“Leyes de los movimiento narrativo, criminal y traidor”, por JORGE VOLPI

 

LEYES DEL MOVIMIENTO NARRATIVO

Ley I

Toda narración ha sido escrita por un narrador.

Esta aseveración, que a primera vista parece no sólo tautológica sino decididamente estúpida, es más profunda de lo que se suele admitir. Durante años se nos ha hecho creer que cuando leemos una novela o un relato escritos en primera persona —sólo por poner un par de ejemplos aunque, desde luego, este libro no pertenece a ninguno de estos géneros—, nadie se encarga de llevarnos de la mano por los acertijos de la trama, sino que ésta, por arte de magia, se presenta ante nosotros como si fuera la vida misma. Mediante este procedimiento, se concibe la ilusión de que un libro es un mundo paralelo en el cual nos internamos por nuestra propia cuenta. Nada más falso. A mí siempre me ha parecido intolerable la mezquindad con la cual un escritor pretende esconderse detrás de sus palabras, como si nada de él se filtrase en sus oraciones o en sus verbos, aletargándonos con una dosis e supuesta objetividad. Seguramente no soy el primero en notar esta dolosa trampa, pero al menos quiero dejar constancia de mi desacuerdo con este escandaloso intento por parte de un autor de borrar las huellas de su crimen.

Corolario I

Por las razones anteriormente expuestas, debo aclarar que yo —una persona de carne y hueso, idéntica a ustedes— soy el autor de estas páginas. ¿Y quién soy yo? Como se habrán dado cuenta al mirar la cubierta de este libro —si es que algún editor se ha tomado la molestia de publicarlo—, mi nombre es Gustav Links. ¿Qué más pueden saber hasta ahora? Olvídense de mí por un momento y vuelvan a echar un vistazo a la portada. Claro: este volumen ha sido terminado —que no escrito— en 1989. ¿Y qué más? Lo poco que hasta el momento he podido contar: que participé en el fallido complot contra Hitler del 20 de julio de 1944, que fui arrestado y procesado y que el fatum, al fin, me salvó de la muerte…

Espero, sin embargo, que no me crean tan arrogante como para narrar, de una vez por todas, mi vida entera. Nada más alejado de mi intención. Como han dejado dicho muchos otros antes que yo, no seré más que el guía que habrá de llevarlos a través de este relato: seré un Serenius, un Virgilio viejo y sordo que se compromete, desde ahora, a dirigir los pasos de sus lectores. Por obra de la suerte, de la fatalidad, de la historia, del azar, de Dios —pueden llamarle como quieran—, tuve que participar en los acontecimientos que expurgo. Puedo jurarlo: lo único que pretendo es que ustedes confíen en mí y, por tanto, no puedo engañarlos haciéndoles pensar que yo no he existido y que no he participado en los trascendentales hechos que me dispongo a exponer.

Ley II

Todo narrador ofrece una verdad única.

No sé si alguna vez hayan oído hablar de Erwin Schrödinger. Además de ser un gran físico —el descubridor de la mecánica ondulatoria—, una mente de primera y uno de los actores principales de esta historia, era una especie de don Juan escondido en el cuerpo de un enjuto maestro de escuela (ahora me atrevo a referirme a él con esta confianza, pero cuando lo conocí nunca me hubiese atrevido a dirigirme a él con esta familiaridad). Usaba unos anteojillos redondos de lo más simpáticos, y siempre estaba rodeado de mujeres hermosas, pero esto ahora no viene a cuento. Lo traigo a colación, desordenando la cronología, sólo por extrema necesidad. Aunque una idea semejante se le había ocurrido a los sofistas en la Grecia clásica, así como al escritor norteamericano Henry James en el siglo pasado, fue el buen Erwin quien sentó las bases científicas de una teoría de la verdad con la cual me siento particularmente satisfecho. Ahora no voy a explicarla con detalle, así que me limitaré a invocar una de sus consecuencias más inesperadas: yo soy lo que veo. ¿Qué quiere decir esto? Una perogrullada: que la verdad es relativa. Cada observador —no importa si contempla un electrón en movimiento o un universo entero— completa lo que Schrödinger llamó el “paquete de ondas” que proviene del ente observado. Al interactuar sujeto y objeto se produce una mezcolanza indefinible entre ambos que nos lleva a la nada asombrosa conclusión de que, en la práctica, cada cabeza es un mundo.

