“Dos muertos en vida”, perfil de SANTIAGO AUSERÓN por LEOPOLDO MARÍA PANERO

Dos muertos en vida. Epitafio y sentencia para una democracia muerta (sobre Santiago Auserón y yo)

RadioFutura

Por si no fuera poco volver de la locura, de donde nadie vuelve, he aquí que nos ha tocado a mi amigo Santiago Auserón y a mí volver de la muerte, de donde tampoco se regresa. Si la presencia del héroe está dotada de carisma por representar una transgresión de la realidad, de la historia, la nuestra es doblemente carismática: “Y estamos los dos solos frente al cielo callando, y unidos por la mano, la mano de fantasma” decía yo proféticamente en uno de mis versos de El último hombre.
¡Qué dulzura será ahora acariciar tu piel, sabiendo que estás muerto, y que por tus venas se oye- cantar a los muertos! ¿Brilla el sol por ti, testimonian las águilas tu realidad? Porque bien se decía que “allá donde muere un hombre, las águilas se reúnen”.
No sólo tú y yo hemos muerto. El español ha muerto, el animal hispano, aquel que gritaba en el circo pidiendo no sé qué, algo que difícilmente podía en cualquiera de los casos recordarnos a ti y a mí, pues no nos conoció nunca. ¡Cuanto más suave es la piel del animal que recorre la arena del circo, semejando a la piel de un muerto, al sexo inefable de lo oscuro! Vosotros, amigos, que todo lo habéis probado, ¿habéis gustado del placer de tocar, no ya sólo un muerto, sino a alguien que va a nacer? No quisiéramos, yo y mi amigo, castigaros sin este último homenaje a vuestra lubricidad.
¡Porque nosotros, cristianos en el circo, no tenemos ideal más lúbrico que el paraíso, donde la comunidad de los santos realiza sus propias orgías en praderas que los ojos vuelven a voluntad materiales, para en ellas gozar sin que el espíritu, víctima muchas veces del sexo, salga aquí herido! Y si se trata de celebridad, no hay celebridad más gaya que la de destruir el mundo, si es verdad que no significan lo mismo las palabras chinas yen (cualidad de lo humano) y ta hio (cantidad de lo humano).
Poco disfraz es la piel ante el ojo de Dios. Porque tal parece que nunca estemos desnudos de verdad, que detrás del traje anida otro disfraz, y el cuerpo es nada sino una máscara. Y así, si nada es la idea y la ética, toda eyaculación es una eyaculación precoz. Si nada es la idea y la ética, sólo quedan de nosotros los pesados fantasmas de nuestras apariencias, el borracho, el pesado, el huido, fantasmas que me empeñé en rehuir desde la escritura, como una magia que me salvara del hombre. Y lo mismo puede decirse de una democracia que falta a su idea, que no cumple su palabra, que miente y huye y se esconde como un ladrón o un monstruo: preferimos algo más atroz, con tal de no vivir para siempre en la incertidumbre, de vivir y votar y morir sin luz. Y es que tal parece como si el mal no quisiera luz alguna sobre él, y temiera a la luz que gobierna el mundo, como los ojos del cuerpo. ¡Así es por ello que el mal es un misterio, como dijera lo mismo el Apocalipsis de San Juan que Stanislas de G u a f un misterio del que yo y Santiago Auserón hemos salido desnudos y ateridos de frío, tan sólo acaso para ser otra vez quemados por el humo de las bocas!.
¡Y caminar otra vez por el Gólgota del dolor y de la dicha, para tan sólo decir a los hombres: he aquí lo que sucedió con dos poetas que sólo amaron el miedo, y que miraban con pánico a los hombres! No era peor la muerte, si es verdad que vivimos, porque allá al menos al que cae se le levanta, y no se le escupe encima la palabra muerto, y no se llena con saliva el santuario.
No era peor aquel reino enterrado junto al mar donde, como decía yo en mi traducción del verso de Poe Annabel Lee, el diablo espera pacientemente la muerte del hombre, para que de nuevo dancen desnudos el poeta y su amada, unidos para siempre por un nombre y un sonido: Annabel Lee. Ese nombre, sí, ese epitafio obsesivo que hoy nos une a ti y a mí, no sé si para siempre, pero al menos para un hoy, para un presente que tiene más virtud que el mañana, mi querido Santiago Auserón.
Y si nos temen, qué mejor, para estar solos en nuestra propia casa, que es la casa del miedo.

panero (1)

“El nido del cuco”, suplemento cultural de Diario ABC, Madrid, España, 11 de junio de 1988

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