Capítulo 14 de “City”, por ALESSANDRO BARICCO

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—Hola.

—Hola —dijo Shatzy.

—¿Qué queréis tomar?

—Dos hamburguesas con queso y dos zumos de naranja.

—¿Patatas fritas?

—No, gracias.

—Si tomáis patatas cuesta lo mismo.

—No importa, gracias.

—Hamburguesas con queso, bebida y patatas, es el combinado n.° 3 —dijo señalando la foto que estaba a su espalda.

—Bonita foto, pero no nos gustan las patatas.

—Podéis tomar una hamburguesa doble con queso, combinado n.° 5, no lleva patatas y cuesta lo mismo.

—¿Lo mismo que qué?

—Que una hamburguesa con queso y zumo de naranja.

—¿Una hamburguesa doble con queso cuesta lo mismo que una hamburguesa con queso sola?

—Sí, si elegís el combinado n.° 5.

—Increíble.

—¿Combinado n.° 5?

—No. Queremos una hamburguesa sola con queso. Una cada uno. Nada de hamburguesas dobles.

—Como queráis. Pero estáis tirando el dinero.

—No importa, gracias.

—Entonces serán dos hamburguesas con queso y dos zumos de naranja.

—Perfecto.

—¿Postres?

—¿Quieres tarta, Gould?

—Sí.

—Pues añade una tarta, gracias.

—Esta semana, por cada postre que pidáis hay otro de regalo.

—Fantástico.

—¿Qué tomarás?

—Nada, gracias.

—Pero yo tengo que traértelo.

—¿Y eso por qué?

—Es la oferta de la semana.

—Ya entiendo

—Por tanto, tengo que traértelo.

—¿Pero ¿cómo que tienes que traérmelo? No lo quiero, no me gusta, no quiero acabar tan gorda como Tina Turner, no quiero meterme bragas de la talla XXL, ¿qué tengo que hacer?, ¿esperar a la semana próxima para comerme una hamburguesa con queso y solamente eso?

—¿Siempre te queda la opción de no comértelo. Pedir el postre de regalo y no comértelo.

—¿Entonces, ¿para qué lo pido?

—¿Para tirarlo luego?

—¿TIRARLO? Yo no tiro nada, tíralo tú, eso es, haz eso, lo coges y lo tiras, ¿okay?

—No puedo, me echarían.

—Aquí son muy rígidos.

—Okay, está bien, dejémoslo, tráeme esa tarta.

—¿Sirope?

—Nada de sirope.

—Es gratis.

—YA SÉ QUE ES GRATIS PERO NO LO QUIERO, ¿OKAY?

—Como quieras.

—Nada de sirope.

—¿Nata?

—¿Nata?

—Si quieres, hay nata.

—Si ni siquiera quiero

—No sé.

—Yo sí que sé: nada de nata.

—¿Para el chico tampoco?

—Para el chico tampoco.

—De acuerdo. Dos hamburguesas con queso, dos zumos de naranja, una tarta sin nada. Esto es para vosotros —añadió, ofreciéndole a Shatzy dos cosas envueltas en papel transparente.

—¿Qué demonios es eso?

—Chicle, es de regalo, dentro hay una bolita de azúcar, si la bolita es roja, has ganado diez chicles; si es azul, un combinado n.° 6 gratis. Si la bolita es blanca, te la comes y ya está. De todos modos, las reglas están escritas en el papel.

—Perdona un momento.

—¿Sí?

—Perdona, eh…

—Sí.

—Imaginemos por un momento que cojo este maldito chicle, ¿no?

—Sí.

—Imaginemos también que empiezo a masticarlo durante un cuarto de hora y al final encuentro una bolita azul.

—Sí.

—Entonces, ¿debería traértela, repleta de saliva, y dejártela aquí, y tú me darías un grasiento, frito y calentito combinado n.º 6?

—Gratis.Y, en tu opinión, ¿cuándo me lo comería?

—Inmediatamente, supongo.

—Yo quiero una hamburguesa con queso y un zumo de naranja, ¿lo has comprendido? No sé qué hacer con tres trozos de pollo frito más una de patatas mediana más una mazorca con mantequilla más una coca mediana. NO SÉ QUÉ NARICES HACER.

—Normalmente, se lo comen.

—¿Quién?, ¿quién se lo come? ¿Marlon Brando, Elvis Preslev, King Kong?

—La gente.

—¿La gente?

—Sí, la gente.

—Escucha, ¿podrías hacerme un favor?

—Claro.

—Quédate estos chicles.

—No puedo.

—Te los guardas para el próximo obeso que pase por aquí, ¿vale?

—No puedo, en serio.

—Jesús…

—Lo siento.

—De verdad.

—Dame esos chicles.

—No están mal, tienen sabor a papaya.

—¿A papaya?

—La fruta tropical.