Corolario II

Las consecuencias de la afirmación anterior deben de parecer transparentes como una gota de rocío: se trata de una de las excusas más antiguas de que se tenga noticia. La verdad es mi verdad, y punto. Los “estados de onda” cuánticos que yo completo con mi acto de observación son únicos e inmutables, gracias a un montón de teorías que no me encargaré de revisar ahora —el principio de incertidumbre, la teoría de complementariedad, el principio de exclusión—, por lo cual nadie puede decir que tiene una verdad mejor que otra. De nuevo: al advertir todo esto, no quiero sino poner mis cartas sobre la mesa. Puedo resultar intolerable, falso, incluso embustero, pero no por voluntad propia sino por una ley física que no puedo sino obedecer. No tengo, entonces, por qué pedir disculpas.

Ley III

Todo narrador tiene un motivo para narrar.

El problema de los axiomas es que siempre suenan tan insoportablemente obvios que muchas personas creen que pueden volverse matemáticas de la noche a la mañana. Qué remedio. En fin: si estamos de acuerdo con la Ley I, que afirma que cada texto tiene un autor, y con la Ley II, que indica que ese autor es dueño de una verdad exclusiva, esta nueva norma debe resultar aún más tediosa: si las cosas no salen de la nada, es porque alguien pretende que así sea. Sé que con el mundo no ocurre de este modo —por lo menos, no parece que pronto vayamos a saber por qué a alguien se le ocurrió crearlo—, pero yo no soy responsable de la incertidumbre que existe fuera de estas páginas. Debemos desterrar esa maldita tentación teológica que tienen los críticos literarios —y científicos, por cierto—, según la cual los textos son como versiones actualizadas de la Biblia. Ni un autor se parece a Dios —yo puedo asegurarlo— ni una página es una mala imitación del Arca de la Alianza o de los Evangelios. Y, por supuesto, los hombrecillos que aparecen bosquejados con tinta tampoco son criaturas similares a nosotros. Nuestro gusto por las metáforas puede meternos en grandes aprietos. A diferencia de lo que sucede con el universo —éste es el misterio de todos los misterios—, los libros siempre son escritos por algún motivo, por más mezquino que éste sea.

Corolario III

Pero tampoco den por seguro que va a ser tan fácil descubrir mis razones. La investigación científica —la que yo realicé durante tantos años, la que ustedes se disponen a llevar a cabo ahora— nunca ha sido similar a la preparación de una tarta con la receta de la abuela. ¡Cómo me hubiese gustado que fuese así! ¡Cuántas complicaciones me habría ahorrado! De manera que no se entusiasmen en exceso: no pretendo decirles ahora, de un tirón, cuáles son mis intenciones. Aunque las tenga, quizás yo mismo no alcanzo a ordenarlas del todo. Si tienen un poco de paciencia, les toca a ustedes averiguarlas. Recuerden a Schrödinger: para que haya un verdadero acto de conocimiento, debe haber una interacción entre el observador y lo observado, y ahora yo me encuentro en esta segunda (algo incómoda) categoría. Disfruten, como yo lo he hecho con tantas otras obras, analizando los efectos que se les presentan y tratando de rastrear sus causas. Ésta es la clave del éxito científico. Podría facilitarles la tarea afirmando que quiero establecer mi propia versión de los hechos, ofrecer mis conclusiones al mundo o simplemente asentar mi verdad, pero a estas alturas de mi vida —cargo con más de ochenta años encima— no estoy seguro de que estas razones me satisfagan. Si me lo hubiesen preguntado hace cuarenta años, veinte incluso, no hubiese dudado en suscribir las tesis anteriores. Pero ahora, cuando sé que mi vieja amiga tenebrosa está acechándome a cada instante, que cada respiración me cuesta un esfuerzo sobrehumano, que los actos que para ustedes resultan cotidianos —comer, bañarse, defecar— son para mí una especie de milagro, no puedo saber si mis convicciones siguen siendo las mismas. Les corresponderá a ustedes, si aceptan el desafío —qué ampuloso; digámoslo mejor: el juego—, decirme si he tenido razón, o no.

