“La exterioridad de la palabra I (o la locura de NIETZSCHE)”, por LEOPOLDO MARÍA PANERO

Nietzsche

Parece una frase banal, un aforismo pobre, pero nadie sabe las trágicas consecuencias de algo como lo que Nietzsche dijo una vez al referirse a ”vivir lo que se piensa”. Por el contrario, el carácter más íntimo de las llamadas ideologías es su exterioridad respecto a la vida. La filosofía griega o el saber chino eran una manera de caminar, de comer, de hablar.. En suma, de vivir. Mas la filosofía posterior, hasta llegar a la revolución esencial de Nietzsche, es una filosofía no hablada, sino tan sólo escrita: se reduce a la condición de libro y no tiene circulación social. es por ello que Bataille afirmó ”no sabéis leer”.
La lectura, en efecto, no debe ser únicamente un acto contemplativo, sino, que ha de tener por objeto la realización o aplicación de lo leído. Ésta sería la única lectura que podría consolarnos, devolviéndonos a la vida y sacándonos del círculo vicioso de la escritura. Pero esta lectura, para la hipocresía burguesa y su lógica de la apariencia, parece un delirio. Ya lo dijo George Devereux en sus Ensayos de Etnopsiquiatría General: una cosa es creer y otra muy distinta experimentar lo creído como real. Así -afirma aquél-, si un musulmán sostiene la opinión de que un santo puede copular con una mujer dejándola virgen e intacta, todo va bien; pero si declara que lo ha hecho, se dirá que está loco.
En la llamada sociedad del espectáculo la vida se vive como imaginaria en el cine, en los teatros, en la novela o en la página de filosofía, y la realidad, la llamada vida, se siente como la cesación de un sentido o como una nulidad a través de la cual las palabras caen y resbalan sin jamás tocarla. La salida de los cines, la salida de los teatros: temed la muerte por frío.
Por el contrario, la actitud del maldito, lejos de cualquier romanticismo, es una actitud ante la vida. Una actitud que tiende a realizar la literatura o la filosofía; a transformarla en existencia plena y no en una existencia nula. Porque nosotros afirmamos que la filosofía debe poner en peligro la vida. La burguesía habla con desprecio del fanático, pero el fanático es un hombre que cree. Jaspers habla también de la manía de la pansignificación del esquizofrénico, sin darse cuenta de que esa manía es una noble ambición de encontrar sentido a la vida. Un sentimiento del que aquélla no es que carezca, sino del que se ve privada por la exterioridad de la palabra.
Pensar, como decía Nietzsche, la propia vida como un destino es suponerla como dotada de sentido. Lo otro sería creer que hemos nacido para nada, para vivir tan sólo, al igual que los animales, y embrutecernos en una realidad sin ideas.

Mayo 2 de 1987, diario ABC de España.

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