“El niño de Neanderthal”, por JAIME JARAMILLO ESCOBAR

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Oh niño mío excavado, en cuya modestísima tumba se acumularon los siglos, las edades,
Balbuciente niño mío,
Setenta mil años desde los tiempos Würm
Y la cabra montés aún te rodea con sus cuernos
En Tshik-Tash, revestido de lajas;
No estaba allí para pintarte el ocre rojo,
Ni había ninguna otra cosa que aquellos cuernos de las altas culturas de caza,
Que bien te han defendido a falta de una punta de lanza.
Has atravesado con tus huesos la génesis y llegado con ellos hasta nuestros días,
Mudo y vencido en la vastedad de las edades,
Elocuente silencio de los niños
Que callan para darnos tiempo de comprender,
Abarcas con tu ternura más de cien mil años,
Nos extiendes las manos y no sabemos decirte nada.
Cuando te depositaron allí, abatido por la bestia de la fiebre,
Tus padres, que nada sabían,
Vieron que habías muerto y te abrieron un regazo en el suelo de la cueva.
Desaparecida tu ascendencia en la desolación de los continentes,
Te encontramos sin nombre y dijimos: –Este es el niño de Neanderthal,
Su raza dominó en Europa, ocupó todas las cavernas,
Y un día desapareció de repente, dejándonos este niño
Para que lo cuidásemos.
Te enviaron en ese viaje a través de la Prehistoria, del mismo modo que nosotros enviamos nuestro mensaje a las estrellas en una botellita con cohetes.
Para la fría época del Pleistoceno Superior, durante la glaciación,
Quedaste sepultado bajo el tiempo más pesado que la roca y el olvido,
Y he aquí que una mañana, cuando nadie te esperaba,
Fuiste apareciendo tan lozano y cariñoso, a flor de tierra estabas, a punto de probar el aire dulce.
–No pertenece a nuestra raza, dijimos, éste es un eslabón perdido, aquí se rompió la cadena. En el largo proceso falta este niño, pero es muy pequeño y no podíamos esperar descendencia suya, así que hemos buscado otro portillo en la evolución y hemos salido por ahí, y ahora tenemos este niño y nos ofuscamos y no sabemos qué hacer con él.
Oh niño mío, te acuno en mis brazos como a un abuelo,
En un rincón de la memoria inconsciente brillan tus ojos negros.
Por el río misterioso de tu sangre veníamos, desde el musgaño arbóreo y toda la rama de los símidos,
De rama en rama hasta el orgullo del Holoceno.
Aquí, decimos, hemos parado, plantamos nuestras tiendas y por fin somos hombres, casi dioses,
Homo Sapiens
Y no sabemos nada,
Un niño de cien mil años nos confunde.
Más dios eres tú que por lo menos te conservas en tu tumba,
Mientras nuestras cenizas son esparcidas a la interrogación de los vientos.
Más sabio tú que conocías el camino de regreso,
En tanto nosotros estamos aquí varados en mitad de la historia
Consultando mapas esféricos.
Alguien juega al billar con planetas.
Mientras tú reposabas hemos dado numerosísimas vueltas alrededor de la tierra y de ese modo construido las edades.
Desde que se inventaron los relojes no hemos tenido descanso.
Inventamos también la palabra Adelante para que nos precediera,
Y detrás de la palabra Adelante hemos circunnavegado el globo.
Últimamente en las naves más veloces viajamos de espaldas y a esto también lo llamamos ir adelante.
Si el Universo se encontrara de viaje hacia algún lugar, por ejemplo hacia “Tathmahinta que es el Codo izquierdo del Cuerpo de Dios”, según lo descubrió Apollinaire, o hacia “Adramar, que es un Dedo majestuoso del Pie derecho del Cuerpo de Dios”, entonces nosotros podríamos ser dueños de la palabra Ir y de la palabra Adelante, pero el Universo no puede desplazarse de su eje porque las estrellas saldrían disparadas como chispas de esmeril.
En la eternidad estás inconmoviblemente asentado, fuera del movimiento y del tiempo, porque la eternidad no suma ni resta, el círculo de la eternidad es infinito y te ha sido puesto como anillo al dedo, único adorno en tu morada, oh infante desposado de la Madre: dios femenino que fue el primero que conoció nuestra mente en la reserva y en el secreto del clan.
A ti que existes y no existes puedo hacerte la pregunta que no tiene respuesta, tú que eres portador del Sí y el No, que has atravesado los tiempos agarrado a unos cuernos de cabra, ningún otro navegante fue más lejos, un viaje hecho para nada, con prescindencia de todas las reglas de la economía.
Oh niño mío, único habitante del Limbo, el verdaderamente solo ante el horizonte, qué lejos estás, qué profundo en tu identidad irrescatable.
No procede el hombre de tu pacífico linaje.
El Dios de los hombres es guerrero, con un rayo Láser en la mano.
Los antropólogos han deducido que puesto que eras pacífico es porque eras menos inteligente.
La historia humana es la invención y el perfeccionamiento de sus armas hasta la Máquina del Juicio Final.
“Armas para la paz” es un contrasentido. Malicia y mala fe.
Cuando dejamos la caza de animales empieza el período en que el hombre se vuelve cazador de hombres y los leones se dedican a hacer payasadas en los circos o a sentarse tranquilamente ante los visitantes de los museos.
Vienes con tu esqueleto para dejar bien sentado el principio de nuestra preeminencia.
¿Qué es un esqueleto? “Restos”, decimos, pero un esqueleto es también una acusación, es una prueba, es un testigo, y por eso los generales huyen ante los esqueletos.
Si sacamos todos los esqueletos de nuestros hombres y los llevamos en procesión ante el general, el general no resiste, el general se desploma.
El antropólogo toma las medidas del cráneo y dice: –Que muera por segunda vez este niño, que este niño pase al otro tomo, sepultadle de nuevo antes del año cero,
No haya para él el ocre rojo, símbolo de resurrección,
Como tampoco lo habrá para nosotros,
Pues tampoco nosotros llegaremos a ser cuna del hombre,
Y en ese sentido somos hermanos del niño de Neanderthal, dos intentos frustrados, dos niños muertos.”

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