LEYES DEL MOVIMIENTO CRIMINAL

Ley I

Todo crimen ha sido cometido por un criminal.

El origen de este precepto es muy antiguo, aunque su formulación moderna se deriva de las Leyes del movimiento de Newton de manera evidente. Pues ¿qué es un crimen sino un movimiento emprendido por alguien, una acción que sucede en el espacio y en el tiempo absolutos, un acontecimiento por el cual un cuerpo escapa de la inmovilidad mientras otro se sumerge en ella, acaso para siempre?

Veamos. Dice sir Isaac: “Todos los cuerpos perseveran en el propio estado de reposo o movimiento uniforme en línea recta, a menos que se vean forzados a cambiar ese estado por una fuerza impresa sobre él.” ¿No es ésta la perfecta definición de los asesinatos, las violaciones, las masacres? Newton podría haber sido un criminólogo experto. Los seres humanos perseveran en su propio estado, de acuerdo con la inercia de su educación, sus costumbres y su temperamento a menos que sean bruscamente sacudidos por una fuerza extraña. La violencia es la nota dominante en este cambio de estado. Uno, por sí mismo, querría permanecer como está, y sólo la fuerza —física o mental— de otro es capaz de trastornarnos, de enloquecernos, de destruirnos. Cuando Caín golpea a Abel, cometiendo ese primer acto fundador de la civilización que es el homicidio, no hace otra cosa que socavar el orden establecido perturbando la creación pero, al mismo tiempo, permitiéndole avanzar hacia el futuro. Sin esta brutalidad iniciática seguiríamos encerrados en el fondo de nuestras cavernas, esperando que nada cambie a nuestro alrededor.

A continuación, Newton añade: “El cambio de estado es proporcional a la fuerza motriz que se le imprima, y ocurre a lo largo de la línea recta en la cual se imprime esa fuerza.” Para tener una idea precisa de este concepto, basta con imaginar un pelotón de fusilamiento —o miles de ellos— lanzando sus balas en línea recta contra el pecho descubierto de sus enemigos…

Por último, el físico inglés escribe: “A cada acción corresponde una reacción igual y contraria: esto es, las acciones recíprocas de dos cuerpos son siempre iguales entre sí y dirigidas hacia partes contrarias.” Existen pocas frases tan perfectas e influyentes como ésta. Una verdadera muestra de genio. Con ella, no sólo se describe el desplazamiento, sino todas las batallas que se llevan a cabo en el universo. Cada vez que un ser humano toma una decisión, se esfuerza en sobrepasar sus límites o intenta doblegar la voluntad de otro, sea para enamorarlo, convencerlo o asesinarlo, cumple con las leyes de la mecánica clásica.

La confirmación de la Primera ley del movimiento criminal se vuelve, pues, un juego de niños: todos los crímenes han sido cometidos porque alguien, desafiando la inercia, se ha lanzado, gracias a su propia energía, contra uno de sus semejantes. Siempre que uno encuentra un cadáver ensangrentado, una mujer desgarrada o una cámara de gas todavía humeante, puede estar seguro de que ha habido una lucha entre dos voluntades opuestas, con acciones y reacciones cuyo dramatismo basta para sobresaltarnos.

Corolario I

¿Cuál era el crimen de Klingsor? ¿Cuál era el crimen que el teniente Bacon, ayudado por mí, se esforzaba en investigar? Ésta debió ser la primera pregunta que el joven físico debió plantearse. Para buscar a un criminal, lo primero que uno debe conocer es el crimen que supuestamente ha cometido. Enfebrecido, el teniente Francis P. Bacon se lanzaba a perseguir a alguien, furioso y obcecado, como si se tratase de una misión divina, de un encargo fatídico, cuando —vaya torpeza, vaya ingenuidad— ni siquiera tenía una idea clara de la razón para buscarlo. ¿Que había hecho? ¿Qué lo hacía tan codiciable? ¿Por qué debía ser castigado? ¿Cuál era su culpa?

