Breve selección poética de ROY SIGÜENZA

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PIRATERÍA
 
 
Iré qué importa
Caballo sea la
noche.
 
 
LA CAL DEL ADIÓS
 
 
Si los olvidan
algunos van al mar y escriben poemas
(los más sensibles)
se vuelven enfáticos en sus trabajos
o cambian de creencias
(los más prácticos)
 
Tú vas al bar y te embriagas.
 
 
 
PARADISE NOW
.
Si todo en este mundo dejará de existir,
Tú, supón que no existes; y ya que existes, goza.
 
Omar Jayyam
 
 
La oscuridad barre a la gente,
es como la muerte:
hace lo que quiere.
Foucault diría cosas que ya conocemos:
la vigilancia, lo panóptico,
pero no nos alegra; no hemos olvidado
que la mortalidad es el acuerdo:
duramos poco
para reñir. Las manos, los cuerpos
tienen otras urgencias:
ir a los lechos;
a otros cuerpos,
o a cualquier lugar sigiloso,
donde celebrar, beber vino y olvidar
lo que alguien advirtió sobre la muerte.
 
 
 
PERRO DE LA DICHA
 
A Tennessee Williams
 
Al final te venció la verdad, Tennessee:
Drogas, alcohol, homosexualidad, la pestilente vejez.
Libre, de manera penosa, cuando ya la muerte te aprestaba un asiento en la parte trasera de su coche. De qué iba tu vida Tennessee, si amabas a los hombres y no lo podías decir, aunque hayas interpretado escenas sexuales –de las duras– con muchos de ellos, acuciado por tus ganas más febriles y no solo en Saint Louis. Alguna vez, despierto en la noche, aceptaste que lo único que ambicionabas en este mundo era ir por ahí de la mano de tu amante, feliz de ser tú y él, tal cual –se lo confiaste a Truman Capote, borracho, en un bar, luego del estreno de tu electrizante Tranvía en Broadway. Pudiste salvarte de la tiranía de ese impedimento malsano donde se te hubiera ocurrido: en el hall o el living de cualquiera de los hoteles de lujo donde, por dinero o fama, se les permite muchas cosas a sus huéspedes, aunque a lo mejor conociste esa dicha –así, en privado–, tú la querías abierta en la calle, consumida por el mismo deseo que te arrastró tantas veces a tomar Martinis y coger cannabis o coca en los bares del Gran Camino Blanco o –como te ocurría siempre en la dársena de Agadir–, a ver marcharse el último barco de la tarde, podrido de ganas de llorar sin saber por qué. Una mano –la tuya– en la otra, caliente, arrebatada de tu amante. Una sola mano lacrada por la carne, el sexo y el fuego helado de la coca y el alcohol. Esa, y no la boca envenenada con la que se confunde, fue la gloria que quisiste. En vano ahora Tennessee. Adrede.
 
 
 
CINERARIA
 
 
ábranme el corazón y recojan sus frutos los sedientos
 
la lluvia es para seres colonizados por el sueño:
denles de beber, líbrenlos de la infección del recuerdo.
 
es incómodo caminar, asir un fruto, besar una boca lejana
–esto explica el virus de la enfermedad del abandono–
 
El hato del tiempo en la cabellera de la piedra:
es habitual que el agua se lleve lo que calla
 
llanto
 
tan antiguo como los restos de civilizaciones herbívoras:
ese rastrojo de labios que murmuran ríos de ceniza
 
los huesos quemados de tu nombre.
 
 
 
YUKIO MISHIMA SE ARREPIENTE DE LA MUERTE
.
El espíritu del Hagakuré exige «que los hombres tengan una tez de flor de cerezo,
inclusive en la muerte»
 
 
No sabía yo que duraría
–apenas– 45 años,
ni que sería así
–vaciada en sangre–
como se iría mi vida;
ni yo ni Masakatsu Morita,
a quien tampoco
Ie advirtieron nada
–tenía 25 años–
cuando el amor que nos unía
nos empujó a practicar Seppuku.
Ahora que los dos llevamos
una tez de flor de cerezo
quién me dirá dónde resplandece
aquella imperativa belleza
 
 
 
ESCENA FINAL DE BROKEBACK MOUNTAIN
 
 
Tus zapatos, esos depósitos de agua triste,
no saben nada de ti –no me responden.
 
La camisa en la percha de tu dormitorio
es una pregunta
sin descanso,
Dice: «a dónde», «a dónde, amor»,
y su boca se vacía
en el viento helado de Brokeback Mountain;
 
ella, que cubrió tu bello torso, llama. Voy
y la beso, beso toda tu muerte como un hombre.
 
 
 
EXILIO
 
 
Es aquí donde edifico mi reino:
En la orilla de tu cuerpo,
a su sombra dormida ato caballos al sueño
y pongo el mar de la extensión que quiera;
puedo decir estoy solo, despierto,
al costado de la única verdad en la que creo
cuando oigo cantar lo leve de la sangre
y la mano tiene solo un dominio
(los brazos son agua, miel, saliva, esperma
lo que quiera la sed)
¿quién dirá devastación, caída, muerte?
¿quién, en la belleza derramados, dirá el sexo
es una trampa?
si estás a la mano como el silenciar de la piel
–el jardín de oro en el que los dos cosechamos–
Donde bebemos el agua de muerte
y las lenguas van y vienen
suben y bajan
como animales de hambre
 
Allá que el ruido incendie la granja de cría de
cerdos de la luna –ese niño enfermo–
y el mar eche a volar la más descabellada de sus
aves domésticas
 
Será un reino fugaz, quizá,
pero ¿a quién le importan las necrologías?
 
*
¿oyes ese rumor de llamas cuando lo que silencia llega?
 
no busques en el nervio de la noche:
 
a otros se les dio ese don y no han regresado
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