“Teorema de la bolsa de compras”, por JUAN JOSÉ RODINÁS

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La vida es esa lotería donde todos pierden.

Un hipódromo en tu mente-
y le apuestas siempre al caballo incorrecto.

La vida llama por teléfono y le contestas en un país lejano.

No respiras sino en esta línea invisible que va de un eucalipto a otro.

Y no entiendo qué significa eso.

Los niños tragan sin hablar, ni sentir.

Hay una casa dentro de la casa.

Hay una casa dentro de la mente.

Un corazón dentro de la nevera está sangrando.

Y eso debería decirnos algo de los hombres que lloran
mientras hacen ejercicio.

Una figura transparente cuyos recuerdos son latas como sueños
que, ni siquiera como broma cósmica, estaban por cumplirse.

Esto deberías tatuártelo:
“un niño que se corta los dedos por fabricar cometas
aprende igual a volarlas sin los dedos”.

La mente cuida al que cuida la mente:
arrulla al loco que se encierra.

Soy un niño feliz solo mientras el hombre adulto que seré
me cubra los ojos con una venda roja.

¿Te recuerda esto a una película italiana?

Entonces quizás eres de mi época,
y veías cine italiano pasado por el ojo de Hollywood,
imaginando que las vendas tenían amaneceres dorados
(o gafas de realidad de virtual).

Entonces quizás eres de mi época.
O quizás no: ya me veo a la distancia.

Hay trenes.
Hay teléfonos donde se habla sobre trenes perdidos.

Una tijera sirve para cortarse el pelo pero también podría
servir para que la persona correcta
decapite una flor en el camino a casa.
Una flor amarilla, pero negra y quizás un juguete imposible.

La casa retrocede.
Yo soy una persona que solo puede comunicarse con los demás
alejándose de ellos.

Hay colmenas de luz en el camino que lleva del camino
al camino. Y no hay casa, pero hay colmenas de luz y un jardín
donde ves bolsas de basura y un magnolio que parece
el rostro de un niño que cae por la pendiente y sangra.

¿No será que estoy muerto y que esto es un monólogo
desde una urna cineraria sueño?

Quizás en algún lado me espera mi silencio,
se propaga,
se presenta en flores, girasol, amarillísimas.

He sido este cuerpo que, lejos de defenderse,
me ataca. Enfermedad de tantas personalidades
donde las células se comen todo proyecto y destino.
Y canta un tango sideral, mi sueño,
un tango infinitesimal en ángulos de luz chorreada
que lentamente caen en una botella transparente.

Pertenezco a varios universos,
pero claramente no a este.
Señorita realidad, le pido incluirme en su historia de límites
donde hay personas que me atacan a la hora precisa,
donde los árboles me atacan o me sobreprotegen
como a ese perro negro que cuenta las estrellas.

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