“El suicidio como forma de conocimiento”, por E.M. CIORAN

Para matarse es necesario ser sorprendido por la desgracia, hay que ser apto para concebir algo fuera de ella. Sólo un alma recientemente invadida por las decepciones puede resolverse a un acto tan capital. El que se ha acostumbrado a no creer más en la vida, el que se ejercita plenamente para no esperar nada de ella, nunca se atreverá a concluir mediante un gesto una amargura inveterada. Ha adquirido el automatismo de la desgracia; se ha salvado. Demasiado bien sabe que nada desmentirá esta hez de lo irrepàrable en la que ha naufragado su esperanza, y que en su corazón, los seres y las cosas han depositado toda su quintaesencia de horror y de pobredumbre. Para acabar con uno mismo es indispensable haber imaginado la felicidad durante mucho tiempo, estar disponible para la novedad, haber sido aplastado por lo inaudito. En cambio, para un clásico de la infelicidad no hay nada inaudito; todo es interminable, los sufrimientos se encadenan pero nunca tiene fin; lo irremediable, en lugar de ser una revelación, es un sistema, su sistema. Y así posterga la genialidad del suicidio; para matarse hay que saber qué matar. Cuando uno arrastra su ausencia y con ella, no resquemores, sino la idea de ellos, no es posible liquidar en la carne la abstracción de lo que no es, ni ahogar en la sangre la falta ideal de consuelo. ¿De qué deshacerse, cuando no pertenecemos a nada, cuando ya no podemos mendigar ninguna ilusión, cuando las lágrimas exigen una prodigiosa iniciativa y unos recursos inmensos? El suicidio requiere entusiasmo, es una inspiración: una desgracia fresca y resuelta, demasiado sedienta de acción y sometida a los reflejos.

Hay quien, vacilante, sucumbe, a fuerza de reflexión, en el umbral de su propia supresión. Hay quien se mata mil veces en el pensamiento y mil veces comienza de nuevo a ser.´

Éstos viven sus días como el día antes o el día después del suicidio. Y cada vez matan algo en su interior; lo que va quedando compone su “vida”. Así, el acto más importante que un ser pueda ejecutar se convierte en ejercicio, en medio de conocimiento. Todo lo que saben se lo deben a esos momentos de indeterminación y cobardía, a esas tentaciones geniales y frustradas. La percepción perentoria de las apariencias, bajo las que se agitan enigmas estúpidos y monstruoso, les han hecho acumular tanta infelicidad nítida y turbia que pasan su vida gastándola, usándola, sin riqueza ni gloria al margen de ella.

(Cada ser experimente la necesidad de disculparse por el suicidio que no ha llevado a cabo. ¿Quién será tan modesto como para reconocer que nunca ha pensado en matarse? Respetamos el orgullo ajeno, aceptando un arrepentimiento de última hora, Para vivir en común hay que dispensar una absolución tácita a la vida de cada cual. El orgullo de existir compromete; todo el mundo -en diferentes grados- lo esconde, pues es demasiado fuerte e hiriente para los demás. Sólo lo vemos asomar en los entierros)

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