“Adictos al acorazamiento andino”, por ANDRÉS VILLALBA BECDACH

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Todos los días salgo derrotado del trabajo, con la guillotina de la testa en las manos solo para mirar abajo y más abajo: paraíso de orquídeas negras en las grietas del asfalto, al filo del acantilado solo existe la piedad del carroñero: soy una flor de hueso. –Con tanta carroña en la cabeza te convertirás, me dicen, en carroñero: hay un buitre voraz de ceño torvo que te está devorando las entrañas–. ¿Es verdad esta rosa de cocaína que tengo como esqueleto?
Bajo a La Marín por la calle Chile, uno de los recorridos más feos del mundo a esperar el bus de regreso y todo, solo para hacer lo mismo al día siguiente: el hartazgo como una hamaca en la garganta del gallo más méndigo del alba. Aquí, donde el corazón es un motel de termitas y alacranes badeas andinos, aquí, donde fulgen muertas las calles en la capital más andina del planeta y son tan vivos los cementerios el domingo a las 6 de la tarde: eso es Quito. Y es domingo. Y llueve. Y veo la niebla cabecear en las ramas secas. Tras las ramas, la ciudad como un pájaro desollado. Tras el pájaro, estoy mudo frente a esta máquina con el acto obsceno de tener que dizque escribir y decir cualquier boludez: la palabra llegó a la cúspide de la degradación. Veo pasar los carros como cruces rojas, las gotas caen como mi cuerpo del otro lado de la ventana. La lluvia como una mantarraya que viene a besar mi quebranto, la lluvia como el semen de los tigres de lo que nunca pudimos ser, la lluvia quiteña como el ruido de la ratas que copulan en mis zapatos.
Somos menos que una lágrima en un río de brea.
Todo el esfuerzo cae en saco roto, del sudor florecen avisperos de ceniza: avispas de carbón que saben llorar. El musgo que repta por las venas me recuerda que soy una chalupa sin remos: soy la costra en los muñones de la misericordia, hundo mis piernas en el asfalto y sale una mujer muerta: canción llévame lejos y roguemos que mañana me convierta en otro infeliz.
Qué tristeza dármelas de payasito con todos: sangran el esfínter de tanto reír, pero soy incapaz de sacar una sonrisa a la persona con quien vivo, duro, duermo y muero, solo avivo su mohín y desprecio. ¿Por qué le tengo tanto miedo? ¿Soy culpable de su mala leche y agravio? Siempre se acuerda de boludeces crispativas que sucedieron hace años para acorralarme: no informa sobre conflictos: los busca, induce, crea y anhela. En mi caso insumiso, como no agacho la cabeza, lo hace para debilitarme, sojuzgarme y darme el puyazo cuando estoy con la sangre y tinta del plumero sellando las grietas del asfalto.
Hay un muro y un cadalso en sus manos, hay mentiras, me da miedo subir, bajar, todo lo yo que diga y haga va a ser siempre malo, tiene la capacidad de rastrillarme todo el alquitrán de su tristeza en mis sensibles orificios: son huecos que se dilatan como la boca de los presos, son tatuajes que abrigan el cuerpo de los enfermos…y a las estatuas de las enfermeras, cuya cruz roja en los pechos es una cicatriz del beso de un enfermo.
Deja que te tatúe un remolino en el orto, déjame limpiar el moho de las bolas de los jardines colgantes de Babilonia. Deja que me acueste a tu lado solo para llorar y oír música triste. Los que vivimos de extras chupamos caramelos baratos y tú solo quieres crema. ¿Crema para qué cuando puedes lavarte el Orinoco con mis lágrimas?
Fracaso a ultranza, son nuestras espaldas las que se follan, los gases son nuestras palabras, la cruz de hielo que sale de nuestras lenguas cuando no queremos la cosa dice más de lo que nunca podremos decir. Somos adictos al triste acorazamiento –cuidar la chepa– que impone la melancolía y niebla andina, nunca dejamos que llueva ron y que huela a incienso de vainilla, curry y mirra desde el aceite y el calor de albahaca de la entrepierna y la sobaquera afeitada: solo celebramos nuestro canto a la desintegración. ¿Caminamos parejo hacia lo insobornable de la desintegración?
Vuelvo a ser ese idiota que siempre quise ser azotado por la lluvia de todas las universidades donde no pasé de primer semestre y quedé estocado en su empalizada. Auténtico manual del derrotero: sobrevivir por el camino de piedras pisadas por la victoria de los otros. Piedras con las que me identifico. En el principio fue la piedra. Y en seguida los cristales rotos. Pero ya no espero nada, claro.
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