“NIETZSCHE & STIRNER”, por RÜDIGER SAFRANSKI

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En la década de los cuarenta, años en los que a Nietzsche le habría gustado vivir, según confesó a un amigo, hubo un autor que se alzó contra los maquinistas de la lógica histórica y naturalista, y que había escrito sobre el espíritu libre y vivo: “Sabe que el hombre se comporta en forma religiosa o creyente no sólo en relación con Dios, sino también en relación con otras ideas, como el derecho, el Estado, la ley, etcétera, es decir, reconoce las ideas fijas por doquier. Y así quiere disolver el pensamiento a través del pensamiento” (STIRNER). Estamos recordando aquí a un provocador filosófico que ya antes de Nietzsche experimentaba con el pensamiento de la inversión, y había formulado su propuesta anarquista contra la supuesta lógica férrea de la naturaleza, la historia y la sociedad en una obra que había aparecido el año anterior al nacimiento de Nietzsche. Johann Caspar Schmidt, profesor en el Centro de Educación de Señoritas de Berlín, publicó en 1844, bajo el seudónimo de Max Stirner, su obra El único y su propiedad, un libro que entonces llamó mucho la atención. Por su radicalidad individual y anarquista, los ambientes normales de la filosofía e incluso los disidentes rechazaron oficialmente la obra como escandalosa y desatinada.

Pero en privado muchos estaban fascinados por su autor. Marx se sintió incitado a escribir una crítica de esta obra, una crítica que alcanzó unas dimensiones superiores al libro criticado, y que al final no fue publicada. Feuerbach escribió a su hermano que Stirner era “el escritor más genial y libre que había conocido” (LASKA); peor en público no se manifestó sobre este autor. Por lo demás, la callada repercusión de Stirner continuó también más tarde. Husserl habló una vez de su “fuerza seductora” aunque no lo menciona en su propia obra. Carl Schmitt, de joven, estaba profundamente impresionado por Stirner, y en 1947, encontrándose en prisión, se sintió “tentado” de nuevo por él. Georg Simmel se prohíbe a sí mismo el contacto con este “tipo sorprendente de individualismo”.

Por lo que se refiere a Nietzsche, parece que se da en él un llamativo silencio. En su obra nunca menciona el nombre de Stirner, pero pocos años después de su derrumbamiento se encendió en Alemania una viva disputa sobre la pregunta de si Nietzsche conoció a Stirner y se dejó impulsar por él. En el debate se vieron implicados, entre otros, Peter Gast, la hermana, Franz Overbeck, amigo de muchos años, y Eduard von Hartmann. Defendieron una posición extrema los que le acusaron de plagio. Hartmann, por ejemplo, argumentaba que Nietzsche había conocido la obra de Stirner, pues en su segunda Intempestiva había criticado exactamente aquellos pasajes de la obra de Hartmann en los que rechazaba explícitamente la filosofía de Stirner. O sea que, aun cuando sólo fuera por este camino, Nietzsche tenía que conocer a Stirner. Hartmann resalta además el paralelismo de ciertos pensamientos, y plantea entonces la pregunta de por qué Nietzsche, si bien se dejó influir con seguridad por Stirner, sin embargo lo silenció sistemáticamente. La respuesta que por entonces parecía obvia la formuló así un contemporáneo:

“Nietzsche habría quedado desacreditado para siempre entre las personas formadas de todo el mundo si hubiera dejado notar algún tipo de simpatía por un burdo y desconsiderado Stirner, que hace alarde de un desnudo egoísmo y anarquismo. De hecho, la escrupulosa censura de Berlín solo permitió la impresión de un libro de Stirner por la razón de que los pensamientos expuestos eran tan exagerados, que nadie iba a estar de acuerdo con ellos” (RAHDEN).

