“La oficina gatuna”, por KENJI MIYAZAWA

by Mo Vásquez

by Mo Vásquez

Cerca de la estación del tren ligero está la Sexta Oficina Gatuna: un lugar exclusivo donde los gatos escudriñan sobre la historia y la geografía. Todos sus secretarios visten ropas desvencijadas, cortas y negras. Se trata de un empleo tan respetado que, cuando algún secretario deja su trabajo, todos los michos jóvenes tratan de  quedarse con su puesto. De cualquier manera, en la Oficina sólo hay lugar para cuatro secretarios; así que sólo aquel felino capaz de demostrar la mejor caligrafía y unas dotes excelentes para leer poesía puede aspirar a este oficio.

El Jefe de la Oficina es un gran Gato Negro, ya un poco viejo, de visión espléndida, empero. Adentro de sus ojos da la sensación de que hubiesen varios cables de cobre extendidos. Sus subordinados son: el Gato Blanco (primer secretario), el Gato Atigrado (segundo secretario); la Gata Calicó (tercera secretaria) y el “Gato Horno”.

Los “Gatos Hornos” no nacen como tal.

Se les conoce por este nombre debido a su manía por meterse en las estufas y dormir ahí, lo que produce que su cuerpo siempre esté sucio y se vuelva de color negro humo. Además, su nariz y orejas andan siempre impregnados de carbón, asemejándolos a un apache. Esa es la razón por la que los demás felinos desprecian a los “Gatos Hornos”. Cabe destacar que, bajo circunstancias ordinarias, ningún “Gato Horno” hubiera podido aspirar al puesto de secretario, aun cuando se hubiese matado a estudiar. Pero como el Jefe de la Sexta Oficina Gatuna era el Gato Negro, entonces la cosa cambiaba. De los 40 mininos que presentaron en su momento la solicitud para el puesto vacante de secretario, el Gato Negro decidió, contra todo pronóstico, elegir al “Gato Horno”.

En el centro de la gran Oficina Gatuna hay una mesa con un raso rojo y, frente a ésta, se encuentra acomodado el inconmovible Jefe: el Gato Negro. A su derecha quedan el Primer y la Tercera Secretaria (Gato Blanco y Gata Calicó), y a su izquierda se encuentran el Segundo y Cuarto Secretario (Gato Atigrado y “Gato Horno”). Cada uno está sentado en su silla frente una pequeña mesa.

Un día, alguien llama a la puerta.

El Jefe de la Oficina, el Gato Negro, se mete las manos en los bolsillos, y brama, arrogante:

—¡Entre!

Los cuatro secretarios ni se inmutan, sino que continuan con sus investigaciones, las cabezas inclinadas sobre sus apuntes.

En esas que entra el Gato Extravagante.

— Diga, ¿qué le trae por aquí? —le pregunta el Jefe.

— Verá, yo quisiera ir a la región de Bering. Quiero comer “Ratones Graciares”. ¿Dónde me aconseja ir?

— Uhm… Bien. ¡Primer Secretario!  ¿Dónde queda el hábitat de los “Ratones Graciares”?

El Primer Secretario abre sus apuntes de portada azul y contesta:

—¡En Usuteragomena, Nobaskaiya, en la cuenca del Río Fusa!

El Jefe de la Oficina se lo reporta al Gato Extravagante.

—Usuteragomena, Noba… ¿qué más?

—Nobaskaiya—dicen al mismo tiempo el Primer Secretario y el Gato Extravagante

—¡Claro! Nobaskaiya. ¿Qué más viene después?

—El Río Fusa— repiten al unísono el Gato Extravagante y el Primer Secretario

—Bien, Bien. Sin duda, el Río Fusa es un lugar idóneo.

—Otra pregunta, ¿cuáles son las precauciones qué debe tener uno cuando viaje a ese lugar? -inquiere el Gato Extravagante.

—Uhm… Bien. ¡Segundo Secretario! Dígame las precauciones que debe tener un excursionista que viaja hacia la Región de Bering.

