“La justicia persiguiendo el crimen”, por ROLAND TOPOR

yisus violento arroja pez decapitador

El Ojo miraba a Caín.

Lo veía mal. El Ojo comenzaba a hacerse viejo y su visión disminuía. Lagrimeaba. Las lágrimas deformaban grotescamente la silueta borrosa de Caín. Presa de pánico, el asesino huyó. El Ojo, fiel a la misión encomendada, le perseguía sin descanso. Para escapar, el desgraciado se refugió en la muerte. Pero el Ojo estaba en la tumba y miraba a Caín, al que distinguía cada vez más difícilmente. El Ojo parpadeó varias veces. Después, como esto resultara inútil, se acercó. Más cerca. Lo más cerca posible.

—¡Oh, no! —gimió el Ojo.

No era a Caín a quien estaba mirando. Era a Abel.

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