“Creolina”, por JUAN MALEBRÁN

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a D. Ramírez y a C. Yáñez

My love is vengeance” Pete Townshed

I

Éramos capaces de recordar alfabéticamente las canciones desde el Álbum blanco hasta el Magical Mystery. De alardear con los escenarios en los que Fecal Matter teloneó a los Melvins. O de cruzar el Cerro Dragón imitando el Burden in my hand. Y, aun así, no tener idea sobre nosotros mismos. No importarnos. Pasarnos por alto. Preferir el eriazo a la confesión. La cajetilla de Life al melodrama. La caja de vino y el puñado de yerba a la empatía y al sano juicio. Vivíamos con el sebo brillando en los pantalones y eso era suficiente. En las cunetas o contra las paredes del dormitorio, pequeños cubículos llenos de aureolas, de manchones y de recortes Kerrang, bencina blanca y Mad Season. Corrosion y Stooges. Rocas calientes en pleno desierto. Antenas. Alambres. Humo. Meter y sacar las yemas del fuego.

Ninguno antes -ni después-sintió tan profunda la dulzura de su fracaso como en el aroma de las papelinas, del raspaje y de las sales acelerando la limpieza intestinal. Ninguno tendría más tarde tantas certezas como las que vio brillar en el barniz radiante del tolueno, en la espesura del jarabe y en las noches en las que el futuro se aparecía bajo el picor de la tiña como una garrapata boca arriba pataleando al calor de la sangre.

Jamás, nuevamente, la ligereza para hacer piruetas sobre el canto de los muros ni para arrastrarse bajo el hueco de las panderetas ni para esquivar con tanta gracia el filo de las púas en los cercos. Nada ni de cerca parecido a bajar los cigarrillos silbando el Teenage riot o a tumbarse sobre el óxido de las calaminas, impedido de fantasear con lo que fuese. Porque la fantasía nunca fue lo nuestro ni cosa alguna que no estuviera a medio metro de nuestras narices.

Animales afiebrados en plena pampa, eso fuimos. Capaces de enfrentarnos al mundo con la desvergüenza propia de las vidas menores, lineales, sin sorpresas ni artificios. Y de atravesar el verano buscando un pedazo de sombra con la mierda pegada a los bototos. Entregados a la lidocaína, al “etilo” y al Display of Power, sin importarnos marcar siempre el mismo el paso.

Estar siempre fuera de foco, en una suerte de plenitud que se alcanza vagando sin miramientos o cuidado alguno. Una tropa capaz de pasar imperceptible entre las balizas. Breves, fugaces. Eso fuimos. Una pandilla empepada mosheando su rabia al ritmo del Bleach.

II

Incluso antes de Julio Pérez, Hospicio ya era un desastre: los 29 cuerpos que en Cardoen volaron en pedazos sobre la pampa. La Dubost, la toma, los milicos, el desalojo y las cientos de familias compartiendo pies y cabezas en el mismo catre.

Mucho antes de los pacos y sus partuzas en La Ponderosa o de Céspedes y su bolsa matutera con las piernas de Leidy Torrealba descongelándose en la micro; cuando salir a la calle era caminar por la camanchaca, la parafina y los gatos colgando desde los postes.

Podías haber nacido a miles de kilómetros junto a un río en el medio del campo, vacacionado en las acequias o en las piscinas municipales o, simplemente, haber crecido untando el pan en el aceite con el resto de la familia. Y al llegar aquí, todo aquello perdía sentido. Se reducía a cero. A una serie de recuerdos que -tarde o temprano-desembocarían como todos los pasajes de todas las poblaciones: directo en el baldío.

Ambulantes, auxiliares, campesinos, jornaleros, proxenetas, costureras, pescadores, lanzas y cesantes, hirviendo todos en un mismo caldo a fuego lento en una misma olla. Lejos del ensueño. En el centro de un paisaje dominado por el puntazo en la costilla, por el canuto y su pandero, por el distemper de los perros siempre en leva y por la cinta aislando el aluminio caliente de las pipas.

