“El niño de lodo”, por ADOLFO MACÍAS HUERTA

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Mi corazón está triste, es un decir. Por supuesto: es sólo un músculo que bombea sin cesar, late en un hueco oscuro y sangriento, como un niño de esos en las fotos, cubierto de hollín, en una mina. ¡Te jodiste, hijito, ni modo! “Mi corazón es como un ave de luto”, me dan ganas de decir, recordando al niño enjaulado en casa de su abuela, con un plato de comida y una empleada sin zapatos, junto a la cual veía las telenovelas de la tarde en una salita, junto al piano mudo. El piano que no cantaba. Mi corazón es un piano de plumaje negro y sedoso. ¿Pero por qué un piano? ¿Por qué con plumas? ¡Qué mierda las metáforas, cuando me creo elegante! ¡Qué piano ni qué piano! Mi corazón es como un topo con hambre que avanza en la oscuridad de la tierra, olfateando sangre. Un ser obstinado y primitivo, como un lagarto, obedece a un ciego instinto y me devora, latido a latido. Mi corazón me devora y devora mi tiempo, me toma por la coronilla y me engulle entero desde el cráneo hasta los pies, todos los días. ¡Uno, dos, uno, dos! ¡Adentro! Con cada latido abre y contrae su garganta para que yo pase, con todo y zapatos. Pero esto, debemos todos coincidir, es demasiado. ¡Un lagarto! Demasiado animal para este musculito ensangrentado y elástico, que palpita en mi pecho y da tristeza. Tristeza que me vuelve niño, ese niño cubierto de lodo, traído por mamá a terapia y que no quiere saber nada. Niño arisco y huraño: niño cuervo, niño vomitado por una chimenea, niño salido de un pantano, niño embadurnado de brea. ¿De dónde carajo vienes, pequeño hombrecito? ¡Welcome my son, welcome to the machine! Dice Roger Waters en esa canción tan hija de puta. Bienvenido, hijo mío, a la familia. “Aquí te vamos a despellejar y a quitarte el silencio de la boca de un sopetón, te vamos a bañar y a poner zapatos, te vamos a enseñar tu nombre y a decir, al derecho y al revés, las tablas de multiplicar. Me disgusta mucho verte callado, boquiabierto como un idiota. Pero ya aprenderás, hijo mío. Vas a crecer, pero mal. Recordarás tus breves momentos de felicidad como en un sueño. Crecerás devorado por los latidos de tu corazón. Serás un topo sediento de sangre avanzando en busca del sol, pero solo hallarás tierra, gruñido y uñas. Te faltará el aire y lo que respirarás a bocanadas será algo ardiente e indefinible, como el odio. La tierra se seca entre tus dedos. Sufres. Así que mírame y cierra la boca. No trates de provocar mi piedad. Soy el señor Cabezotas y así debes tratarme: Sí señor Cabezota, no señora Cabezas, lo que usted ordene, Mr. Punkhead. Y punto. Y sobre todo, no trates de matarme cuando duermo, porque te cuento: para vergajos como tú tengo siempre un ojo abierto y la porra lista”. Yo escucho y callo. Soy un niño de lodo frente a los sabios de la Academia. Un objeto perturbador no identificado.  Soy flaco y hambriento, estoy cubierto de una costra negra y apesto. Madre pantano, madre cloaca, diría Sábato. Madre Sábado, Madre Sabbath. Madre cochina. Ronco y chillo como un marrano en el matadero. Me cago en sus mercedes. Soy un niño asesino. Prefiero dormir en la calle que sobre un colchón cálido, bajo dos manos monjiles. Quiero bailar sobre tu cadáver y morder tus vísceras, Dr. Encéfalo. Debe sentirse dulce tu sangre en mi boca, debe ser hermoso desprenderte la piel de la cara, despellejarte la mueca de autoridad satisfecha que pones delante mío. Me han arrancado de mi madre primordial y apesto. No debieron jamás hacer eso. Les va a pesar, les va a pesar. Usaré mis poderes para vengarme. Haré que sus estómagos los devoren desde dentro y sean su propia bazofia. Se comerán y cagarán enteros, hasta ser mierda completa.Te odio, profesor, te odio, hermano, te odio, padre. ¿Por qué me hiciste esto, madre? ¡No debiste sacarme de la mina, donde era embrión, donde la noche latía como un gamo enamorado! ¡No debieron jamás abrir ese piano para tocar sus putas rancheras, cuando yo era silencio, sarcófago santo, paz perpetua! No debieron jamás hacer eso, dice el cuervo: no debiste, Mr Punkhead, arrancarme del silencio y coserme sobre los hombros ese bulto de estropajo y cuero, blando, atormentado como pelota de fútbol pateada por cien colegiales en un día de lluvia. Ahora me parezco a ti, Señor Cabezota. Qué destino más hijueputa ser pelota de fútbol. ¡Toma, toma, toma! Con cada patada me aturden todavía más, me duele la cabeza y llueve, llueve, y me alejo: quiero mirarlos desde el cerro y pensar que soy un mago oscuro, provisto de un rayo en mi dedo índice.

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