“Cuando tenía veinticinco años”, por GAY TALESE

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Cuando tenía veinticinco años perseguía gatos callejeros por todo Manhattan. Les seguía el rastro mientras se rebuscaban la comida en los vertederos de basura de la ciudad en las pollerías, por los mercados de pescado y en los muelles infestados de ratas a la orilla del Hudson; y recuerdo haber celebrado mi cumpleaños número veinticinco en un túnel oscuro debajo de la terminal Grand Central, observando la batalla de decenas de gatos sibilantes que se peleaban las sobras comestibles que habían arrojado de sus fiambres los trabajadores de las vías del subway.

Era el año de 1957. Corrían malos tiempos para los 400 mil gatos callejeros de Nueva York. Eran víctimas de su propia sobrepoblación y la escasez de cubos de la basura en los nuevos edificios de apartamentos de la ciudad; y yo hacía la investigación para mi primer artículo extenso en la revista dominical del New York Times sobre la lucha de los gatos por la supervivencia en toda la ciudad. Otras personas se preocupaban en esos días porque los Dodgers se iban a ir de Brooklyn, o por la existencia acechante del “Dinamitero Loco”, o por el hecho de que los rusos acabaran de lanzar una perra al espacio. Pero yo me concentraba en los gatos, y cuando mi artículo de 4 mil palabras fue publicado el 12 de mayo de 1957, con el titular “Viaje a la selva de los gatos”, me apoderé de unos treinta ejemplares en la imprenta del Times y se los envié a mis parientes y amigos por toda la nación. Fue mi primer ligue con lo que Andy Warhol identificaría como los quince minutos de celebridad, pero como la iniciación en el amor de la primera juventud, su dulce recuerdo perdura para siempre en la intimidad. Así recuerdo yo la publicación de aquel artículo sobre gatos hambrientos por un hambriento escritor novel.

Acababa de llegar a Nueva York después de dos años el ejército y cuatro como alumno en la Universidad de Alabama, y me sentía hipnotizado por Nueva York y muy curioso por cosas que apenas interesaban a unas cuantas personas (como los hábitos nocturnos de las señoras del aseo de los rascacielos, o lo que los porteros de las unidades de apartamentos sabían de las vidas conyugales de los inquilinos, y, cómo no, por las carencias alimentarias de los gatos independientes). Pero hasta que conseguí un empleo en el periodismo, no veía cómo satisfacer mi peculiar interés por el orden natural y antinatural de la vida citadina.

Venía de una pequeña población. Mis percepciones eran bastante provincianas. Poseía la capacidad de maravillarme por lo que otros consideraban común y corriente. Pero creía que lo ordinario, el acontecimiento cotidiano en la rutina de la persona media, merecía ser puesto por escrito, en especial en un periódico, si aquello se escribía bien.

Ciertamente, había editores del Times a los que no les gustaba lo que yo escribía; las llamaban “historias de trapero” y teníamos confrontaciones cordiales pero obstinadas. Para disuadirme me asignaron el cubrimiento político de la asamblea legislativa de Nueva York en Albany, donde debería escuchar las mentiras y los comunicados sin sentido de los políticos y darlos a conocer como “noticias”. No fui capaz de hacerlo. En esos días en el Times existía la norma de que los nombres de los reporteros debían aparecer en los artículos que tuvieran al menos ocho párrafos de longitud. En mi estadía en Albany, nunca escribí una nota política de más de siete párrafos. No quería mi nombre en un artículo circunscrito a las disposiciones y objeciones de los diputados de Albany. En consecuencia, los editores del Times me removieron del cargo y creyeron castigarme trayéndome de regreso a la casa principal y encargándome la redacción de notas necrológicas. Nunca fui más feliz. La escritura de obituarios estaba en la órbita de la historia personal, de la biografía, era el resumen de la valía e influencia de un sujeto, y quien calificara para una nota necrológica en el Times sería sin duda un individuo sobresaliente y de logros extraordinarios: harto más de lo que yo había visto en mi breve carrera de corresponsal político de veinticinco años de edad.

Fue en mi periodo de escritor de obituarios cuando empecé también a concentrarme en escribir para la revista dominical del Times, dado que para la edición ordinaria del diario me habían “enviado a la perrera”. Después de la crónica de los gatos realicé más de treinta piezas de revista en los meses siguientes. Escribía sobre actrices del cine mudo en la era del sonido, sobre los viejos que tocaban la campana en los encuentros boxísticos en el Madison Square Garden, sobre capitanes de agua dulce de los ferrys de Staten Island, sobre los decoradores de vitrinas de las boutiques de la Quinta Avenida y sobre la escultura de maniquíes femeninos que no por ser de plástico perdían su encanto natural.

Vivía entonces en Greenwich Village, en un edificio de ladrillo enfrente de la primera tienda de café espresso que hubo en la ciudad y también de un bar nocturno frecuentado por homosexuales. En mi calle era cosa común ver parejas interraciales caminando cogidas de la mano y escuchar las protestas de los poetas en los cafés, de una manera que se suele asociar con los años sesenta, aunque creo que los cincuenta en Greenwich Village fueron realmente los sesenta: el barrio le llevaba una década de ventaja al resto de la ciudad. Y también fue en el Village donde me enamoré. Ella era directora de una revista del distrito residencial, pero todas las noches se reunía a cenar conmigo en el centro, y en 1959 llevados por un impulso nos fuimos a Roma, en donde nos casamos, y desde entonces hemos sido marido y mujer.

¿Consejo para los escritores jóvenes? La única cualidad indispensable es la curiosidad, creo yo, y el ánimo para salir y aprender acerca del mundo y de las gentes que llevan vidas singulares, que habitan en lugares ocultos. Posteriormente extendí este modo de pensar a la escritura de libros sobre esposas de la mafia (Honrarás a tu padre), abogados del amor (La mujer de tu prójimo), sastres inmigrantes (A los hijos) y obreros del acero que trabajan en las alturas (El puente).

En todas partes hay historias a la vista, al alcance; y el otro consejo que me quedaría por ofrecer (repitiendo el que me dio mi propio padre) sería: “No escribas nunca por dinero”. Será tal vez un extraño consejo para esta época de justificaciones contables, codicia y glotonería, pero es el consejo que me ha guiado durante estos cuarenta años desde que allá en 1957 (en compañía de unos gatos) cumplí los veinticinco.

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