Ley II

Todo crimen es un retrato del criminal.

Quien es capaz de asesinar, robar o traicionar, no cesará en su intento de justificarse y de establecer, por tanto, su propio índice de verdad sobre los hechos que ha provocado. Al imprimir una fuerza sobre otro, el criminal no sólo doblega su voluntad, sino que impone sus condiciones. Casi es inútil repetir la formulación coloquial de este precepto: la historia es escrita por los vencedores, del mismo modo que el criminal defiende su inocencia.

Matar o violar no sólo implica ejercer una vejación física, un movimiento que altera a otro ser humano, sino también el deseo, por parte del criminal, de sellar su propia verdad. No hay nada más locuaz que las víctimas, pero no tanto por sus palabras como por el significado de sus llagas o sus cicatrices. Un cadáver, una herida o el fracaso ajeno son los textos —las huellas— con los cuales el criminal expresa su concepto del mundo. Todos los criminales están obsesionados por el recuento de sus actividades, tanto o más que aquellos que los persiguen e intentan castigarlos. Sólo que su verdad es otra, elusiva y torva, ajena a la rígida lógica de sus perseguidores. Si uno asesina a alguien —o incluso a millones, como es el caso— procura paliar su culpa con una versión de los hechos que lo redima o, por el contrario, intenta escapar de la historia, perderse en el anonimato de quienes callan. Pero aun ese silencio es su verdad. El auténtico investigador, como el auténtico científico, debe leer cuidadosamente los hechos para no dejarse engañar: debe estar preparado para descubrir, en cada caso, los signos que muestran, presuponen o revelan la voluntad del criminal que ha quedado asentada en el mundo.

Corolario II

¿Era posible saber de Klingsor a través de su obra? ¿Adivinar su importancia? ¿Medir su fuerza? ¿Dónde mirarlo? El mundo que nos entrega un criminal prófugo es como un tablero de ajedrez. La metáfora no puede ser más adecuada: mirar su obra es como contemplar una partida a la mitad, de modo que es preciso imaginar cuál ha sido su inicio para Poder planear sus posibles finales. ¿Cómo encontrar a Klingsor? Si las Pruebas de su existencia no bastaban, por sus propias obras. Por la influencia que ejerció en los demás, por los signos que dejó en su camino, por su propia teoría del mundo impresa en los rostros de sus víctimas.

Ley III

Todo criminal tiene un motivo.

Quizás debiera matizar este precepto: sólo los grandes criminales, los verdaderos criminales, están dispuestos a defender sus actos hasta las últimas consecuencias. Maquiavelo era uno de estos hombres y no, por cierto, el peor de ellos: el fin justifica los medios o, en otras palabras, un crimen no es un crimen, sino un acto de justicia revolucionaria, de redistribución de la riqueza, de bondad, de legítima defensa, de filantropía… En nombre de las ideas más absurdas e incomprensibles —raza, religión, partido, frontera— se cometen los peores pecados.

El auténtico criminal se considera a sí mismo como un virtuoso y, en cierto sentido, lo es. Robespierre, Hitler o Lenin son sólo los mejores ejemplos de una larga cadena de puros, entre los que no hay que descartar los nombres menos mencionados de Truman, de Mahoma o de varios papas. Estos criminales nunca actúan por maldad, perversidad o ligereza sino —vaya paradoja— por deber. Su tarea no es sencilla ni divertida: si la llevaban a cabo es porque ésa es su misión en la vida. A estas alturas del siglo, cuesta trabajo creer que Hitler o Stalin estuviesen convencidos de que hacían lo correcto, que no eran unos bellacos pervertidos que gozaban con la tortura ajena (al menos no siempre), sino simples salvadores de la humanidad. Pero lo cierto es que, tanto para los nazis como para los soviéticos, sus actos no eran criminales. Estos hombres lograron una inversión de valores tal que la virtud y el bien, que por naturaleza representan grandes esfuerzos para el ser humano, pasaron a ocupar el sitio que nosotros le concedemos a la aberración. Esta acción, este movimiento, deja de ser egoísta y transforma al criminal en asceta. Y, a su obra, en un abyecto puritanismo del mal.

