nerudianos las rechacé con repulsión. No por proceder de aquel urodelo conocido, sino meramente —quede claro— por ser poesía.

Quién iba a suponer que años más tarde me habría de embarcar en una dilatada campaña de lectura poética, un tanto estrambótica pero en modo alguno fallida —pues quien retorna trayendo en las alforjas a Chumacero, Gorostiza, López Velarde, Góngora, Eliot, Mallarmé, Dante, y hasta a Rilke descifrado con maña, a más de dos docenas de lesser lights, nunca podría pretender que vuelve de una incursión improductiva. Lo único malo es que jamás tuve ganas de emprender otra.
Pues bien, en aquellas refriegas nuestro gargarizante tuvo oportunidades. Pesqué por ahí sus 20 poemas y me parecieron inexistentes. No había otros Nerudas en venta. Por fin, el martes 26 de noviembre de 1957 descubrí en la Librería de Cristal, sucursal Niza, dos librillos argentinos, económicos, con el dichoso Canto general.
Los compré y corrí a Chapultepec, al grato jardín sin pretensiones que hubo donde hoy está el Museo de Arte Moderno. Por aquellas semanas yo estudiaba genética (aunque suene feo declararlo) en libros de tufo idealista sacados de la biblioteca Franklin. Las avecicas cantaban seguramente loando a Lysenko, pero yo ni me fijaba.

Instalado a gusto, no recuerdo si soporté dos páginas o sólo una. Tampoco tiré el libro, puesto que aquí lo conservo, fechado, lo cual me permite situar con tanta exactitud algo que para mí fue literalmente nulo.
Imposible precisar, en cambio —y tampoco hace falta—, ni siquiera el año exacto, a mediados de la sexta década, cuando apareció un número nerudólatra del inolvidable México en la Cultura —aquel suplemento dominical, legendario hoy en día, donde no faltaban trozos aceptables pero era sobre todo, para mí al menos, un recordatorio semanal de la necesidad de prolongada pasteurización de las bellas letras antes de poderlas degustar.
Volviendo a Neruda: en el periódico que ahora recuerdo aparecían poemas suyos —los cuales, por supuesto, me abstuve de leer— y, desde la primera plana, dos o más fotografías desternillantes del Poeta sin rasurar, vestido de harapos, descalzo y ¡con un grillete al tobillo, lo juro! Era escalofriante y daba idea cumplida de los perjuicios del imperialismo. ¡Cómo no solidarizarse ante un mártir tan convincente, cómo no enviarle a chirona el palomino de la paz con una botella de agua de gusto a pie dormido! —agua que por entonces aún exhibía en la etiqueta su perfecto análisis realizado por el Instituto de Geología de la UNAM, recalcando el contenido en litio sabroso y un saludable cosquilleo de radiactividad.
Algunas décadas más tarde, a ruego mío, la dirección de la revista Milenio me dio a conocer por fin al Neruda esencial. Desde entonces me consta: aquel amb(l)istoma gargarizante escribió tres poemas buenos en su vida. Puede que hasta cuatro. En el lugar del poeta Borges, algo como para morirse de envidia. Por fortuna andamos lejos.

 

(Tomado de De marras, prosa reunida de Gerardo Deniz, FCE, México, 2016, páginas 414-416.)

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