—¡Sí, Jefe! —el Segundo Secretario hojea sus apuntes y dice—: Los michos de verano no son aptos para viajar.

Por alguna razón, todos los felinos fijan su vista en el “Gato Horno”.

—Los michos de invierno también tienen que tener mucho cuidado —continúa el Segundo Secretario—. En las cercanías de Hakodate existe el peligro de ser atraídos por la carne de caballo. Especialmente, si los gatos negros expresan airadamente su naturaleza felina hay una gran posibilidad de que los confundan con “zorros negros”. Se exponen a ser perseguidos.

—Bien. Dado que Vd. no es un gato negro como yo -dice el Gran Jefe-, no tiene que preocuparse demasiado. Lo único: tenga cuidado con la carne de caballo en Hakodate.

—Tengo otra duda: quiénes son las personas más influyentes allá —pregunta el Gato Extravagante.

—Tercera Secretaria, ¡Mencione los nombres de las personas más influyentes en la Región de Bering!

—¡Sí, Jefe! Son… en la Región de Bering… Sí, son dos personas: Tovasky y Genzosky.

—¿Quiénes son estos dos tipos: Tovasky y Genzosky?

—Cuarto Secretario. ¡Haga una semblanza de Tovasky y Genzosky!

—¡Sí, Jefe!

El Cuarto Secretario, el “Gato Horno”, ya tenía puestas cada una de sus cortas manos en las secciones en donde estaba la información sobre Tovasky y Genzosky, lo cual trajo la admiración del Jefe de la Oficina y el Gato Extravagante. Sin embargo, los otros tres secretarios lo vieron con unos ojos burlones y sonrieron despreciativos. El “Gato Horno” no puso mucha atención a esas miradas y leyó con todos sus esfuerzos sus apuntes:

—Tovasky es la cabeza de una tribu. Tiene una gran influencia moral y posee unos ojos brillosos y una mirada penetrante, pero es un poco lento al hablar. Por su parte, Genzosky es una persona adinerada. Tiene una reacción lenta al hablar, pero tiene una mirada penetrante.

—Con esto tengo suficiente. Me quedó ya todo claro. Muchas Gracias

El Gato extravagante dijo esto y se fue por donde vino.

*

Les habrá quedado claro, pues, de lo útil que resulta la Oficina Gatuna para los gatos. De todos modos, seis meses después de este episodio que les acabo de referir, la Sexta Oficina Gatuna fue disuelta.

Imagino que ya se habrán dado cuenta de la causa.

*

Los tres secretarios de la oficina le profesaban al Cuarto Secretario, el “Gato Horno”, un odio desmedido. Especialmente la Tercera Secretario, la Gata Calicó, que se moría de ganas por quitarle la responsabilidad de las tareas que el “Gato Horno” tenía encomendadas.

El “Gato Horno” hizo todo lo que pudo por congraciarse con el resto de mininos, pero no tuvo el menor éxito.

Veamos un ejemplo:

Un día, el Gato Atigrado dejó su almuerzo encima del escritorio y se dispuso a comer. Pero le atacó el sueño y no pude reprimir un bostezo, así que, con todas sus fuerzas, estiró sobre la mesa sus cortas extremidades

(dentro de la sociedad felina no es una ofensa hacerlo, inclusive frente a sus superiores. En el mundo de los humanos sería como enrollarse los bigotes)

Pero el Gato Atigrado cometió un error: y es que mantuvo erguidas las piernas y, así, el escritorio quedó como formando una pequeña colina. Ello provocó que la caja en donde estaba el almuerzo se deslizase y cayera al piso, justamente enfrente del Jefe de la Oficina. Como era de aluminio, la caja no sufrió ningún daño y el Gato Atigrado se reincorporó rápidamente. Estiró sus manos por encima del escritorio y quiso recoger la caja, pero como sus extremidades eran tan cortas no pudo agarrarla bien. Para complicarlo todo, la caja se iba deslizando de lado a lado.