Corolario III

¿Era Klingsor un criminal verdadero? ¿Creía, como Hitler, su amo, que su tarea estaba encaminada a salvar a la humanidad? ¿Era otro de esos místicos de la desesperación que se paseaban con uniformes negros e insignias de las SS, dispuestos a llevar a cabo las operaciones más ingratas para servir a un fin superior? ¿Era, como todos los grandes hombres, un portador de la fe? ¿Un esclavo del deber?

Formulo las preguntas de otra manera. ¿Dios necesita un motivo para realizar sus actos? Una cuestión interesante, que hizo las delicias de los sutiles doctores medievales. ¿Tiene Dios motivos para ser bueno? ¿Es bondadoso por algo? La respuesta de los teólogos es negativa. Dios es la Bondad misma y no necesita de un motivo para otorgar su gracia. De otro modo, se rebajaría, se volvería utilitario y humano, demasiado humano…

¿Y el demonio es perverso por alguna razón? Este problema es aún más complicado. ¿El diablo trama su maledicencia gratuitamente? ¿O persigue una meta? Las teorías, aquí, se disparan. Hay quien afirma que, en efecto, su intención es socavar el plan de la Creación, que su tarea es sembrar el desorden, conducir el universo hacia el caos… Es el Señor de la entropía, diríamos ahora. ¿Y por qué hace todo esto, por qué insiste en llevarnos a la muerte? Fácil: para demostrar que es tan poderoso como su Adversario. Otros demonólogos, sin embargo, piensan otra cosa: Satán es malvado sin causa alguna… Si tuviese motivos, deberíamos aceptar que no es tan perverso, que en ese deseo de controlar el cosmos todavía hay algo lógico, comprensible y, por tanto, existe una razón para que en el Juicio Final su soberbia sea perdonada. En cambio, si pensamos que el mal no tiene fundamento, podemos estar seguros de que nos hallamos frente al horror absoluto: la sinrazón. Lucifer, el Ángel Caído, no sólo gobernaría el infierno, sino también el azar. Hitler y Stalin eran, desde luego, encarnaciones de la primera teoría: demonios menores. Actuaban con un fin, creían hacer lo correcto y, aún peor, murieron creyéndolo. Teológicamente, apenas puede calificárseles de herejes. ¿Y Klingsor?

 

LEYES DEL MOVIMIENTO TRAIDOR

Ley I

Todos los hombres son débiles.

¿Por qué somos débiles? Por la simple razón de que no conocemos el futuro. Vivimos en un presente eterno, obsesionados con desentrañar el porvenir. Somos, todos nosotros, miserables buscadores de lo incierto. ¿Qué hacemos entonces para ocultar nuestra debilidad? Inventar, imaginar, crear. Nos empeñamos en la idea de que hemos sido arrojados a este océano con el objetivo, sutilmente diseñado por una mente perversa, de resolver al menos alguna de estas dudas. A partir de esta primera pista, suponemos que somos detectives en busca de un villano escondido en alguna parte. Observamos la realidad como un crimen y, entusiasmados con esta metáfora policíaca, nos lanzamos a resolverlocomo si fuese un puzzle de cientos de millones de piezas. El científico y el astrólogo, el chamán y el médico, el espía y el apostador, el amante y el político no son sino variantes, apenas disimuladas, del mismo patrón.

Corolario I

En medio de la confusión permanente, nunca falta quien aprovecha la ceguera ajena para aliviar sus propios temores. Alguien se eleva por encima de los otros y, como si se tratase del mayor acto de heroísmo, insiste en ser dueño de una verdad superior. Convencido de sus propósitos, se lanza a procurar el bien de su pueblo, de su raza, de sus amigos, de sus familias o de sus amantes, según el caso, imponiendo su propia fe a la incertidumbre ajena. Toda verdad proclamada es un acto de violencia, una simulación, un engaño. ¿Cuándo un débil se convierte en fuerte? No es tan complicado. Todo aquel que puede hacer creer a los demás —a los demás débiles— que conoce mejor el futuro es capaz de dominar a los otros. Su influencia, claro está, se basa en una ilusión: como señaló Max Weber, el poder no es más que la capacidad de predecir, con la mayor exactitud posible, la conducta ajena.

