“Todo menos el libro”, por ANTONIO ORTUÑO

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No estoy seguro de qué escribir. Me cuesta mucho terminar un párrafo. Pero lo que más me preocupa es que mientras no termine algo no voy a poderme dar a conocer”. Esto se lo escuché decir, hace un tiempo, a un joven aspirante a escritor. El muchacho (tendría unos veinte años) refirió en una reunión social, ante un público pequeño y boquiabierto, que le había dedicado tres semanas a su primera novela y tenía ya listos, a saber, el título, la dedicatoria, los epígrafes, la división capitular (y los respectivos sub-epígrafes y titulillos), su perfil autobiográfico para la solapa y hasta una propuesta de contraportada. También había elegido ya dos o tres retratos favorecedores para que las lectoras no tuvieran más remedio que caer rendidas ante sus encantos. Lo único que faltaba, se lamentaba él, era el texto en sí: ese apilamiento de letras que venía después de la hoja legal (que, por mera casualidad, no tenía adelantada) y el colofón. Lo detenía, pues, la obligación de que las novelas tuvieran que ser escritas antes de poder dar entrevistas a la CNN sobre ellas. Y los cuentos. Y lo que fuera. Conservaba, eso sí, un punto de prudencia: no tenía elegida aún la ilustración de la portada de su hipotética obra porque alguien le había dicho que a los editores les gusta ocuparse de esas cosas y no era cosa de arruinarles el momento.

Uno de los presentes era un promotor cultural (así se definía él, como quien confiesa que es plomero o cura) que, ante mi gesto de escepticismo, se apuró a decirme: “No te rías. Fulano es una promesa luminosa. Ya salió seleccionado en dos revistas y un suplemento”.

Las preocupaciones del promisorio autor no se limitaban a su incapacidad para escribir. También narró que se ocupaba febrilmente de actualizar la ficha sobre su vida y milagros que había subido a la Wikipedia. En ella, a pesar de que no hubiera podido ponerle el punto final a texto alguno, hablaba profusamente de las “etapas” de su trabajo, distinguía entre unos primeros meses “inmaduros” en los que quería escribir como JRR Tolkien y unos más recientes en los que se había decantado por el estilo de Kafka. También hablaba de “influencias” de Kawabata en su prosa aunque no tuviera prosa ni hubiera leído a Kawabata. Pero mencionar al japonés llevaría a los lectores de su ficha, esperaba él, a pensar que en su inimaginable literatura había una pepita de oro lista para ser pulida.

La historia tiene final feliz. El joven de porvenir nunca escribió la novela, claro, ni leyó a Kawabata. La luminosa promesa encontró en la venta de camisetas un camino menos espinoso para sus necesidades expresivas.  ¿Por qué llamo a eso final feliz? Porque a veces, cuando no puedo conciliar el sueño, me imagino el libro que habría escrito.

 

 

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