“[Revelación de María o… yo conozco el desamparo de aquel que conduce a las musas ]”, por DANIEL ROJAS PACCHAS

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En aquellos días los hombres buscarán la muerte y no la hallarán;

 y ansiarán morir, y la muerte huirá de ellos

(Apocalipsis 9:6)

 

  1. Soñé que Arquíloco atravesaba un desierto de

huesos humanos. Se daba ánimos a sí mismo:

«Vamos, Arquíloco, no desfallezcas, adelante, adelante.»

(Roberto Bolaño – Un paseo por la literatura)

 

The hairs on your arm will stand up. At the terror in each sip and in each sup. For you partake of that last offered cup, Or disappear into the potter’s ground. When the man comes around. 

(Johnny Cash – When the man comes around)

***

Caminamos por un despeñadero confiados de que al ir de la mano… cada vez más fuertes… cada vez más ligeros – No me sueltes – me decía él –  y yo me sentía eternizada en el aire,  flotando entre las piedras… Todo era posible…  Todo podía ser una ficción y durar dos mil años en un segundo.

Tuvimos ideales, en algún punto, una posibilidad genuina… ¡Qué historia más bella! Cada vez más extensa, cada vez más flexible. Una irracional locura para contar a nuestros nietos, también de aire.

Sin segundas intenciones, sin doble sentido bebimos las imágenes sin movimiento cada vez más impronunciables. Sin estado natural, las tardes y el reflejo de los rostros nos inundaban y caímos ardiendo sin paracaídas, sin ayer… cada vez más entregados al fracaso y sin sentimientos de ningún tipo repitiendo el mismo sueño como un Mantra en mp3.

…pero el fuego en las palabras terminó consumiendo los pájaros que llevamos dentro… nuestros espíritus de madera fueron cazados al instante por lecturas erráticas y una estadía prolongada en la universidad desconocida, se volvió un monólogo digno del profeta encerrado en la Bastilla por sodomita y carnicero.

Ignorando los llamados continuos… seguimos jugando con la misma baraja marcada, no importó el consejo de los sempiternos adultos que jamás entenderán y su voz / repetida por generaciones, dispuesta a encender la luz y la culpa en la mirada, negó los verbos y adjetivos. Nos adiestraron a bofetadas y les hicimos creer que nuestro dolor, era tan real como su toque de queda. La trampa fue el autoengaño, dar filo a la rueda inútil del lenguaje y sustantivar el miedo tragando y devolviendo… y así cuantas veces fuese necesario, repetimos la misma oración.

Si era posible, venderíamos a costa de nuestra espalda y sudor, aquella quimera que dio forma a ese mundo que osaron llamar “paraíso” y aunque todo fuese… (bien lo sabíamos por mucho que siguiésemos hilando contracorriente) el génesis de nuestra inseguridad y los cánticos del fin para un reino que nunca llegó y nunca volverá y al que todos estábamos destinados.

Bienaventurados los que servimos y servirán a la cena

aunque sea con la carne de sus tripas

pues todos íbamos a ser reinas de cobre.

Fruto de la tierra, materia para la fabulación… cada parte en nuestra historia se hizo un abstracto imponderable en las enciclopedias y mapas satelitales. Un desierto en-cubierto con cráneos y pieles y no pudimos reconocer en ese mar de innombrables quiénes éramos y por qué fuimos traídos a este erial.

Los fantasmas que nos acompañaban por la travesía lucían cansados, hartos de recorrer las mismas latitudes una y otra vez… más débiles… más pesados y él insistía –no me sueltes – y en las vibraciones del suelo, filtrándose los deshechos por entre mis pies descalzos, conocí la angustia de haber nacido para ser extraviada.

-Está en nuestra sangre perder María – dijo Juan con inusitada cólera y tenía razón… Al menos le creí. Buscar fortaleza en ese momento era otra derrota premeditada… un niño como Juan no entendía verdades… sólo asumía con inocencia lo que le rodeaba. No avanzar, abrazando la intuición de los mudos era la nueva promesa y en ella se dejó hundir besando a cada muerto, saludando la crisis de nuestra era en las manos y torsos acorralando su respiración. Y le creí –pues el fracaso era nuestra consigna – El amuleto que daba molde a la orfandad que nos corroe –Suéltame fue lo último que sus ojos pronunciaron y en la escritura lo vi partir como una balsa hecha de cadáveres. Su cabeza envuelta en un saco, mi hermano pequeño, la silueta viva del perdón, sustrajo mi palabra de aquellos derroteros en busca de un hogar… aunque no supiese que es tal.

-Hija… puedes… ¿puedes o no?… puedes trazar los caminos de regreso, puedes con un dilatado adiós… dime puedes… – Escuche de boca de una anciana ciega que se despedía con una mueca de burla… Y con los huesos de Juan a cuestas como la única seña de un pasado y raíz, comencé el peregrinaje por rutas insondables.

…Y vi a los grandes profetas del último tiempo vender sus vidas por un texto que les significara mil más. Los vi cruzar fronteras condenadas y congregarse en las catedrales de todas las ciudades del mundo… buscaban mujeres que entendieran su sacrificio, que secaran sus lágrimas estando dispuestas a otra ronda. Los vi atorarse de pastillas para cuidar la noche, traficar momentos y moverse en busca de un depósito lo suficiente oscuro, para leer como una manada extinta las líneas finales de su pueblo… y los acompañaban las sacerdotisas, bellas y jóvenes, entregando sus cuerpos salvajes por un verso y todos andaban con sus libritos de oraciones bajo el brazo repitiendo entre murmullos el mismo juego… palabras llenas de tierna cólera, oníricas aves y viajeros trasnochados con nuevas viejas maneras de quebrar la piedra del molino.