Hitler era un visionario: alguien capaz de dirigir a sus semejantes gracias a un don divino —o diabólico— que le permitía ver más lejos que a los otros. Ante un hombre así, uno sólo tiene dos opciones: huir o callar. Para él, el futuro era tan claro como el presente. ¡Cuánta envidia puede generar un individuo así! Mientras los demás somos incapaces de imaginar • lo que ha de ocurrir después de unas semanas, de unos meses, a lo sumo de un par de años, Hitler creía pensar en milenios. ¿Cómo no aborrecer nuestra miseria y cómo, por ello mismo, no adorar su Verdad?

Ley II

Todos los hombres son mentirosos.

Si, de acuerdo con el Teorema de Gödel, cualquier sistema axiomático contiene proposiciones indecidibles; si, de acuerdo con la relatividad de Einstein, ya no existen tiempos y espacios absolutos; si, de acuerdo con la física cuántica, la ciencia ya sólo es capaz de ofrecer vagas y azarosas aproximaciones del cosmos; si, de acuerdo con el principio de incertidumbre, la causalidad ya no sirve para predecir el futuro con certeza; y si los individuos particulares sólo poseen verdades particulares, entonces todos nosotros, que fuimos modelados con la misma materia de los átomos, estamos hechos de incertidumbre. Somos el resultado de una paradoja y de una imposibilidad. Nuestras convicciones, por tanto, son necesariamente medias verdades. Cada afirmación equivale a un engaño, a una demostración de fuerza, a una mentira. Ergo, no deberíamos confiar ni siquiera en nosotros mismos.

Corolario II

Por más que intentemos escapar a este vicio atroz, nuestra propia naturaleza lo impide. El engaño anida en nuestras mentes y en nuestros corazones como un parásito en el cuerpo de su víctima. Mentimos por las razones más impensadas: para obtener ventajas y para defendernos de los ataques, para resguardamos y para exhibirnos, para lastimar a nuestros enemigos y para proteger a quienes amamos. Y a veces mentimos sólo por costumbre, porque, inmersos en el vacío del cosmos, ya ni siquiera sabemos quiénes somos; porque la verdad es sólo un espejismo; porque no conocemos otro territorio que el de la falsedad… Si yo mismo no sé si miento, ¿cómo han de saberlo los otros?

Ley III

Todos los hombres son traidores.

Sólo puede convertirse en traidor quien atesora al menos una certeza, al menos una verdad vital y necesaria que por eso debe encargarse de destruir. Su destino es trágico y cruel: es el de quien rompe los límites de su propio sistema, quien lucha contra sí mismo, quien desafía los principios en los que cree. Casi me atrevería a llevar esta meditación al extremo: sólo es un traidor auténtico quien a la postre se autoaniquila. Oscar Wilde lo dijo de otro modo: los hombres sólo matan lo que aman. Es cierto. En el vasto reino de las tinieblas, éste es uno de los pocos patrones que se repiten, una de las pocas leyes que no admiten excepciones.

Corolario III

Los enamorados son los profetas más perversos, los héroes más tristes, los iluminados más ciegos. Defienden su amor como la única verdad posible, como lo único que importa en el universo, como la religión suprema y, en su nombre, someten a los demás con la misma fuerza y la misma violencia de los dictadores y los verdugos. Su verdad, creen ellos, los salva. Su dogma les permite corromper y destruir, lesionar e inutilizar, decidir, por sí mismos, la suerte de quienes les rodean.

En América, el teniente Francis P. Bacon le mintió a las dos únicas personas que le importaban: Vivien y Elizabeth. Mientras tanto, yo hacía lo mismo con Heinrich, con Marianne y con Natalia… Más tarde, proseguiríamos, acaso sin demasiada conciencia, alargando esta cadena de pecados. En todos los casos, el amor bastaba para redimirnos. No nos dábamos cuenta de que todos los absolutos —y el amor es el mayor de ellos— producen traidores.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s