“El poema del gis”, por PHILIP LEVINE

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Camino al bajo Brodway
esta mañana me encontré con un hombre alto
hablándole a un pedazo de gis
que tenía en la mano derecha. La izquierda
estaba abierta y llevaba el compás,
porque sus palabras tenían ritmo,
eran un canto o un baile, quizás
incluso un poema en francés, porque
era de Senegal y hablaba francés
tan lenta y precisamente que
podía entenderlo, como si me lanzara
cincuenta años atrás a mi
salón de secundaria. Un hombre esbelto,
elegante a su manera, pulcramente vestido
con los restos de dos trajes azules,
la corbata firmemente arreglada, la camisa blanca
inmaculada aunque sin planchar. Conocía
la historia entera del gis, no sólo
la de este pedazo en particular, sino
también del gis con que escribí mi nombre
el día que me dieron la bienvenida
al volver a clases, después de la muerte
de mi padre. Conocía el feldespato,
conocía el calcio, las conchas de ostra, sabía
qué criaturas habían cedido sus espinas
dorsales para convertirse en el polvo
del tiempo comprimido en estos conos perfectos,
conocía la tristeza de los salones de clase
en diciembre cuando la luz mengua
temprano y las palabras en el pizarrón
abandonaban su gramática y sentido,
y aun entonces sus formas de manera
que cada letra apunta en todas direcciones
a la vez y no significa nada en absoluto.
Al principio pensé que su corta barba
estaba escarchada de gis; cuando estuvimos
frente a frente, a no más de un pie
de distancia, vi que sus cabellos eran blancos,
pues aunque de gestos juveniles
era, como yo, un hombre entrado en años, aunque
de apariencia mucho más noble con sus altos
y esculpidos pómulos, sus anchas espaldas
y diáfanos ojos oscuros. Tenía el porte
de un rey del bajo Brodway, alguien
salido de la mente de Shakespeare o
García Lorca, alguien para quien la pérdida
se había dulcificado en caridad. Nos quedamos
de pie aquel largo minuto, compartiendo
los dos el último poema del gis
mientras la gran ciudad bullía
a nuestro alrededor, y entonces el poema
terminó, como terminan todos los poemas,
y dejó caer la mano izquierda
a su costado abruptamente, y me entregó
el pedazo de gis. Hice una reverencia,
sabiendo cuán grande había sido este regalo
y escribí mi agradecimiento en el aire,
donde quizás sea oído para siempre
bajo el escalofriante grito de las conchas marinas.
(Traducción de Román Luján)
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