“Justine” (fragmento), por LAWRENCE DURRELL

calavera tronchas y mariposa tenebrosa

Me pregunto si fue en esa época cuando Mnemjian me susurró al oído, haciéndome sobresaltar:
-Cohen se está muriendo, ¿sabe?
El viejo peletero había desaparecido en los últimos meses. Melissa había oído decir que estaba en el hospital, enfermo de uremia. Pero la órbita que alguna vez habíamos descrito en torno a ella había cambiado; una nueva sacudida del calidoscopio, y Cohen se había borrado como desaparece  un pedacito de vidrio coloreado. Y ahora, ¿iba a morirse? Me quedé callado, mientras exploraba los recuerdos de aquellos primeros tiempos, los encuentros en las esquinas y los bares. En el silencio que siguió, Mnemjian me marcó la raya del pelo con ayuda de la navaja, y empezó a echarme bayrum en la cabeza. Suspirando levemente, dijo:
-Ha estado clamando por su Melissa. Noche y día, todo el tiempo.
-Se lo diré -repuse, y el hombrecito-archivo asintió con una musgosa mirada de complicidad.
-¡Qué enfermedad tan horrible! -dijo en voz muy baja-. Huele espantosamente. Tienen que rasparle la lengua con una espátula… ¡Puf!
Y se puso a vaporizar hacia lo alto, como si quisiera desinfectar la evocación, como si el mal olor hubiera invadido el salón.
Melissa estaba tendida en el sofá; se había puesto un peinador y miraba hacia la pared. Creí que dormía, pero al sentirme llegar se volvió hacia mí y se enderezó. Le transmití las noticias de Mnemjian.
-Ya lo sé -repuso-. Recibí un aviso del hospital, pero ¿qué puedo hacer? No puedo ir a verlo. No significa nada para mí, nunca ha significado nada.
Se levantó, anduvo de un lado a otro por la pieza, y agregó con rabia, al borde de las lágrimas:
-Tiene mujer e hijos. ¿Qué están haciendo?
Me senté y evoqué una vez más el recuerdo de aquella foca domesticada que miraba tristemente un vaso de vino. Melissa debió de interpretar mi silencio como una crítica, porque se acercó y tomándome por los hombros me sacudió suavemente hasta arrancarme a mis pensamientos.
-Pero, ¿y si se está muriendo? -dije.
La pregunta se dirigía tanto a mí como a ella.
Melissa estalló en sollozos y cayendo de rodillas puso su cabeza sobre mis rodillas.
-¡Oh, es tan repugnante! ¡No me obligues a ir a verlo!
-Por supuesto que no.
-Pero si crees que debo ir, iré.
No le respondí. En cierto modo Cohen ya estaba muerto y enterrado. Había perdido su lugar en nuestra historia, y parecía inútil conmoverse por él. La emoción nada tiene que ver con ese hombre cuyo viejo cuerpo se iba disolviendo en una sala enjalbegada de hospital. Para nosotros había pasado a ser un mero personaje histórico; y sin embargo estaba ahí, luchando obstinadamente por afirmar su identidad, procurando reingresar en nuestras vidas por otro punto de la circunferencia. ¿Qué podía darle ya Melissa? ¿Y qué podía negarle?
-¿Quieres que vaya yo? -le pregunté.
Acababa de ocurrírseme, fuera de toda razón, que la muerte de Cohen me permitiría estudiar mi propio amor y su muerte. Que alguien in extremis y que llama en su auxilio a una antigua amante, sólo pudiera obtener por respuesta una exclamación de repugnancia, me llenaba de terror. Era demasiado tarde para que el viejo despertara la compasión, o siquiera el interés de mi amante, sumergida ya en nuevos infortunios contra cuyo telón de fondo los más antiguos se habían ido borrando. Quizá, un poco más adelante, ¿qué pasaría si ella me reclamara, o yo a ella? ¿Nos alejaríamos el uno del otro con una exclamación de vacío y repugnancia? Comprendí en ese momento la verdad del amor: un absoluto que lo toma o lo pierde todo. Los sentimientos restantes, compasión, ternura, sólo existen en la periferia y pertenecen a las estructuras de la sociedad y la costumbre. Pero ella, la austera e implacable Afrodita, es pagana. No se apodera de nuestra mente o nuestros instintos, sino de nuestros huesos con su tuétano. Me aterró pensar que el viejo, en ese momento cíe su vida, había sido incapaz de suscitar un instante de ternura a través del recuerdo de todo lo que había podido decir o hacer; ternura de la más dulce y bondadosa de las mujeres.
Ser olvidado así era morir como un perro.
-Iré a verlo de tu parte -dije, aunque me estremecía de asco ante la perspectiva.