III

Por las tardes nos juntábamos a contar el dinero que cada uno había hecho durante el día. Trabajábamos por turnos y cuando alguno lograba instalarse en un buen empleo, robaba. Farmacias, panaderías, supermercados, etcétera. Recuerdo cuando nos hicimos de un Nissan. En medio de una tarde en la multicancha escapamos en dirección al autódromo escuchando a los Junkies. La violencia nos parecía un asunto de estilo. El abuso, la burla. Saber que nos vengábamos y que alguien sufría por nuestra culpa. Nos encantaba la culpa. Pasarla por alto. El error, la falta, el caso omiso. Saber que no nos importaba en absoluto ni el auto ni su dueño. Ni mucho menos que a la mitad del camino haríamos estallar los vidrios, después de girar con la última campana. Porque saldríamos ilesos y a carcajadas, tosiendo polvo, entre la sangre y los rodamientos, con el Legalize murder aún sonando.

Recuerdo las descargas eléctricas que nos metíamos por puro gusto; la tarde en la que salimos a caminar desnudos con el diluyente ardiendo en la quebrada y llegamos hasta el borde, y miramos Iquique y sentimos nostalgia, y envidiamos sus luces. O la noche en la que entramos en la casa de “la abuela”, pateando los cholguanes convencidos del rapto de uno de los nuestros, y todo fue escalando en ira: palos, balines, navajas, sillas y mesas por el suelo y nosotros librando sin rasguños. Porque siempre fue lo mismo. Salir ilesos. Alimentar el riesgo. Surfear a oscuras en la carretera sobre el techo de los vehículos o colgarse de los camiones y rodar por el asfalto. Porque eso era. Ir detrás de la fractura, del desarreglo. Y repetirnos. Marcar el paso. Una sola variante: huir siempre al desierto y encerrarnos en nuestro círculo hasta hacernos un solo punto girando sobre sí mismo -evaporándose bajo el planeo de los jotes-piedra al cuello hasta destemplarse. Volver a casa. Un mismo ruido taladrando insistente. Una sola imagen: la arena esparciéndose con el viento sobre la planicie.

IV

Incluso antes de la soga pendulando en lo alto de la viga. Antes de la compresión y de la tráquea. De la lengua como prieta, del chorreo del esfínter y del sollozo de la madre pidiéndonos detalles desde la patrulla, Hospicio ya era un desastre. Soda cáustica, diazepam o veneno para guarenes. Llegado el momento, cualquier variante resultaba lícita. Y a nosotros nos tocó la del colgajo una mañana.

Aún dormíamos cuando vino la noticia. Lo de siempre. Repasar una y otra vez los minutos finales. En la vereda, bajo la sombra de los cables: el gollete del que bebimos todos mientras cargábamos el último caño. Reírse del otro. Pasar la medianoche. Encaminarse rumbo a casa por el pasaje. Despedirse. Ningún presagio. Y, sin embargo, ahí estaba. Hinchándose en medio del zumbido de las moscas. Oliendo a cerveza, con los dedos amarillos y el pelo con el polvo caído desde la madera. Tumbado en la frazada que cargó tantas veces de sillón en sillón. Tieso, violáceo, con el nudo marcando el surco y el balanceo en el pescuezo. De espaldas, mirando el techo, con los ojos bien abiertos y extraviados como siempre.

V

Èramos capaces de rebobinar a pulso nuestras cintas y de frenarnos, precisos, en cada corte. De cabecear el Dirt hasta rendirnos bajo el latido narcòtico de Staley. O de amanecer con los labios reventados, entre las carcasas y los neumàticos en el Boro. Y aun así no importarnos. Pasarnos por alto. Conocer apenas nuestros nombres. Preferir rascarnos las canillas de puro nervio, antes que llorar la desventura en los funerales.

Un solo murmullo, eso fuimos. Un riff haciendo eco en las pupas propagàndose en el cajòn, en las cunetas o contra las paredes del dormitorio. Atravesar el invierno con el Dietil encapsulado en los bolsillos, intentando superar la fisura. La pèrdida y la desvergüenza propia de las vidas menores. Eso fuimos. Una jauría enseñando los dientes en la turbiedad de los pasajes, en las postas y en las patrullas. Una costra. Un tajo coagulándose en las muñecas. Un hematoma desencajado en las mandìbulas. La mediagua en la que aùn despertamos, de golpe, cada mañana, por el chorro de la creolina marcando los lìmites de la intemperie. Eso fuimos. Una pandilla empepada haciendo sombra sobre los claveles en el nicho.

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