—Papaya.

—Está de moda este año.

—Okay, okay.

—¿Nada más?

—No, cariño, nada más.

Pagaron y se fueron a la mesa. Colgada del techo había una pantalla de televisión que sintonizaba el canal FoodTV. Hacía preguntas. Si sabías la respuesta, la escribías en el espacio correspondiente de la servilleta de papel y la entregabas en la caja. Ganabas un combinado 2. En ese momento la pregunta era: ¿quién marcó el primer gol en la final del Campeonato Mundial de 1966?

1. Jeoffrey Hurst

2. Bobby Charlton

3. Helmut Haller

—Tres —murmuró Gould.

—Ni se te ocurra —le susurró Shatzy, y abrió el envoltorio de la hamburguesa con queso. En la parte interior de la tapa le apareció una etiqueta roja brillante. Estaba escrito ¡¡¡FELICIDADES!!! ¡HAS GANADO OTRA HAMBURGUESA! Y con letras más pequeñas: ¡Lleva rápidamente este boleto a la caja, recibirás una hamburguesa gratis y una bebida a mitad de precio! Había también una última frase, escrita de forma transversal, pero Shatzy no la leyó. Cerró con calma el envoltorio de plástico, dejando dentro la hamburguesa.

—Vámonos —dijo.

—Pero si no he empezado todavía… —dijo Gould.

—Pues empezamos desde cero.

Se levantaron, dejándolo todo allí mismo, y fueron hacia la puerta. Fueron interceptados por alguien vestido de payaso, aunque en la cabeza llevaba el sombrerito del uniforme del local.

—Un globo de regalo, señora.

—Coge el globo, Gould.

En el globo estaba escrito YO COMO HAMBURGUESAS.

—Si lo colocáis en la puerta de vuestra casa podréis participar en el concurso DOMINBURGUER.

—Colócalo en la puerta de casa, Gould.

—Cada domingo es elegida una casa con el globo expuesto y una furgoneta descarga delante de su puerta quinientas hamburguesas con bacon y queso.

—Acuérdate de dejar libre el camino de delante de la puerta, Gould.

—Hay también un congelador de trescientos litros en oferta especial. Para conservar las hamburguesas con bacon y queso.

—Lógico.

—Si se queda el de quinientos litros le regalan también un microondas.

—Fantástico.

—Si ya tiene, puede quedarse con un secador para el pelo de cuatro velocidades.

—¿Por si tengo que lavarme el pelo con las hamburguesas?

—¿Cómo?

—¿O lavarme el pelo con el ketchup?

—¿Perdón?

—Dicen que da brillo al cabello.

—¿El qué?, ¿el ketchup?

—Sí, ¿no lo has probado nunca?

—Pruébalo. La salsa bearnesa tampoco va nada mal.

—¿En serio?

—Elimina la caspa.

—Yo no tengo caspa, gracias a Dios.

—Te saldrá sin duda si sigues comiendo salsa bearnesa.

—Pero si no la tomo nunca.

—Ya, pero te lavas el pelo con ella.

—¿Yo?

—Claro, se nota por el secador.

—¿Qué secador?

—El que tienes colgado en la puerta.

—Pero yo no lo tengo colgado en la puerta.

—Piénsalo bien, lo pusiste cuando se escapó el microondas a cuatro velocidades.

—¿De dónde se escapó?

—Del congelador.

–¿Del congelador?

—El domingo, ¿no te acuerdas?

—¿Bromea?

—¿Tengo yo la cara de bromear?

—No.

—Respuesta acertada. Ha ganado usted quinientos litros de globos, que le serán entregados en hamburguesas con queso, hasta pronto, adiós.

—No entiendo.

—No importa. Hasta pronto, ¿vale?

—El globo.

—Coge el globo, Gould.

—¿Lo quieres rojo o azul?

—El niño está ciego.

—Oh, perdone.

—No importa. Suele ocurrir.

—¿Coge usted el globo?

—No, lo coge el niño. Está ciego, pero no es idiota.

—¿Se lo doy rojo o azul?

—¿No lo tiene de color vómito?

—No.

—Qué raro.

—Sólo rojo o azul.

—Dame el rojo.

—Aquí tiene.

—Coge el globo rojo, Gould.

—Toma, aquí tienes.

—Da las gracias, Gould.

—Gracias.

—De nada.

—¿Hay algo más que tengamos que decirnos?

—¿Perdón?

—Parece que no. Buenos días.

—¡Suerte el domingo!

—Y tú que lo veas.

Salieron del fast food. Corría un aire frío y terso, de límpido invierno.

—Qué mierda de planeta —dijo en voz baja Shatzy. Gould permanecía allí, en mitad de la acera, quieto, con un globo rojo en la mano. Estaba escrito YO COMO HAMBURGUESAS

—Tengo hambre —dijo.

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