“La llamada del muecín”, por CÉSAR EDUARDO CARRIÓN

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A quienes se interesan sólo por el presente,
a los que piensan sólo en el futuro, desde
la Torre del Silencio grita un muecín: «Sois necios.
El día de mañana será igual al de hoy».
 
Omar Kayam, Rubaiyat, 156
PRIMER SURA
La sensación de poseer cuanto percibes de este
mundo no te engaña:
El mundo es pura persuasión de los sentidos, porque
apenas lo presientes,
ya lo pierdes, ya lo olvidas… ¡Regocíjate, habitante,
de tu dulce ineficacia!
No eres un dios encarcelado en una mueca de granito,
de caliza ni de mármol.
Ningún dios que presuma de serlo podría decir
que conoce su propia estatura
esculpida a la medida de los sumos sacerdotes y los
miedos de la plebe.
Ningún fiel que lo venere cambiaría su ceguera, condición
de santidad,
por un retrato fidedigno del señor de sus plegarias…
¡No te mires al espejo!
El mundo entero se abriría para ti como una caja
de Pandora si pudieras
observar con esperanza la estampida irrefrenable
de los seres que te amaron.
SEGUNDO SURA
El mundo es pura persuasión de los sentidos, porque
apenas lo presientes,
ya lo pierdes, ya lo olvidas. ¡Regocíjate, habitante,
de tu dulce ineficacia!
La vida pasa entre buscar sabiduría y preferir esta
ignorancia saludable.
Y soplan los vientos y vuelan los pájaros: Quedan
vacíos los nidos del árbol.
Entre tanto, nuestros dioses agonizan: Sus imágenes
cubiertas con la mierda
de las aves, y la lluvia que las limpia desdibuja sus
perfiles. Esas muertes
son las fallidas resurrecciones que nos esperan a la
salida de cada templo.
La sensación de poseer cuanto percibes de este
mundo no te engaña:
El mundo entero se abriría para ti como una caja
de Pandora si pudieras
observar con alegría la estampida de los seres que
te odiaron.
TERCER SURA
Aunque fueras un hombre de ciencia o si fueras
devoto de todos los dioses,
no serías muy distinto de las bestias que se arrojan
por su propia voluntad
hacia el centro de la pira, cuando acuden a las palabras
y a los matemas
en la búsqueda furiosa de aquella misma sombra y
aquella misma luz
que les mata y alimenta las entrañas. Aunque fueras
primogénito de Apolo,
toda luna, temerosa de tu fálico esplendor, reflejaría
solamente los colores
del espectro luminoso: La destreza de tus gestos.
Inclusive los océanos
no hallarían otra calma diferente del fulgor de tus
facciones, derruidas y perfectas.
Todas las moradas son inciertas, inventados son
los nombres del consuelo:
Hades, Averno, Tártaro, Infierno, Edén, Paraíso,
Patria, Nación o Desierto…
CUARTO SURA
Nos contamos los secretos en la noche con palabras
que inventamos en el día,
para reír, para callar, para escuchar y, solo entonces,
dejarnos morir.
Todo lo tenemos compactado en las preguntas, mas
de todo carecemos,
fragmentados en la fe. ¡Qué sorprendentes alegatos
escupimos contra el otro!:
Gula de aquello que nos socava, gula de aquello
que nos erige, gula irremediable,
¿dónde está la fórmula infalible de la duda, dónde
la celeste solución de los acasos?
¿Estas cosas transparentes y violentas son la vida?
¿No es la voz imperativa de los ríos?
Siempre escucho aquella música en el fondo de
este bosque mutilado.
Me persiguen los sonidos desde el mar y más allá,
desde los sueños.
¡Cuánta partitura está transcrita en la epidermis de
los mártires, ingenuos y perversos!
QUINTO SURA
El mundo es pura persuasión de los sentidos, porque
apenas lo presientes,
ya lo pierdes, ya lo olvidas… ¡Regocíjate, habitante,
de tu dulce ineficacia!
Nuevas dagas de grafito nos señalan con su sombra
mineral el horizonte donde acaban
estos blancos intersticios. Están llenas de ambrosía
las recámaras nupciales
y las salas de tortura. Y en las camas de obstetricia
y en las mesas
de tanatopraxia, el placer nos impide dormir: ¡Prohibición
insuficiente de venenos!
Los bebemos para nacer, los bebemos para matar,
los dejamos de beber cuando vivimos.
Por su copa resurgimos triunfadores, vomitando
sortilegios y gritando maldiciones:
Colgajos de muchachas y de niños atascados en las
puertas de los nuevos crematorios,
estas lenguas, los cimientos de cultura, con que
honramos los convenios prometeicos.
SEXTO SURA
La vida no es propia ni ajena, es un bosque de arrayanes
milenarios, casi extintos.
Ningún camino lo atraviesa, son apenas los senderos
del incendio. Cada uno delinea
una ruta en los cogollos de los troncos. Nos despiertan
los gemidos de un infierno
interior y despiadado. Mi niñez junto a ese árbol
atrofiado, que jamás ha florecido.
Arbusto reseco y estéril, serviste de leña un invierno
lluvioso. Y no obstante,
estás, en tus cenizas esparcidas, más cercano de mi
cuerpo que cuando eras
el espectro del jardín. ¡Nuevamente estás cantando!
Si tú fueras una hoguera,
al menos, servirías de fanal a este sinfín de marineros
que se acercan
a estos inclementes
acantilados.
SÉPTIMO SURA
La mejores melodías son aquellas que enmudecen
en la punta de la lengua,
después de sorprendernos ocupados en domar nuestras
quimeras.