Pero Melissa se había quedado dormida con su morena cabeza sobre mis rodillas. Cada vez que algo la perturbaba, buscaba refugio en el mundo sin culpas del sueño, resbalando hacia él con la suavidad y la facilidad de un ciervo o un niño. Deslicé mis manos por debajo del desteñido quimono, acaricié suavemente su pecho, sus delgadas caderas. Se movió apenas, semidormida, murmurando palabras inaudibles, mientras yo la alzaba y la llevaba delicadamente hasta el diván. Me quedé largo rato mirándola dormir.
Había anochecido, y la ciudad derivaba como un banco de algas hacia los cafés iluminados o los barrios de lo alto. Entré en el bar de Pastrudi y pedí un whisky doble, que bebí lenta y meditativamente. Después me fui al hospital en taxi.
Seguí a la enfermera de turno por los largos y anodinos pasillos verdes, cuyas paredes pintadas al aceite exudaban humedad. Las lamparillas blancas y fosforescentes que puntuaban nuestro camino se regodeaban en la penumbra como gordas luciérnagas.
Lo habían instalado en la salita de una sola cama con cortinas que, según supe luego por Mnemjian, se reservaba para los casos desesperados. En el primer momento no me vio, porque observaba con un aire de cansada exasperación a la enfermera que le arreglaba las almohadas. Me asombró el pleno dominio de sí mismo, la pensativa reserva de ese rostro; había enflaquecido al punto de volverse casi irreconocible. La carne se había hundido, dejando al descubierto los pómulos, exponiendo la larga nariz ligeramente aguileña hasta la raíz, las profundas fosas nasales. Todo ello daba a su boca y a su mandíbula la liviandad, la vivacidad que debía de haber tenido en su juventud. La fiebre le había trazado grandes ojeras, y una barba negra le sombreaba el cuello y la garganta, pero la parte descubierta del rostro era tan firme como la de un hombre de treinta años. La imagen que durante tanto tiempo había vivido en mi recuerdo -un puerco espín sudoroso, una foca domesticada- se disolvió en un instante y fue reemplazada por este rostro nuevo, este hombre nuevo que parecía… uno de los animales del Apocalipsis. Me quedé más de un minuto observando estupefacto a ese personaje desconocido que aceptaba los cuidados de las enfermeras con un aire de fatiga y sopor soberanos. La enfermera de turno me dijo al oído:
-Me alegro de que haya venido. Nadie quiere venir a verlo.
A veces delira, pero después se despierta y pregunta por la gente. ¿Usted es de la familia?
-Un socio -repuse.
-Le hará bien ver una cara conocida.
Me pregunté si me reconocería. De haber cambiado la mitad de lo que él había cambiado, le resultaría un perfecto desconocido. Ahora se había echado hacia atrás, respirando dificultosamente, y un silbido escapaba de su larga nariz de zorro que se destacaba contra el resto de la cara como el altivo mascaron de proa de un navío abandonado. Nuestros susurros lo habían perturbado, porque volvió hacia mí unos ojos vagos y sin embargo cristalinos y pensativos, que parecían los de un gran pájaro de presa. No me reconoció hasta que me acerqué a un costado de la cama. Entonces, de pronto sus ojos se llenaron de luz, de una extraña mezcla de humildad, orgullo herido y miedo inocente. Volvió el rostro hacia la pared. Solté entonces mi mensaje en una sola frase. Dije que Melisa estaba ausente y que le había telegrafiado para que volviese lo antes posible; entre tanto quería saber si podía ayudarlo en alguna forma. Sus hombros se estremecieron, y me pareció que un quejido involuntario iba a brotar de sus labios; en cambio soltó una carcajada burlona, ronca y discordante, en la que su inteligencia no participaba. Como si riera de una broma tan gastada, tan muerta y podrida que sólo podía arrancar ese horroroso rictus dibujado en las mejillas resecas.
-Sé que está aquí -dijo; y una de sus manos se arrastró por el cobertor como una rata asustada, en busca de la mía
-Gracias por su amabilidad.
Sus palabras parecieron calmarlo bruscamente, aunque seguía sin volver el rostro hacia mí.
-Quisiera -dijo despacio, como si se centrara para dar a sus palabras un significado preciso-, quisiera cancelar honorablemente mi deuda con ella. La traté mal, muy mal. No se daba cuenta, por supuesto; es demasiado simple, pero tan buena, es una compañera tan buena.
Parecía raro oír la expresión “bonne copine” en labios de un alejandrino, pronunciada con ese acento cantarín y arrastrado propio de las gentes educadas de la ciudad. Con esfuerzo, luchando contra una terrible resistencia interior, agregó:
-La engañé acerca de su abrigo. En realidad era de piel de foca. Las polillas lo habían estropeado. Le hice cambiar el forro. ¿Por qué procedí así? Cuando estaba enferma, no le daba dinero para que fuese a ver al médico. Bicocas, pero que pesan mucho.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, y su garganta se contrajo como si la enormidad de sus pensamientos lo sofocara.