El Gato Negro, comiéndose al tiempo un panecillo, le dijo sonriente:

—Oye, es imposible. Nunca vas a alcanzarla.

El Cuarto Secretario, el “Gato Horno”, que acababa de abrir la caja de su almuerzo, quiso ayudar y recogió la caja del suelo e intentó dársela al Gato Atigrado. Éste, al verlo, se puso furioso, y rehusó la caja que le ofrecía el “Gato Horno”, retrayendo sus manos. Indignado, y convulsionando el cuerpo, le reprochó:

—¡No puedo tolerar este insulto! ¿Trata de decirme que me coma ese almuerzo? Qué sinvergüenza que es Vd. Me pide que me trague algo que se cayó al piso.

—No, cómo puede pensar… Es que como vi que no era capaz de recoger la caja, pues yo sólo se la estaba pasando…

—¿En qué momento intenté yo recogerla, eh? Yo lo hice nada más porque era un ofensa para nuestro Jefe que esa caja se haya caído frente a él. Además, yo sólo pretendía que quedase bajo mi escritorio.

—Perdone, no me di cuenta, pero como ví que la caja se movía de lado a lado, pues…

—¡Vd. es un desgraciado! Le exijo un duelo…

—Ya, ya, ya, ya— el Jefe gritó en voz alta, casi gorjeando.

—¡Dejen de pelearse! El “Gato Horno” no recogió la caja para que tú Gato Atigrado te comiesess ese almuerzo. Por cierto, Gato Atigrado se me olvidó decirte esta  mañana que tu sueldo mensual aumentó 10 centavos.

El Gato Atigrado, aun enojado, bajó la cabeza en tanto que escuchaba las palabras del Jefe.

Al final, no obstante, se mostró satisfecho y sonriente:

—Jefe, disculpe este altercado, le ruego que me perdone —y se sentó mientras miraba con ojos de odio al “Gato Horno”—. Estimados amigos. Yo siento una profunda compasión por el “Gato Horno” —añadió.

*

Después de este incidente pasaron cinco o seis días, y se repitió una escena similar.

Hay dos razones que explicarían la ocurrencia de estas disputas. Las primera es la naturaleza indolente de los gatos, y la otra es que las patas delanteras de los gatos, es decir, sus manos, son muy cortas.

Esta vez el problema lo tuve el “Gato Horno” con la Tercera Secretaria, la Gata Calicó.

Por la mañana, antes de comenzar a trabajar, a la Gata Calicó se le cayó la pluma al suelo, y comenzó a rodar por el piso. La Gata Calicó podría haberse puesto en pie e ir a recogerla, pero era una gata perezosa, y se comportó de igual manera a como lo hiciese el Gato Atigrado. Esto es, puso sus dos extremidades encima de la mesa e intentó recoger en esa posición la pluma. Resulta obvio que así jamás alcanzaría la pluma.

La Gata Calicó era muy baja de estatura y comenzó a erguir su cuerpo hasta que, finalmente, sus patas se alejaron por completo de la silla. El “Gato Horno” dudó un momento en recoger la pluma. Aún seguía fresca la experiencia de la vez pasada. Así que estuvo un rato indeciso, hasta que no pudo mantenerse más tiempo al margen, y se levantó.

Se dio la casualidad de que en ese justo momento la Gata Calicó cayó al suelo, lastimándose muy fuerte la cabeza. Tan estruendoso fue el golpe que el Gato Negro, el Jefe de la Oficina, se alertó y corrió a por la botella de agua con amoniaco para que su subordinada recuperara la consciencia, pero la Gata Calicó se reincorporó de inmediato, irritada, gritando:

—¡“Gato Horno” eres un desgraciado, cómo te atreviste a empellarme!

El Jefe trató de apaciguarla de inmediato:

—Gata Calicó. Estás en un error. Fue culpa tuya. El “Gato Horno” sólo se paró para hacerte una cortesía. Ni siguiera te tocó. Sin embargo, bueno… este tipo de detalles no es lo que importa… Mejor… bueno, entrega el cambio de domicilio de Santotan— el Jefe dijo esto y se puso a trabajar de inmediato.

