“La balada del viernes”, por JEREMY HALVARD PRYNNE

fosforos

Esta mañana el niño cruel se entusiasma
con la perspectiva de cuidadosos recuerdos. Cómo se dirige
afectuosamente hacia la sombra, cómo le gustaría
arriesgar su brazo izquierdo. Es sabio
también inspeccionar el jardín de verano, los
pájaros están tan ocurrentes gracias al musgo verde.

El niño cruel se entrega a lo antiguo y
presiente los terceros canales escondidos. Líquidos
fluyen como una cresta en la cocina, ahora
tuerce su pie en el borde de la acera. Su mente
está en perfecto orden, Arco de Tito,
el libro ensamblado con cinta pegajosa.

Por qué está renuente a regresar. Quién
suspirará profundo frente al reformatorio,
huésped del ensamblado de dormitorios, construido
con retazos de Field Southernwood. Una intensa
calma inunda su pecho, su humor aún
está lejos de una recompensa o la perseverancia promedio.

La polilla de mercurio comienza su canción —una
cancioncita sentimental desprovista de malicia. El niño
cruel escucha la canción y sigue el ritmo golpeteando
su delgado antebrazo. Los ojos le queman, pero
no por la envidia: no hay una oportunidad tan generalizada
como para impedirle avanzar calladamente hacia el núcleo.

Las nubes se despliegan y el niño cruel es
recogido para protegerlo. El clima lo malcría,
excesiva luz de sol. El precio del zinc
se mantiene constante. A orillas del
río Orwell miramos en torno con rostros despojados de
asombro, no tenemos nada que no sea nuestro.

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