Y en el transito como todos, conocí el desamor en manos ilusorias. Cansada detuve mis pies, puse un alto a la música y apreté las vendas con tal de anestesiar las multitudes ebrias y los caballos de antiguas estaciones.

Mi tiempo fue entregado a un macho anciano preñado de talento… fértil en  gritos y comilonas. Jugamos con los vagabundos del parque, iluminamos nuestra rutina con la locura del que observa la bruma dibujando el futuro y retozamos en plazas y clínicas devorando nuestra sangre.

Consagrada a su evangelio de violencia… lloré sus triunfos y en los cementerios en que hoy reposan nuestros hijos, abracé con demencia su amor por el odio…

*

Mastique con las manos aquella ansiedad de días… el gusto por tener entre tus labios el vacío insospechado y con ira dijiste cada mañana al despertarme a golpes -Debo martillar María sino desespero, debo martillar María… la imagen borrosa de mis flacas piernas en la habitación formaban un crucifijo… esa tarde oscura era el origen de lo insalubre, el odioso beso de hasta pronto… Abrir el aire espeso, cortar la duda… hendir, coger… gritar de nuevo, soñar con un muladar y hendir y coger y coger y morir… en la copiosa negra pileta  llena de barro -y la sal continuaba aterida al recuerdo… la muerte entre tus piernas, suave, fibrosa como un revoltijo de horas… como una araña enrolla a su presa en una lejana tarde, hoy tan sólo Pablo… una piedra en la memoria. // Empezamos / emulando algunos juegos que iniciaron la búsqueda de interiores menos maltrechos… sondeados por la culpa de los mártires  y esa familiaridad en el borde de nuestro olor y el perfil humedecido… ese perfil dices María… ese perfil digo Pablo… chisporroteando un apellido y la fraternidad del útero común.

 *

Harta del mito de las musas, hambrienta de asfixia y con las muñecas rotas, di libertad a la garganta pálida de promesas y miré mi propia vida como el texto que nunca pensé leer… nos vi saciados y aburridos en la cama… Sin pensarlo, a la manera de los saqueadores tomé los restos de Juan  -entonces olvidados a la fuerza en una esquina del fundo y partí en busca de aquellas tardes adolescentes en el cariño cicatrizante de otras muchachas que compartían el vicio de los hombres.

Su silencio me hizo cuestionar la noción pura de belleza e invierno e hice un voto de castidad. Sentados al pie de un extraño diseño empresarial… cobijados por el falso fuego, vi el alma herida de la especie… violación y enfermedad tranzada en las esquinas. Vi las salas de cine y los teatros convertidos en prostíbulos, luego templos protestantes y una vez más salas de espectáculos. Vi a los que se decían poetas hacer malabares en el senado  para congraciarse y a los congresistas huir con delusión por las anchas alamedas rumbo a sus casas de campo. Vi las playas y caminos sin asfalto ser clausurados por reformas que nunca empezaron. Vi las salas de clases como el purgatorio de los maestros y vi maestros jugar a la ruleta rusa durante los recreos.

Vi turbas imponer su fe… el miedo a la fe, el odio a la fe, la fe en el sexo, la fe en la radio, la fe en internet y a las modelos desnudas con fe en su belleza… La fe compraba consciencias, la fe vendía indultos… la fe en el otro estuvo de moda y el odio al otro fue un éxito… y vi al otro odiarse por como la buena fe los ha tratado… y me odie, y quise hablar contigo a solas… Me encerré en muchos baños a dormir, tome duchas interminables y busqué sentir el frío sudor de tu mano cuando sorteabas silbando los obstáculos en el camino y sólo pude Juan,  imaginar el bolso con tus restos reposando en un armario sin atreverme a abrirlo.

Lloré viendo titulares en todos los idiomas y traté de cumplir algunos de los que fuesen nuestros sueños… y vi la caída de mercados, muros, bombas y dictadores.

Reí comprando víveres  y siempre tuve en la mesa un plato hondo de sopa para ti. Y tuve amigos que encontraron eso extraño, otros rieron conmigo, algunos fueron más que amigos y luego nada… pero siempre el plato de sopa estuvo ilusoriamente esperando.

Y vi otras fantasías menos sanas recorrer las calles, vi plomo como el suelo en que transitaban familias, vi plagas de laboratorio y sombras como un esténcil de grasa en las ruinas de Dios, y vi a Dios un par de veces haciendo dedo rumbo a Villa Viciosa… pasé un par de temporadas muda… y al final sólo vi arder monedas de todas las denominaciones y escudos repetir con orgullo -la razón de la fuerza-

La reconciliación como bandera fue el credo de los sofistas mañaneros y el color cambiante de las paredes hizo la ciudad hostil. Vi un cuadro barroco navegar en la poza de ácido y de sus márgenes salieron tropas de máquinas y ángeles ruidosos que sembraron la tarde con azufre…. y de pronto no vi más.

Sólo escuche a los refugiados cruzar el río haciendo temblar la cordillera. Escuche el aullido indefinido de todas las edades y la pasión caníbal reclamó con urgencia y bendijo el agua. El enrarecido cielo  gemía con lenguas muertas y sentí como nunca –terror – Guarecida por cajas y periódicos, saque del viejo saco,  a tientas, el cráneo de Juan… lo tomé como si fuese a recitar un monólogo, me concentré en imaginar las cuencas donde yacieron sus ojos y recordé sus últimas palabras no pronunciadas y susurre –No me sueltes.

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