La Gata Calicó no tuvo más remedio que ponerse a trabajar de nuevo, y miraba con desprecio supino al “Gato Horno”.

*

El desprecio de sus compañeros de Oficina le hacía sufrir al “Gato Horno”, así que decidió dormir en las ventanas como lo hacen los otros mininos, por intentar amistarse con ellos. Mas no pudo contener sus estornudos en las noches frías y, finalmente, regresó de nuevo a la estufa.

El micho se cuestionó a sí mismo:

—¿Por qué tengo tanto frío? Será porque mi piel es muy delgada. Entonces, ¿por qué tengo la piel tan delgada? Porque nací en los días de canículas. Ah, claro: todo es culpa mía. No hay remedio— pensó el “Gato Horno” y una lágrima apareció en sus redondos ojos; —Empero, el Jefe siempre me trata con tanta amabilidad y todos mis camaradas, los “Gatos Hornos”, se sienten orgullosos de mí, ya que estoy en la Oficina. No puedo claudicar, no importa cuánto sufra; no me rendiré.

-¡Voy a superarlo! —se dijo llorando el “Gato Horno”.

*

Al final, el Jefe resultó ser una persona de poca confianza.

Los gatos parecen inteligentes, pero en el fondo son unos idiotas.

Un día, para mala fortuna del “Gato Horno”, se enfermó de gripe y se le inflamaron las articulaciones de las patas, impidiéndole caminar, obligándolo a guardar reposo. El “Gato Horno” intentó con todas sus fuerzas caminar, pero le fue imposible. Lloró y lloró, mientras observaba la luz que salía por la pequeña ventana del cobertizo. Lloró todo el día, frotándose los ojos.

Mientras eso sucedía, en la Oficina ocurrió lo siguiente:

— ¿Qué pasa? Hoy no ha llegado el “Gato Horno”—preguntó el Jefe en un intervalo del trabajo.

— Seguro que se fue de paseo a la playa —dijo el Gato Blanco.

— No creo. Estará de parranda —opinó el Gato Atigrado

—¿Hay alguna fiesta hoy? —preguntó sorprendido el Jefe de la Oficina—. No hay fiesta felina a la que no lo inviten.

—Dijo que hay una Ceremonia de Apertura Escolar en el norte.

—¿En serio?— el Gato Negro se calló y comenzó a pensar en voz baja.

—¿Y por qué invitaron al “Gato Horno”? —inquirió la Gata Calicó.

—Últimamente lo invitan en todos lados. Al parecer anda diciendo por ahí que va a ser el próximo Jefe de la Oficina. Por ello todos esos estúpidos le agasajan, quieren tenerlo de buen humor.

—¿Es verdad eso?— dijo el Gato Negro.

—¡Pues claro que es verdad, señor! ¿Por qué no lo investiga Vd. mismo? —dijo sañuda la Gata Calicó.

—¿Pero quién se cree que es ese bastardo? Yo que tanto he hecho por ese idiota. Si ese es su plan, se va a enterar.

Al día siguiente, la inflamación de las patas del “Gato Horno” había desaparecido y, así, bien temprano, se fue a trabajar. Contento. De camino le tocó lidiar con recias ráfagas de viento. Al llegar a la Oficina se dio cuenta de que sus preciados apuntes habían desaparecido de su mesa. Nada había sobre su escritorio. Sus apuntes habían sido desperdigados por las otras tres mesas.

—Ah, ayer fue un día muy arduo— dijo en voz alta el “Gato Horno”.

En esas se abrió la puerta y entró la Gata Calicó.

—Muy buenos días —la saludó el “Gato Horno”, puesto en pie. Pero ella no le respondió, se sentó en su mesa y comenzó a hojear sus apuntes como si estuviese muy ocupada.

Se escuchó un nuevo ruido. Era el sonido de la puerta; entró el Gato Atigrado.

—Muy buenos días —el “Gato Horno” se puso de nuevo de pie e hizo una reverencia, pero el micho hizo como si no lo viese.