Tragó con dificultad y dijo:
-No estaba en mi carácter hacer esas cosas. Pregúntele a cualquier comerciante que me conozca. A cualquiera.
A partir de ese momento empezó la confusión; llevándome suavemente de la mano, me arrastró a la densa selva de sus ilusiones, caminando con paso tan seguro y reconociéndolas con una calma tan grande que me sentí a punto de compartirlas a su lado. Árboles desconocidos se cernían sobre él, rozándole la cara, mientras los guijarros saltaban bajo los neumáticos de una ambulancia negra llena de objetos metálicos y de otros cuerpos oscuros que hablaban una lengua del limbo, soltando gañidos repulsivos mezclados con admoniciones en árabe. El sufrimiento había empezado también a afectar su razón y a dejar en libertad sus fantasías. Los bordes del lecho, duros y blancos, se convertían en nichos de ladrillos coloreados, y la blanca hoja de temperatura era el rostro pálido de un botero.
Melissa y él derivaban, abrazados, por las aguas sanguinolentas y poco profundas del Mareotis, hacia las miserables chozas de barro situadas en el antiguo emplazamiento de Rhakotis. Repetía con tanta perfección sus diálogos, que si lo que decía mi amante era inaudible para mí, podía sin embargo oír su voz fresca, deducir sus preguntas de las respuestas que él le daba. Melissa estaba tratando desesperadamente de que Cohen se casara con ella, y él contemporizaba, deseoso de conservar la belleza de su persona y de no perder al mismo tiempo su propia independencia. Lo que más me interesaba era la extraordinaria fidelidad con que reproducía la larga conversación, que sin duda se había grabado en su memoria como una de las grandes experiencias de su vida. Entonces no sabía cuánto la amaba; a mí me había tocado darle esa lección. Y en cambio, ¿cómo podía ser que Melissa no me hubiera hablado jamás de matrimonio, no hubiera traicionado jamás las honduras de su debilidad y su cansancio, como lo había hecho con él? Me sentí profundamente herido. La idea de que ella le hubiera mostrado un aspecto de su persona que a mí me ocultaba, era una tortura para mi vanidad.
Pero ahora la escena volvía a cambiar, y el enfermo entraba en una zona más lúcida. Era como si en la inmensa selva de la locura llegáramos a un calvero de sensatez, donde todas sus ilusiones poéticas se desvanecían. Habló de Melissa con afecto pero fríamente, como un marido o un rey. Ahora que su cuerpo se disolvía, era como si los fundamentos de su vida interior, tanto tiempo bloqueados por las falsedades de una existencia mal vivida, hicieran reventar los diques e inundaran el primer plano de su conciencia. No se trataba sólo de Melissa, porque también hablaba de su mujer, y a veces confundía los nombres. Había también un tercer nombre, Rebeca, que pronunciaba con una reserva más honda, una pena más apasionada que cuando nombraba a las otras dos. Me imaginé que se refería a su hijita, porque en esas atroces transacciones del corazón los niños se encargan siempre de descargar el coup de grace.
Sentado junto a él, sintiendo latir nuestros pulsos al unísono y oyéndolo hablar de mi amante con una calma extraordinaria, no pude dejar de ver todo lo que Melissa hubiera podido llegar a querer en ese hombre. ¿Por qué extraño azar había estado ciega a lo más auténtico de él? Lejos de ser un objeto de irrisión (como siempre lo había supuesto), me daba ahora la impresión de un peligroso rival cuyas posibilidades se me habían escapado, y pensé algo tan innoble que me avergüenza escribirlo. Me alegré de que Melissa no hubiera venido, porque de haberlo visto como yo lo estaba viendo en ese momento, hubiera podido descubrirlo de pronto. Por una de esas paradojas en que se complace el amor, me sentí mucho más celoso de él a la hora de su muerte que durante su vida. Horribles pensamientos para alguien que había estudiado el amor con tanta atención y larga paciencia; pero una vez más reconocí en ellos el rostro austero, indiferente y primitivo de Afrodita.
En cierto sentido percibía en la resonancia misma de su voz cuando pronunciaba el nombre de Melissa, que la madurez de Cohen me faltaba. Había superado su amor por ella sin dañarlo ni herirlo, permitiéndole madurar, como debería ocurrir con todo amor, hasta convertirse en una amistad voraz y despersonalizada. Lejos de temer la muerte y llamar a Melissa para que lo confortara, sólo quería ofrecerle, extrayéndolo del tesoro inagotable de la muerte, un postrer regalo.