Dada la mala fama de Stirner, es fácil imaginarse que Nietzsche no quería verse asociado a él ni por un instante. Las investigaciones de Franz Overbeck mostraron que en 1874 Nietzsche prestó a su alumno Baugartner la obra de Stirner, sacada de la biblioteca de Basilea. ¿Fue esto quizás una medida de precaución, la de dársela anticipadamente a sus alumnos para que estuvieran preparados? En todo caso, así recibió el público esta noticia, una interpretación en cuyo apoyo vienen los recuerdos de Ida Overbeck, amiga íntima de Nietzsche en los años setenta. Ésta relata:

“En una ocasión, cuando mi marido había salido, Nietzsche conversó un ratito conmigo y mencionó a dos elementos que ocupaban su atención y con los que se sentía emparentado. Como en todas las ocasiones en que adquiría conciencia de una relación interna, se mostraba muy animado y feliz. Un poco después topó con Klinger entre los libros de casa… “¡Mira!”, dijo, “con Klinger me he equivocado mucho. Era un filisteo, ¡no!, con él no me siento emparentado. Pero Stirner, ¡ése sí!”. Y al decir esto, un gesto festivo recorrió su cara. Mientras yo me fijaba en sus rasgos con tensión, éstos cambiaron de nuevo, hizo con la mano algo así como un movimiento de ahuyentar y dijo susurrando: “Ahora se lo he dicho a usted, cuando en realidad no quería hablar de esto. Olvídelo de nuevo. Se hablará de un plagio, pero usted no lo hará, ya lo sé” (BERNOULLI).

Ida Overbeck sigue relatando cómo, en presencia de su alumno Baumgartner, Nietzsche designó la obra de Stirner como “la más audaz y consecuente desde Hobbes”. Como sabemos, no era un lector paciente, pero a su manera era un lector a fondo. Pocas veces leía enteramente los libros, aunque sí leía en ellos con un instinto certero para aquellos aspectos que le eran instructivos y estimulantes. Ida Overbeck relata al respecto:

“Me decía que, cuando leía a un escritor, siempre se sentía afectado solamente por frases breves, con las cuales enlazaba él sus pensamientos; y que, sobre las columnas que así le ofrecían, ponía un nuevo edificio” (BERNOULLI).

Pero, ¿qué era lo que por una parte, hacía de Stirner un leproso en la filosofía y, por otra, ejercía el efecto de estimular a Nietzsche o de confirmar su propio pensamiento? Más tarde, Nietzsche coqueteará en su propia obra con el aura de la locura; y en relación con Stirner podía contemplar ya ahora la propia empresa en el espejo de lo proscrito…

…pero los gestos de Nietzsche no son tan de rechazo como los de Stirner; Nietzsche quiere soltarse para llegar a sí mismo. Los esfuerzos de Stirner se dirigen al desenmascaramiento, los de Nietzsche se centran en el movimiento. Stirner forcejea por la ruptura, Nietzsche busca la partida.

Tomado SAFRANSKI RÜDIGER: Nietzsche, biografía de su pensamiento.

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Una respuesta a ““NIETZSCHE & STIRNER”, por RÜDIGER SAFRANSKI

  1. La relación entre el pensamiento de Stirner y Nietzsche es muy acertada, los dos tienen un toque satírico y de humor negro muy peculiar, inclusive llegando Stirner a renegar de su pensamiento, no tomando en serio y realzando el vacuo valor de sus propias idealizaciones.

    Sin ir más lejos, la reapropiación del Yo de Stirner, rehusando de la idea o concepto de Hombre sustentada por la sociedad civil -que no asociación-, tiene similitud con la filosofía del Übermensch (superhombre) de Nietzsche. Ambos tienen ese cariz individualista y, dentro de sus limitaciones existenciales y ambiguedades (pues reconocen la derivación de la conciencia como no innata o absoluta), autorealizador.

    Cito a Stirner para que se entienda el toque satírico e individualista (o de Autodisfrute) que tiene:

    “Yo veo a los hombres sumergidos en las tinieblas de la superstición, hostigados por un enjambre de fantasmas. Si procuro, en la medida de mis fuerzas, proyectar la luz del día sobre esas apariciones de la noche, ¿creéis que obedece a mi amor a los hombres? ¡Eh, no! Escribo porque quiero dar existencia en el mundo a ideas que son mis ideas. Si previese que esas ideas tenían que arrebataros la paz y el reposo, si en esas ideas que siembro viese los gérmenes de ideas sangrientas y una causa de ruina para muchas generaciones, no las esparciría menos. Haced de ellas lo que queráis, haced lo que podáis, eso es asunto Vuestro y por ello no me preocupo. Tal vez no os traerán más que el pesar, los combates, la muerte, y no serán más que para muy pocos de Vosotros un manantial de placer. Si yo tomase a pecho vuestro bienestar, imitaría a la Iglesia que prohíbe a los legos la lectura de la Biblia, o a los gobiernos cristianos, que hacen un deber sagrado de defender al hombre del pueblo contra los malos libros”.

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