—Muy buenos días —le respondió la Gata Calicó.

—Buenos días. Qué terrible viento, ¿no te parece? —le contestó el Gato Atigrado, y se puso de inmediato a hojear sus apuntes.

Otro nuevo ruido. Era el “Gato Blanco” que entraba a la Oficina.

—Muy buenos días —le saludaron el Gato Atigrado y la Gata Calicó.

—¿Buenos?, ¡Qué terrible viento!— dijo el “Gato Blanco”, y se puso con sus actividades laborales.

Al “Gato Horno” ya no le quedaban muchos ánimos para decir nada e hizo un gesto con la cabeza para saludar al “Gato Blanco”, pero éste ni se inmutó.

Se escuchó un nuevo ruido.

—Señores, ¡qué clase de vendaval es éste! —era el Gato Negro: el Jefe de la Oficina.

—Muy buenos días, señor —se pararon de inmediato los tres gatos e hicieron una reverencia.

El “Gato Horno” estaba en la inopia, pero logró bajar la cabeza para saludar al Jefe.

—Parece como una tormenta —dijo el Gato Negro, sin mirar al “Gato Horno”, y se dispuso a trabajar de inmediato.

—Bueno, hoy vamos a seguir con lo que hicimos ayer. Tenemos que hacer una pesquisa sobre los hermanos Amoniac y dar un veredicto. Segundo Secretario, diga cuál de ellos fue al Polo Sur.

De esta manera se pusieron en marcha las actividades en la Oficina. El “Gato Horno” se quedó callado, cabizbajo. No tenía sus apuntes. Quería decirles que no los tenía, pero no le salía la voz.

— Pan Polaris señor —respondió el Gato Atigrado.

— Muy bien. Transcriban Pan Polaris —dijo el Gato Negro.

—Ese es mi trabajo, señor, pero no tengo mis apuntes —replicó en voz baja, como para sí mismo, el Gato Horno. Daba la sensación de que iba a ponerse a llorar de un momento a otro.

—Pan Polaris regresó de su expedición del Polo Sur y murió en las costas de la Isla Yap. Su cuerpo fue enterrado en el mar —dijo el Primer Secretario, el Gato Blanco, mientras leía los apuntes del “Gato Horno”.

El Gato Horno estaba tan triste, tan acongojado que pensó que las mejillas le iban a explotar. Sentía que un chillido emanaba de ahí. Se contuvo mientras su cuerpo se hacía chico.

Dentro de la oficina la actividad laboral se intensificaba y muchas de las tareas tuvieron un avance. Todos parecían compadecer al “Gato Horno”, pero nadie le decía nada.

Se hizo la hora del almuerzo.

El “Gato Horno” no se comió los alimentos que había traído. Se puso las manos en las rodillas y bajó la cabeza.

Finalmente, a la una del mediodía, el “Gato Horno” no pudo contenerse más y comenzó a lloriquear, y siguió llorando. Plañó tres horas y dejó de hacerlo para luego volver a soltar el llanto. El resto de felinos seguía con su trabajo, disfrutando de esta sobrevenida autohumillación del “Gato Horno”.

Aunque ninguno de los gatos se hubiese dado cuenta, en la ventana que quedaba a espaldas del Jefe de la Oficina se podía observar la dorada cabellera de un solemne León, que había estado observando todo lo sucedido.

De súbito, el León llamó a la puerta y entró a la Oficina.

Los mininos se quedaron sorprendidos y comenzaron a deambular por todas partes, mientras que el “Gato Horno” dejó de llorar y se puso en posición de firmes.

El León dijo con una vigorosa voz colosal:

—¡Qué están haciendo Pedazo de Idiotas!, ¿De qué les sirve su estúpido conocimiento de la historia y la geografía si tienen esa actitud? Dejen de hacer lo que hacen. ¡Ordeno que se clausure este lugar!

Así fue como se clausuró la Sexta Oficina Gatuna.

Personalmente simpatizo con el León, pero sólo a medias.

 

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