“EL LIBRO URUGUAYO DE LOS MUERTOS” (fragmento), por MARIO BELLATIN

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…el niño le refirió que algunos meses atrás, justo antes de que efectuara el viaje con el coleccionista, le había pedido al padre que le comprara una rata en un centro comercial. El padre pensó, ante la petición del hijo, que era la oportunidad que siempre había ansiado: llevar una rata cargada sobre el hombro.

Como el padre ya había recibido en ese entonces la invitación del coleccionista para visitar los muñecos de la península, le preocupó quién iba a hacerse cargo del animal durante . No confiaba en que su hijo se hiciera cargo solo de aquel animal. Por eso antes de comprarla pagó un aviso en el diario donde solicitaba a alguien que la cuidara durante si ausencia. Sólo si recibía alguna respuesta positiva la adquiría.

En efecto, colocó en el diario que pedía a alguien que mantuviera por unos días a la rata de Bellatin, que era como llamaban popularmente al padre en ese entonces. Al día siguiente se recibieron algunas llamadas. Extrañamente, las primeras provinieron todas del Uruguay, de Montevideo principalmente.

Al principio fue para el padre un verdadero misterio recibir tales llamadas. Poco después se aclaró en algo el asunto. Por razones algo difíciles de explicar resultaba que el diario uruguayo reproducía los anuncios locales y viceversa, los anuncios locales eran reproducidos en el Uruguay.

Hasta que finalmente el padre recibió la llamada de un tal Heráclito, quien se ofrecía de buena gana a cuidar de un animal aún inexistente aunque él ignoraba por completo esa condición. El padre, después de hacer algunas preguntas de rigor, aceptó el ofrecimiento y así fue como el futuro cuidador empezó a comunicarse con la casa, casi a diario.

Heráclito hacía preguntas referentes al aspecto físico del roedor, a sus costumbres, a los horarios  en los que debía alimentarlo. A partir de ese momento el animal comenzó a formar parte de lo real. El padre bautizó a la rata con el nombre de Heráclita. Al futuro cuidador le mintió también sobre esto y le dijo que no tenía nombre, que se llamaba sencillamente rata.

El niño le contó a la sheika –los presentes seguíamos sentados oyendo al niño con atención- que su padre describía durante muchas horas seguidas, a través del teléfono, las dimensiones de la jaula, las horas en las que Heráclita tomaba su recreo, lo sedoso de su pelaje,lo inteligente de su conducta y el gusto que le daba desplazarse a todos lados sobre el hombro de su amo.

Heráclito cada día parecía entusiasmarse más con el animal. A veces titubeaba. Decía no sentirse apto para hacerse cargo de un roedor con semejantes características. Expresó en más de una ocasión que le causaba cierto resquemor no estar a la altura de las circunstancias.

El padre le decía entretanto que la rata saltaba de felicidad cada vez que se le mostraba la pechera con la que contaba para salir a pasear. Heráclito comenzó a repetirle al padre las dudas que le causaba el amor que comenzaba a sentir hacia Heráclita. En cierta ocasión le llegó a insinuar que a pesar de sentirse poca cosa al lado del animal, no veía la hora en que el padre saliera de viaje. Sugirió incluso una serie de visitas previas a la casa para estudiar bien cómo debía tratar en su momento a la rata. No quería fallar. Daba la impresión de aterrarle la idea de poder ser considerado un mal cuidador de ratas.

A estas alturas, la fecha del viaje del padre del niño estaba próxima. El amigo coleccionista parecía tener casi listos todos los detalles de la travesía. El padre tenía entonces que comenzar a idear la manera de deshacerse del animal inexistente. Aunque le había prometido a su hijo comprarle una rata si encontraba a alguien dispuesto a cuidarla, para  ese entonces era imposible conseguir un ejemplar con las características que con tanto detalle había otorgado. La vida de Heráclita debía tener un fin inmediato. No podía seguir existiendo eternamente en esa suerte de limbo que día con día el padre iba afinando.

El padre  había decidió además no comprarle el animal a su hijo por otra razón: sólo un demente dejaría una rara domesticada en manos de ese tal Heráclito.

No sé si los demás miembros reunidos en la mezquita pusieron la misma atención que yo le dediqué al niño cuando dijo que su padre cierta vez dejó descolgado todo el día el teléfono para evitar la llamada de Heráclito. La justificación del padre para realizar semejante acción fue que, supuestamente, de esa forma el cuidador de la rata supondría que algo extraño estaba sucediendo en la casa. En efecto, al día siguiente, cuando contestó la llamada, tuvo más confianza al decir que Heráclita había desaparecido y que para poder pasar la jornada buscándola en el sótano había descolgado el teléfono.

Heráclito quedó mudo. Se volvió de hielo, se lo dijo el niño a la sheika en nuestra presencia. El padre le contó al niño que la frialdad intempestiva de Heráclito podía ser percibida incluso a través del auricular. No puede ser, balbuceó. El padre del niño siguió mintiendo. Afirmó que no se preocupara, que no era la primera vez que Heráclita hacía algo semejante. Que ya otras veces había desaparecido en el sótano por varios días y en el momento menos pensado aparecía caminado en dos patas solicitando su comida habitual.

Es que los sótanos de la casa,prosiguió, eran inmensos. De una magnitud curiosa, pues contaban con una extensión aún mayor que la casa misma. Dijo también que por el medio pasaba un río subterráneo por el que seguramente Heráclita se deslizaba apenas se perdía y luego le era difícil regresar. Porque, recalcó el padre del niño, se trataba de una rata fiel y sus desapariciones estaban siempre más allá de su voluntad.

El padre colgó tranquilizado. Menos mal que nuestra casa cuenta con un sótano, le dijo a su pequeño hijo. Minúsculo, pero sótano al fin. Al decir esto daba la impresión de sentir que su mentira de alguna manera se atenuaba.

Al cuarto día le informó, a un Heráclito seguramente lívido, que daba por terminada la pesquisa. El padre le informó que se había enterado de que las autoridades sanitarias, al percatarse de la proliferación de roedores en la zona, habían envenenado el río subterráneo. Heráclito permaneció callado durante unos momentos. Lo siento, le dijo al padre del niño, y colgó.

Esa noche, el padre casi no pudo dormir. Demoró mucho más de lo habitual en cerrar los ojos. Cuando la sheika en la mezquita le preguntó al niño acerca de la condición en que ese momento creía que su padre estaba experimentando, le contestó que su progenitor asistía deforma semanal donde una psicóloga a la que el propio padre había bautizado como“La Consejera de las Pequeñas Cosas”.

Esa noche el padre –el niño dijo que lo sabía a ciencia cierta, aunque ignoraba como había llegado a esa conclusión- daba la impresión de querer encontrar un nexo entre la situación que acababa de vivir con la rata Heráclita y su vida en general…

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