El magnífico abrigo de martas estaba sobre una silla al pie de la cama, envuelto en papel de seda. Me bastó mirarlo para comprender que no era la clase de obsequio que convenía a Melissa, pues sembraría la confusión y la vergüenza en su pobre y vulgar guardarropas.
-Me he pasado la vida preocupado por cuestiones de dinero -dijo Cohen alegremente-. Pero cuando uno va a morir descubre de golpe que tiene fondos.
Por primera vez en su existencia se sentía contento y liviano. Sólo la enfermedad estaba allí como un monitor paciente y cruel.
De vez en cuando caía en un breve sopor agitado, y la oscuridad zumbaba en mis oídos agotados como un enjambre. Se hacía tarde, y sin embargo no me decidía a dejarlo solo. Una enfermera me trajo una taza de café, y hablamos en voz baja. Me hacía bien oírla hablar, pues para ella la enfermedad era simplemente una rutina que había llegado a dominar, y la contemplaba con la mirada de un profesional. Con su voz indiferente me dijo:
-Abandonó a su mujer y a su hija por une femme quelconque. Y ahora ni su mujer ni su amante quieren verlo. iEn fin!
Se encogió de hombros. Esas enredadas fidelidades no despertaban su compasión, pues las consideraba una debilidad despreciable.
-¿Por qué no viene su hija? ¿No ha preguntado por ella?
Se limpió un diente con la uña del meñique, y respondió:
-Sí. Pero no quiere que se asuste al verlo tan enfermo. Usted comprende, no es agradable para una niña.
Tomando un pulverizador, echó al descuido un poco de desinfectante en el aire de la sala; volví a pensar en Mnemjian.
-Ya es tarde -me dijo-. ¿Se va a quedar toda la noche?
Me disponía a levantarme, pero el enfermo despertó en ese momento y volvió a tomar mi mano.
-No se vaya -dijo con una voz quebrada pero lúcida, como si hubiera escuchado las últimas frases de nuestra conversación-. Quédese un poco más. He estado pensando en otra cosa que quiero decirle.
Volviéndose hacia la enfermera, le ordenó en voz baja pero muy clara:
-Váyase.
La enfermera alisó las cobijas y volvió a dejarnos solos. Cohen suspiró profundamente; de no haber estado mirando su rostro, hubiera podido pensar que era un suspiro de plenitud, de felicidad.
-En el armario está mi ropa -dijo.
Había dos trajes negros y, siguiendo sus instrucciones, retiré el chaleco de uno de ellos y exploré sus bolsillos hasta encontrar dos anillos.
-Había decidido proponerle a Melissa que se casara conmigo ahora, si lo quería. Por eso la mandé llamar. Después de todo, ya no sirvo para nada. Mi nombre…
Sonrió vagamente, mirando el cielo raso.
-Y los anillos…
Los alzó delicadamente, con veneración, sosteniéndolos entre los dedos como si fueran hostias.
-Son los anillos que ella había elegido hace mucho. Le pertenecen, y quizá…
Me miró largamente, con ojos inquisitivos y apenados.
-No -dijo-, usted no se casará con ella. ¿Por qué habría de hacerlo? En fin, no tiene importancia. Llévele los anillos y el abrigo.
Guardé los anillos en el bolsillo interior de mi chaqueta, sin decir palabra. Volvió a suspirar y después, para mi sorpresa, se puso a tararear con una voz de gnomo casi imperceptible una canción popular que en otros tiempos había hecho furor en Alejandría, y a cuyo compás Melissa bailaba todavía en el cabaret.
-¡Escuche la música! -me dijo, y yo pensé de pronto en Antonio moribundo tal como lo evoca Cavafis en un poema que Cohen no había leído ni leería jamás.
Desde el puerto llegó el mugido de las sirenas, como planetas dando a luz. Y una vez más oí la voz de gnomo cantando suavemente el estribillo que hablaba de chagrin y de bonheur, y no cantaba para Melissa sino para Rebeca. Qué diferencia con el magnífico coro desgarrador que había oído Antonio, la penetrante riqueza de las voces y los instrumentos de cuerda creciendo en la oscuridad de la calle… postrer legado de Alejandría a sus elegidos. Pensé que cada uno se marcha a los acordes de su propia música, y recordé con dolor y vergüenza los torpes movimientos de Melissa cuando bailaba.
Cohen estaba ahora al borde del sueño, y me dije que era tiempo de dejarlo. Tomé el abrigo, lo guardé en el cajón superior del armario, y salí de puntillas después de llamar a la enfermera.
-Es muy tarde -me dijo.
-Volveré por la mañana -repuse. Tenía intención de hacerlo.
Mientras regresaba despacio a casa por la oscura avenida arbolada, saboreando el aire salobre del puerto, me acordé de las palabras que había pronunciado Justine en la cama: “Nos servimos de los demás como si fueran hachas para talar a quienes realmente amamos.”
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s