Fragmento de “El arco iris de gravedad”, por THOMAS PYNCHON

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En “la Visitación Blanca”, las paredes sólo hablan de hielo que cubre los ladrillos y la terracota de oscuros tonos sanguíneos, como si la casa pudiera resguardarse, al margen de la temperatura, en el interior de la piel de un museo plástico, igual que un documento arquitectónico o un aparato anticuado cuyo uso se hubiese olvidado. Hielo de variado espesor, ondulante, borroso, una leyenda para ser descifrada por los señores del invierno, por los glaciaristas de la región, y discutida en sus periódicos. Colina arriba, en dirección al mar, la nieve se amontona como luz en los salientes a barlovento de la antigua abadía. Cuyo tejado fue suprimido por el maniaco capricho de Enrique VIII, que dejó en pie las firmes paredes con los huecos de ventanas despojados de santos para mitigar el viento salino que jamás deja de soplar, mientras las estaciones reemplazan el herboso suelo por grandes lengüetadas de vaca, y que pasa del verde al amarillo y luego a la blancura de la nieve. Desde el edificio paladiano asentado allí abajo en su resentida y oscura cavidad, sólo hay una vista: la abadía y las amplias, escarpadas y jaspeadas laderas mesetarias. La visión del mar está negada, aunque algunos días, según la marea, uno puede olerlo, puedes oler a tus viles antepasados. En 1925, Reg Le Froyd, un residente de “La Visitación Blanca”, se escapó, corrió hasta la parte alta de la población y se detuvo, balanceándose en el borde del acantilado, los cabellos y las ropas del hospital ondeando al viento, mientras las ondulantes millas de costa del sur, la pálida creta, los malecones y paseos marítimos se desvanecían a izquierda y derecha en la salada bruma. Detrás de él, el guardián Stuggles, a la cabeza de una multitud de curiosos.
– ¡No salte! – gritó el guardián.
– Nunca pensé hacerlo, – Le Froyd continúa mirando el mar.
– Entonces, ¿qué hace usted aquí?
– Quería ver el mar –explica Le Froyd-. Nunca lo había visto. El mar y yo, ¿sabe?, estamos unidos por lazos de sangre.
– Ah, sí… -El astuto de Stuggles se va acercando con cautela-. ¡Qué bien! Visitando a sus parientes, ¿eh?
– Oiga al Señor de los Mares –grita Le Froyd, maravillado.
– ¡Válgame Dios! ¿Y cómo se llama?
(Ambos tienen la cara húmeda y gritan para hacerse oír pese al rumor del viento.
– No lo sé –grita Le Froyd-. ¿Qué nombre le iría mejor?
– Bert –sugiere el guardián, intentando recordar si la mano derecha debe sujetar el brazo izquierdo por encima del codo o si la mano izquierda debe agarrar…
(Le Froyd se vuelve y, por primera vez, ve al hombre y a la multitud. Sus ojos se vuelven redondos y suaves).
-Bert me parece bien –dice, y da unos pasos hacia atrás hasta caer al vacío.

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