No eres nada, planta estéril, pretenciosa metonimia
de las líricas hipócritas.
¡Mejor, cállate y aprende de la honesta confesión
de los modernos!
Dame los frutos siempre maduros de lo imprevisto,
que aquello que fuiste
no hubieras sido sin estas palabras que he pronunciado
con tal displicencia.
¡Ya calla, planta estéril, que eres nada! Ya resígnate
a triunfar cada mañana,
ya habrá tiempo de perder y de soñar otro final, que
te deleite.
Ninguna de tus flores es fatal ni da semillas infalibles,
excepto las simientes del vacío, que cultivo sin tu
ayuda.
.
.
.
OCTAVO SURA
No eres un dios encarcelado en una mueca de granito,
de caliza ni de mármol.
Ningún dios que presuma de serlo podría decir que
conoce su propia estatura
esculpida a la medida de los sumos sacerdotes y los
miedos de la plebe.
Este flujo se disuelve en la marea que llamamos
el pasado.
La primera mascota que tuve murió, precozmente,
en mis brazos,
después de comer un puñado de plantas prohibidas
del patio trasero.
Aquel cachorro convulsiona en mi morada, en ese bario
de la infancia.
Sus estertores permanecen en los parques que visito.
No gime, no ladra,
aquí mismo y ahora. Este sol del invierno se larga.
Ese pobre animal
no tuvo tiempo de aprender a pedir, no tuvo tiempo
de aprender a llorar.
NOVENO SURA
No eres un dios encarcelado en una mueca de
granito, de caliza ni de mármol.
Ningún dios que presuma de serlo podría decir
que conoce su propia estatura
esculpida a la medida de los sumos sacerdotes y los
miedos de la plebe.
Este círculo de fuego se renueva y continúa restregándome
en la cara
la redondez de la luna, la redondez de la tierra, la
redondez del presente.
Distinto de sí mismo el pobre perro, condenado a
ser como otro cada vez que lo recuerde,
porque pude bautizarlo, cuando el dios de los opacos
resplandores me mandaba.
Nosotros durmamos, soñemos, que queden a solas
las cosas, que sean
aromas inestables impregnados en la piel de la memoria.
¡Que los árboles
no duermen! ¡Pues que el viento los torture, los
cercene y los disgregue!
DÉCIMO SURA
Ese perro soñado ya es mío y es bueno. ¡Que muera
por fin la mascota,
aquel agónico regalo de cumpleaños de la infancia,
con su vida tan perfecta!
La memoria, que habría de ser ese dios comprensivo
y que nunca lo fue,
que habría de ser el más fiel, pero nunca lo ha sido,
es apenas
vibración imperceptible del azófar tras el vidrio,
frente al cual nos preguntamos
por los sentidos de este canto: ¡Que el espejo convulsione
para el hombre
y en su ausencia permanezca detenido! Ningún fiel
que lo venere cambiaría
su ceguera, condición de santidad, por un retrato
fidedigno del señor de sus plegarias.
Bebo de las fuentes que decoran mil ciudades
decadentes y sinuosas.
¡Que venga la noche más larga de todas y en este
desvelo construya su edén!
DÉCIMO PRIMER SURA
Escucho el lamento de todos los pájaros vivos y el
eco de todos los pájaros muertos,
que parecen la obertura y el final de este concierto
universal. Han vuelto todos,
con sus pechos pelirrojos, sus penachos renegridos.
Nada llena el orificio del fantasma
mejor que los relámpagos, mejor que las tormentas,
mejor que las catástrofes.
¡Basta, poetas, de pájaros, niños, lascivia, dulzuras
y flautas de pan!
Canto solo y en mi canto soy la suma de los trinos,
canturreos y gorjeos de las aves.
Las melodías de todos los mundos posibles tendrán
que ajustarse a mi voz.
Llenaré las estaciones de una música soberbia,
de incontables tesituras.
¡Cuánta gloria me es ajena, si pronuncio los apodos
de mis padres:
Arte, poesía, belleza, sustancia, verdad, infinito, poiesis,
catarsis, ad nauseam…!
.
.
DÉCIMO SEGUNDO SURA
Soy el demiurgo de este pájaro que observo, que responde
a mi mirada con quietud.
Soy una estampida permanente de sustancias que
conozco desde siempre.
De este desplumado animalejo, que ya olvido, soy el dios.
Y las estrellas
se retraen sobre sí mismas y se apagan. Y las lunas
de otros mundos
quizá se burlen de esta fálica, esta cruel declinación
de mis sentidos.
Observémonos los unos a los otros como el dios que
nos castraba
observando la arrogancia de su rostro en cada rostro
que pensaba había creado.
Inmensidad de inmensidades y tan solo inmensidad:
Nos enseñaron
que Dios nunca juega a los dados, pues juega a las
cartas,
hace trampa y nos desfalca cada noche, en cada
ocaso y cada sombra.
SURA INFINITO
El mundo entero se abriría para ti como una caja
de Pandora si pudieras
observar con esperanza la estampida irrefrenable
de los seres que te amaron.
El mundo es pura persuasión de los sentidos, porque
apenas lo presientes,
ya lo pierdes, ya lo olvidas… ¡Regocíjate, habitante,
de tu dulce ineficacia!
La vida pasa entre buscar sabiduría y preferir esta
ignorancia saludable.
Yo también he separado todo cielo de la tierra y
tamizado las arenas
de las aguas. ¡Este mundo, el don más puro, más
allá de las imágenes,
la imagen absoluta! Mi universo que se expande y
se contrae como un enfermo
corazón de este comienzo y un final, corazón de
este comienzo y un final…
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